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El Peso De La Culpa

Электронная книга - «El Peso De La Culpa». Краткое содержание книги:

Parece que Asuntos Internos va a dejar de investigar de una vez por todas a la brillante, pero indisciplinada detective Barbara Havers. Tras una suspensión temporal como policía, Havers regresa al trabajo a las órdenes del lúcido Inspector Lynley en un extraño caso: el hallazgo de dos jóvenes en un bosque, con signos visibles de haber sufrido una cruenta muerte. Un asesinato de especial virulencia que abre una puerta hacia las oscuras y poderosas alteraciones de la psique humana. Un sórdido espacio en el que el sexo deviene en sadomasoquismo, y el pasado se adentra en la cara odiosa de una doble vida.
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Por lo general, pasaba los días en la pieza de recibo, donde corría las cortinas y utilizaba el prehistórico proyector de 8 mm para entretenerse con interminables vagabundeos por los senderos de la memoria. Durante los meses que Samantha pasó en Broughton Manor había repasado la historia cinematográfica de los Britton al menos tres veces. Siempre seguía la misma pauta: empezaba con las primeras películas que algún Britton había rodado en 1924, y las miraba en orden cronológico, hasta el momento en que ya no quedaba ningún Britton lo bastante interesante para documentar sus actividades. Por lo tanto, la historia fílmica de cacerías de zorros, expediciones de pesca, vacaciones, cacerías de faisanes, cumpleaños y bodas terminaba más o menos el día del decimoquinto cumpleaños de Julian. Lo cual, según los cálculos de Samantha, coincidía con la época en que Jeremy Britton cayó de su caballo y se rompió tres vértebras, y desde entonces se mimaba religiosamente tanto con sedantes como con intoxicantes.

«Si no le vigilas acabará matándose con esa mezcla de pastillas y alcohol -le había dicho Julian poco después de su llegada-. ¿Me ayudarás, Sam? Si tú me ayudas podré trabajar más en la finca. Hasta podría poner en práctica algunos proyectos… si tú me ayudas, claro.”

Y al cabo de pocos días de conocerle, Samantha supo que haría cualquier cosa con tal de ayudar a su primo. Cualquier cosa.

Y eso era algo que Jeremy Britton sabía sin la menor duda. En cuanto oyó que volvía del huerto a última hora de la tarde y atravesaba el patio con sus botas incrustadas de tierra, salió de la pieza de recibo y fue a buscarla a la cocina, donde estaba empezando a preparar la cena.

– Ah, estás aquí, florecilla mía.

Se inclinó hacia adelante, con aquella postura contraria a la ley de la gravedad que parece consustancial a los bebedores. Llevaba un vaso en la mano: dos cubitos de hielo y una raja de limón, todo lo que quedaba de su último gin-tonic. Como de costumbre, iba de punta en blanco, el auténtico caballero rural. Pese al calor de finales de verano, vestía una chaqueta de tweed, corbata y unos bombachos de lana gruesa que habría resucitado del ropero de algún antepasado. Habría podido pasar por un excéntrico aunque próspero terrateniente borracho como una cuba.

Se detuvo ante la vieja encimera de madera, precisamente donde Samantha quería estar. Removió el hielo del vaso y apuró el escaso líquido que pudo recuperar de los cubitos fundidos. Luego, dejó el vaso junto al enorme cuchillo de cocina que la joven había sacado de su sitio. Paseó la vista entre ella y el cuchillo, y volvió a mirarla. Y entonces, esbozó una lenta y satisfecha sonrisa de borracho.

– ¿Dónde está nuestro chico? -preguntó con voz plácida, aunque arrastró las palabras. Sus ojos eran de un gris tan claro como si los iris no existieran, y hacía tiempo que los blancos se habían teñido de amarillo, un color que amenazaba con invadir toda su piel-. No he visto a Julie en todo el día, ¿sabes? De hecho, no creo que nuestro pequeño Julie haya pasado la noche en casa, porque no recuerdo haber visto su tazón durante el desayuno.

Jeremy esperó la reacción a sus comentarios.

Samantha empezó a vaciar el contenido de la cesta de hortalizas. Depositó en el fregadero una lechuga, un pepino, dos pimientos verdes y una coliflor. Empezó a lavarlas para quitarles la tierra. Prestó especial atención a la lechuga, y se inclinó sobre ella como una madre que examinara a su bebé.

– Bien -continuó Jeremy con un suspiro-, supongo que los dos sabemos en qué estaba ocupado Julie, ¿verdad, Samantha? Ese chico no ve lo que tiene ante las narices. No sé qué vamos a hacer con él.

– No te habrás tomado ninguna de tus pastillas, ¿verdad, tío Jeremy? -preguntó ella-. Si las mezclas con licores podrías tener problemas.

– Yo nací para los problemas -dijo él.

Samantha intentó discernir si arrastraba las palabras más que de costumbre, una indicación de que su mente empezaba a resentirse. Eran más de las cinco, así que arrastraría las palabras de todos modos, pero lo último que Julian necesitaba era encontrarse a su padre en estado de coma. Jeremy avanzó junto a la encimera hasta detenerse al lado de Samantha.

– Eres una mujer muy atractiva, Sammy -dijo. Su aliento delataba la mezcla de bebidas ingeridas durante el día-. No creas que estoy tan borracho como para no darme cuenta. La cuestión es que has de hacérselo comprender a nuestro pequeño Julie. Es absurdo que vayas exhibiendo esas magníficas piernas si el único que las mira es este viejo verde. No es que su visión me moleste, ni mucho menos. Tener a una jovencita como tú correteando por la casa con esos pantaloncitos apretados es justo lo que…

– Son pantalones de correr -interrumpió Samantha-. Los llevo porque hace calor, tío Jeremy. De lo cual te enterarías si salieras de la casa en algún momento. Y no son apretados.

– Solo era un cumplido, muchacha -protestó Jeremy-. Has de aprender a aceptar los cumplidos. ¿Y qué mejor maestro que tu tío carnal? Vaya, es fantástico tenerte aquí, muchacha. ¿Te lo había dicho? -No se molestó en esperar la respuesta. Se acercó más para decir con un susurro confidencial-: Ahora hemos de pensar qué vamos a hacer con Julie.

– ¿Qué pasa con Julian? -preguntó Samantha.

– Los dos sabemos de qué estamos hablando, ¿no? Se está tirando a esa Maiden desde que tenía veinte años…

– Por favor, tío Jeremy.

Samantha notó que su garganta empezaba a arder.

– Por favor tío Jeremy ¿qué? Hemos de afrontar los hechos, para saber qué hacer con ellos. Y el hecho número uno es que Julie se ha beneficiado a la ovejita de Padley Gorge siempre que ha tenido ocasión. O mejor dicho, siempre que ella le ha dejado.

Es muy observador para estar borracho, pensó Samantha.

– No quiero hablar de la vida sexual de Julian, tío Jeremy -dijo con un tono más dengue de lo que deseaba-. Es su problema, no el nuestro.

– Ah. ¿Es un tema demasiado desagradable para Sammy McCallin? ¿Por qué será que no me parece así, Samantha?

– No he dicho que fuera desagradable -contestó la joven-. He dicho que no era nuestro problema. Y no lo es. De modo que no hablaré de ello.

No era que tuviera manías respecto al sexo. Ni mucho menos. Había practicado el sexo siempre que le era posible desde que había solventado la molesta inconveniencia de la virginidad, mediante el expediente de arrinconar a un amigo de su hermano en el lavabo cuando era una adolescente. Pero esto… hablar de la vida sexual de su primo… No quería hablar de ello. No podía permitirse el lujo de hablar de ello y correr el riesgo de delatarse.

– Escucha, cariñín -dijo Jeremy-. He visto cómo le miras, y sé lo que quieres. Estoy contigo. Joder, conservar la familia para la familia en la familia es mi lema. ¿Crees que le quiero encadenado a la puta de la Maiden, cuando hay una mujer como tú a mano, esperando el día en que el chico se despierte?

– Te equivocas -dijo Samantha, aunque los violentos latidos de su corazón desmentían sus palabras-. Quiero mucho a Julian. ¿Quién no? Es un hombre maravilloso…

– Exacto. Lo es. Pero ¿crees que la Maiden ve eso en nuestro Julie? Ni por asomo. Solo es una diversión, que está bien para echar un polvo de vez en cuando.

– Pero -continuó ella, como si Jeremy no hubiera hablado- no estoy enamorada de él y no puedo imaginarme enamorada de él. Dios mío, tío Jeremy. Somos primos hermanos. Pienso en Julian como pienso en mi hermano.

Jeremy guardó silencio un momento. Samantha aprovechó la oportunidad para alejarse, con la coliflor y los pimientos en ristre. Los depositó sobre el tajo, donde cuatrocientos años de verduras habían sido troceadas. Empezó a romper la coliflor en ramitos.

– Ah -dijo Jeremy con tono astuto, lo cual reveló a Samantha que no estaba tan borracho como aparentaba-. Tu hermano. Entiendo. Sí. Lo entiendo muy bien. De modo que no te interesaría de la otra forma… Me pregunto de dónde habré sacado la idea… Pero da igual. Dale un consejo a tu tío Jer, pues.

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