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Momentos del Pasado

Электронная книга - «Momentos del Pasado». Краткое содержание книги:

Cuando, después de algunos años, Matthew Standish volvió a la vida de Copper traía una propuesta de matrimonio muy poco romántica bajo el brazo. Según el, la situación requería soluciones prácticas: Matthew necesitaba una madre para su hija de corta edad y un ama de llaves para Birraminda. La solución parecía fácil, sencilla, lógica… sobre todo teniendo en cuenta que Matthew estaba seguro de que la pequeña Copper no podía haber olvidado los momentos que compartieron en el pasado.
Y Copper no había olvidado, pero no era la misma joven a la que había conocido siete años atrás. De hecho, tenía una propuesta de negocios muy pragmática que hacerle…
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– ¿Quieres saber lo que he estado haciendo esta mañana, Mal? -Inquirió Copper, conteniéndose con dificultad-. He preparado el desayuno para ti y para tus hombres, después he lavado los platos y he arreglado la cocina, he barrido el suelo, te he hecho la cama, te he lavado la ropa y te he limpiado la ducha. Y además -continuó, sin darle oportunidad a Mal de replicar-, he dado de comer a tus perros y a tus gallinas, he preparado el guisado del mediodía y dos tartas de manzana para la cena, para no hablar del helado que he guardado en la nevera. Y por si fuera poco, he bañado a tu hija y la he vestido, y después he jugado con ella… y ahora que dispongo de unos pocos minutos para mí sola, estoy trabajando en un ventajoso negocio que le reportará jugosos beneficios a la propiedad, unos beneficios de los que está muy necesitada a juzgar por las cuentas… que, por cierto, también he puesto al día. ¡Y todavía te atreves a insinuarme que no hago nada por Birraminda!

– No te estoy acusando de estar sentada todo el día sin hacer nada -replicó Mal, imperturbable-. Pero sólo estás haciendo lo que haría en tu lugar cualquier ama de llaves, y eras perfectamente consciente de tus deberes cuando firmaste el contrato.

– ¡Lo que no sabía era que estaba firmando tres años de esclavitud! -exclamó Copper con amargura.

– Si tienes tanto que hacer, ¿por qué no dejas de cocinar por las tardes para la gente? A Naomi no le importaba hacerlo.

– ¡Naomi no estaba contenta haciéndolo! -Estalló Copper-. Si tuvieras ojos para ver algo más que tus estúpidas vacas, te habrías dado cuenta de eso -se levantó de repente para acercarse a la ventana, cruzándose de brazos-. El otro día descubrí a Naomi llorando -explicó, volviéndose para mirarlo con expresión acusadora-. Tiene dos niños pequeños y otro más en camino, Bill está fuera de la casa todo el día, y ella no puede dar abasto con tanto trabajo. Cuando estuve hablando con ella, se encontraba tan mal que pensaba incluso largarse con los niños y regresar a Brisbane. Si yo no la hubiera escuchado, si no me hubiera esforzado por facilitarle las cosas, ofreciéndome a cocinar y a cuidarle los críos cuando pudiera, a estas alturas ya no estaría aquí -Copper se interrumpió por un momento, furiosa, antes de continuar-: Bill no es un tipo muy expresivo, pero cualquiera se daría cuenta de que adora a su mujer, y si se hubiera marchado él la habría seguido, y tú te habrías quedado corto de personal. Y como tú te habías pasado las últimas semanas contándome lo muy ocupado que estabas, supuse que preferirías que convenciera a Naomi de que se quedara. ¿Pero acaso me estás agradecido por eso? ¡No! Piensas que simplemente puedes entrar aquí y chasquear los dedos para conseguir que al momento me ponga a hacer unos pocos sándwiches. Y cuando protesto. ¡Me echas en cara los términos de nuestro contrato!

Durante todo el tiempo Mal la miraba asombrado, sin saber qué responder.

– Bueno, yo también soy empresaria -añadió Copper, con los ojos brillantes-, y leo los contratos antes de firmarlos. Allí no figuraba nada acerca de preparar sándwiches o algo parecido. ¡Lo que sí figuraba era el acuerdo de que pasaría parte de mi tiempo elaborando el proyecto, lo cual era la única razón por la que me casé contigo, por silo has olvidado!

– No lo he olvidado -repuso Mal con frialdad-. Nunca me diste la oportunidad de que lo olvidara.

– ¡Mira quién habla! -exclamó Copper, furiosa-. ¡Apenas abres la boca excepto para recordarme las cláusulas del contrato! Si fuera por ti, me pasaría todo el día a tu entera disposición. ¿Quizá debería estarte agradecida de que al menos me dejes dormir por las noches?

– Supongo de unos pocos minutos para mí sola, estoy trabajando en un ventajoso negocio que le reportará jugosos beneficios a la propiedad, unos beneficios de los que está muy necesitada a juzgar por las cuentas… que, por cierto, también he puesto al día. ¡Y todavía te atreves a insinuarme que no hago nada por Birraminda!

– No te estoy acusando de estar sentada todo el día sin hacer nada -replicó Mal, imperturbable-. Pero sólo estás haciendo lo que haría en tu lugar cualquier ama de llaves, y eras perfectamente consciente de tus deberes cuando firmaste el contrato.

– ¡Lo que no sabía era que estaba firmando tres años de esclavitud! -exclamó Copper con amargura.

– Si tienes tanto que hacer, ¿por qué no dejas de cocinar por las tardes para la gente? A Naomi no le importaba hacerlo.

– ¡Naomi no estaba contenta haciéndolo! -Estalló Copper-. Si tuvieras ojos para ver algo más que tus estúpidas vacas, te habrías dado cuenta de eso -se levantó de repente para acercarse a la ventana, cruzándose de brazos-. El otro día descubrí a Naomi llorando -explicó, volviéndose para mirarlo con expresión acusadora-. Tiene dos niños pequeños y otro más en camino, Bill está fuera de la casa todo el día, y ella no puede dar abasto con tanto trabajo. Cuando estuve hablando con ella, se encontraba tan mal que pensaba incluso largarse con los niños y regresar a Brisbane. Si yo no la hubiera escuchado, si no me hubiera esforzado por facilitarle las cosas, ofreciéndome a cocinar y a cuidarle los críos cuando pudiera, a estas alturas ya no estaría aquí -Copper se interrumpió por un momento, furiosa, antes de continuar-: Bill no es un tipo muy expresivo, pero cualquiera se daría cuenta de que adora a su mujer, y si se hubiera marchado él la habría seguido, y tú te habrías quedado corto de personal. Y como tú te habías pasado las últimas semanas contándome lo muy ocupado que estabas, supuse que preferirías que convenciera a Naomi de que se quedara. ¿Pero acaso me estás agradecido por eso? ¡No! Piensas que simplemente puedes entrar aquí y chasquear los dedos para conseguir que al momento me ponga a hacer unos pocos sándwiches. Y cuando protesto. ¡Me echas en cara los términos de nuestro contrato!

Durante todo el tiempo Mal la miraba asombrado, sin saber qué responder.

– Bueno, yo también soy empresaria -añadió Copper, con los ojos brillantes-, y leo los contratos antes de firmarlos. Allí no figuraba nada acerca de preparar sándwiches o algo parecido. ¡Lo que sí figuraba era el acuerdo de que pasaría parte de mi tiempo elaborando el proyecto, lo cual era la única razón por la que me casé contigo, por silo has olvidado!

– No lo he olvidado -repuso Mal con frialdad-. Nunca me diste la oportunidad de que lo olvidara.

– ¡Mira quién habla! -exclamó Copper, furiosa-. ¡Apenas abres la boca excepto para recordarme las cláusulas del contrato! Si fuera por ti, me pasaría todo el día a tu entera disposición. ¿Quizá debería estarte agradecida de que al menos me dejes dormir por las noches?

– No hay problema de que hagas otra cosa más que dormir por las noches. ¿Verdad? -Replicó Mal, y giró sobre sus talones-. No eres tan imprescindible como piensas, Copper. Nos las arreglábamos muy bien antes de que vinieras, y nos las arreglaremos muy bien otra vez tanto si te quedas aquí como si no -se detuvo con una mano en la puerta y se volvió para mirarla-. Yo mismo prepararé los sándwiches… ¡por nada del mundo querría distraerte de ese importante negocio tuyo!

Se marchó dando un portazo dejando a Copper sola. Rechinando los dientes de furia. Había trabajado sin cesar para Mal… Y todo lo que hacía él era repasarle el contrato por la cara y exigirle que le preparase unos o hay problema de que hagas otra cosa más que dormir por las noches. ¿Verdad? -Replicó Mal, y giró sobre sus talones-. -No eres tan imprescindible como piensas, Copper. Nos las arreglábamos muy bien antes de que vinieras, y nos las arreglaremos muy bien otra vez tanto si te quedas aquí como si no -se detuvo con no en la puerta y se volvió para mirarla-. Yo mismo prepararé los sándwiches… ¡por nada del mundo querría distraerte de ese importante negocio tuyo!

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