La calle donde ella vive
- Автор: Шелдон (Шелвис) Джилл
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
– No voy quedarme aquí durante mucho tiempo -o al menos eso esperaba.
– Nos conformaremos con el tiempo que estés -Tony sonrió-. Porque, maldita sea, eres un tipo duro.
Ben miró hacia el antiguo parque de bomberos que no había perdido de vista en ningún momento. Sí, era duro, ¿pero sería suficientemente duro como para encargarse de Asada?
Capítulo 10
Después de que Adam se marchara, Rachel subió en el ascensor al estudio y se dejó caer en la butaca que tenía frente a la ventana.
La frustraba sentirse tan débil, pero por lo menos aquel día no tenía que utilizar la silla de ruedas. Pasitos de bebé, le recordaba continuamente su fisioterapeuta.
Su mirada vagó hasta el parque de la esquina, donde estaban disputando un partido de baloncesto. Y no fue capaz de apartar la mirada de Ben, ni durante el partido ni mientras regresaba de vuelta a la casa.
En el paso de peatones, Ben se detuvo y miró con recelo hacia la puerta principal. Hundió ligeramente los hombros, como si estuviera soportando sobre ellos todo el peso del mundo. Parecía cansado, exhausto. Humano.
Entonces alzó la mirada y la vio. Rachel cerró los ojos y, cuando volvió a abrirlos, Ben había desaparecido. Estaba recordándose a sí misma que quizá fuera lo mejor, cuando apareció Ben en el marco de la puerta del estudio.
– ¿Estás bien?
Preocupación. Siempre preocupación. Pues bien, ella estaba harta de preocupación. Cansada de sentirse débil y vulnerable cuando lo que realmente quería era que saliera para siempre de su vida.
Entonces Ben bajó la mirada hacia el regazo de Rachel. Y vio a la perrita durmiendo.
– Eh… la has encontrado, ¿verdad?
– ¿Pensabas que no la encontraría?
– Emily dijo…
– ¿Qué dijo Emily, Ben? ¿Que no me importaría que me mintierais y la escondierais a mis espaldas?
Ben se frotó la cara.
– Mira, me estaba mirando con esos enormes ojos verdes, ¿de acuerdo? Y me dijo que tú querías tener una perrita y que ésta te encantaría.
– Y si de verdad yo quería tener un perro, ¿por qué iba a ocultármelo durante días?
– De acuerdo, soy una porquería de padre y todas esas cosas, los dos lo sabemos.
Aquello, sumado a la tristeza de su rostro, le hizo tragarse a Rachel la furiosa réplica que tenía preparada.
– ¿Crees que eres un mal padre?
– Lo sé. Por el amor de Dios, vivo en el otro lado del mundo.
– Pero la llamas, y le envías cartas, y la ves.
– Una vez cada dos meses. No sé lo que es ser un buen padre, pero eso no es excusa. Tú tampoco sabías lo que era ser una buena madre y mírate. Eres una madre magnífica.
Aquella fue una de las pocas ocasiones en las que pudo sacar a relucir la infancia de Rachel sin que ella se pusiera a la defensiva.
– Cada uno es como es, Ben, y yo diría que lo hemos hecho lo mejor que hemos podido en nuestras circunstancias. En cuanto a Emily, creo que eres maravilloso con ella.
Ben rió con amargura.
– Lo digo en serio -contestó Rachel suavemente, deseando que la creyera. Era extraño tener que ser ella la que lo consolara. Y extraño también que le gustara hacerlo-. Está disfrutando mucho de estos días que está pasando contigo.
– ¿Pero? -Ben tenía la sensación de estar oyendo un pero detrás de cada frase.
– Pero me preocupa que te eche de menos cuando te vayas. Porque te irás. A la larga te irás. Tendrás que hacerlo, lo llevas en la sangre y los dos lo sabemos.
– Sí. Y siento lo de Parches.
Rachel acarició a la perrita.
– ¿De verdad?
– Era una perrita abandonada, Rach. Y estoy dispuesto a hacerme cargo de sus gastos.
– No te preocupes, Ben.
Ben la miró con una adorable expresión de confusión.
– ¿Por qué?
– ¿Por qué? -Rachel estuvo a punto de echarse a reír y sintió al mismo tiempo unas ganas inexplicables de abrazarlo, lo cual habría sido como abrazar a un tigre hambriento-. Porque haces a Emily feliz, la haces feliz como yo no he podido hacerlo últimamente.
Rachel decidió ignorar la sorpresa de Ben porque la desgarraba. ¿De verdad la creía tan despiadada? Sí, por supuesto que la creía despiadada.
– ¿Por qué has estado hablando con un tal agente Brewer sobre mí, Ben?
La sonrisa de Ben desapareció.
– Es un agente del FBI, estaba preocupado por ti.
– ¿Qué tiene que ver un agente del FBI con mi recuperación?
– Hemos estado hablando de tu accidente.
– No lo comprendo.
– No sabía que habían detenido la investigación hasta que llegué. Y desde entonces he estado detrás de la policía, para que la conviertan en un asunto prioritario.
Incluso allí continuaba preocupándose por la justicia. Rachel lo admiraba por ello y habría dado cualquier cosa por tener una mínima parte de su valor.
Ben estaba mirando las flores que descansaban en el alféizar de la ventana, otro regalo de Adam. Del dulce y siempre amable Adam. Rachel le tenía un gran cariño, Adam le hacía sonreír y le resultaba muy fácil estar con él. Podía decir incluso que había estado contemplando la posibilidad de dar un paso adelante en su relación.
Hasta que había aparecido Ben. No lo admitiría ni bajo amenaza de muerte, pero en cuanto los había visto juntos, las cosas habían cambiado.
Y no porque deseara a Ben.
De acuerdo, quizá lo deseaba en secreto. Haría falta tener hielo en las venas para no desearlo. Pero ella no quería desearlo.
– Ya es hora de ir al fisioterapeuta.
– Estoy lista.
Con mucho cuidado, empujó a Parches para que bajara de su regazo. Las piernas se le habían quedado dormidas en aquella postura y levantarse fue un ejercicio frustrante.
– Eh, eh -Ben corrió a su lado y la levantó en brazos-. No puedes hacer eso, no puedes moverte tan rápido, tienes que…
– ¿Qué? ¿No tengo que moverme? ¿Ni pensar? ¿Ni respirar? Bueno, intenta dejar de hacer todas esas cosas y verás cuánto tardas en volverte loco.
– Mira. Ya estás gruñendo otra vez -la llevó hasta el dormitorio y allí se sentó con ella en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero, una pierna en el suelo y la otra sobre el colchón. Alzó la cabeza y cerró los ojos, como si se hubiera olvidado de que Rachel estaba sentada en su regazo.
– Creía que teníamos que irnos.
– Sí -pero no la soltaba.
La perrita los había seguido y ladraba alegremente en el suelo.
– Ya puedes soltarme. Estoy perfectamente…
– ¿Rachel?
– ¿Sí?
– Cállate, por favor, sólo un momento.
Sí, pero si se callaba, lo único que podía hacer era sentir. Y lo que estaba sintiendo era el calor dolorosamente familiar que experimentaba cuando se sentía rodeada por la fuerza de Ben. Y sabía que podría acostumbrarse a aquella sensación.
Era una pena que Ben no pudiera.
– Mira, tú sólo has venido aquí porque Emily te ha llamado. Ella te dijo que yo te necesitaba, pero tanto tú como yo sabemos cuál era el problema en realidad y no creo que haya más que decir.
Ben continuaba con los ojos cerrados.
– En eso tienes razón.
– Maldita sea, Ben, tú eres el primero que quiere marcharse. Yo no me trago la promesa que le has hecho a Emily.
Ben continuaba sin decir nada.
– Ben.
– Sí, tienes razón, quiero marcharme -admitió suavemente.
– Entonces, ¿por qué no te vas?
– Porque lo he prometido. Y si no te lo crees, el problema es tuyo -hablaba en voz baja y era evidente su enfado.
Había herido su orgullo, había cuestionado su integridad. Quizá más tarde pudiera pararse a pensar en ello, pero en aquel momento, lo único que Rachel necesitaba era que Ben le quitara las manos de encima, porque estaba haciendo revivir su cuerpo de una manera a la que no quería enfrentarse.