Por arte de magia
- Автор: Грин Дженнифер
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Por arte de magia». Краткое содержание книги:
La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?
– Acabaré de fregar los platos en un santiamén. ¿Sigues pensando en ir a comprar la cuna?
– Cuando quieras.
– ¿No estás demasiado cansada? -preguntó él.
– ¿Y tú, lo estás?
– No. Siempre y cuando no lo estés tú… -Mitch se interrumpió. Diablos, llevaban ya dos semanas manteniendo aquella clase de conversaciones ridículamente educadas.
Nik se levantó con una sonrisa tan artificial como la de él.
– Bueno, vámonos. Millicent puede venir con nosotros, ¿verdad? Lo sacaré antes a dar un paseo, pero ya sabes cuánto le gusta viajar en coche.
– Naturalmente que puede venir.
Mitch acabó de fregar los platos, observando desde la ventana de la cocina cómo Nicole jugueteaba con la pequeña bola de pelo blanco en el jardín.
Estaba loca por el cachorro. Ésa era una de las cosas que Mitch había hecho bien… aunque ahí estaba precisamente el maldito problema. Cómo todo podía haberse deteriorado tan rápido cuando, en la superficie, la vida de ambos era perfecta.
Con gesto grave, se secó las manos con una toalla de papel, recogió las chaquetas de los dos y luego salió por la puerta. Inmediatamente, vio cómo la amplia sonrisa de Nicole menguaba y perdía toda su exuberancia.
– Gracias por traerme la chaqueta -dijo ella-. De repente, ha empezado a hacer frío.
– Tranquila. ¿Estáis listos para dar un paseo en coche e ir de compras?
Por supuesto que estaban listos. Nik siempre lo estaba. Decía que sí a absolutamente todo.
Conforme enfilaban la autopista, en dirección a los grandes almacenes, Mitch revivió mentalmente las anteriores semanas. Él había insistido en ocuparse de gran parte del trabajo de Nicole. Ella había accedido sin rechistar.
Había llevado a casa de Nicole todas sus cosas, objetos de decoración incluidos. Ella afirmaba que le encantaban. Y quizá hasta fuese cierto. La casa empezaba a parecer un hogar, en lugar de un manual de decoración. Pero, ¿quién sabía si Nik estaba realmente a gusto con los cambios? No expresaba más que aprobación hacia todo lo que Mitch hacía.
Deberían y podían haber tenido una discusión decente sobre el nombre del niño. Pero también eso se resolvió pacíficamente. La abuela de Mitch se llamaba Erin. Él sugirió dicho nombre, y ella aceptó en el acto. Nicole había sugerido con cierta inseguridad el nombre de Matthew si era niño. Y él, naturalmente, había aceptado de inmediato.
Teniendo en cuenta lo educados que eran el uno con el otro, sólo les faltaba estrecharse cordialmente la mano al final de cada velada. Al menos, llegarían a tocarse.
Una vez en los grandes almacenes, Mitch aparcó, dejó la ventanilla un poco abierta y le prometió a Millicent que no tardarían más de veinte minutos. Como cabía esperar, Nik se apeó del coche al mismo tiempo que él, sonrió al mismo tiempo que él y se internó en la sección de artículos de bebé al mismo paso que él.
Teniendo en cuenta cómo su mundo se había estremecido cuando hicieron el amor, Mitch lo hubiera dado todo por volver a tomar a Nicole de la mano. Por besarla, simplemente.
Pero la iniciativa debía partir de ella, se dijo con firmeza.
El hecho de que Nicole confesara la historia de su pasado lo había cambiado todo. Dicha historia no había sorprendido a Mitch. Él ya había adivinado que algún secreto la torturaba. Sabía que Nik no podía haber hecho nada que anulara sus sentimientos por ella. Y sufría al pensar en la soledad y el terrible dolor que había tenido que soportar.
Lo malo, según Mitch, era que Nicole le habría confesado todo aquello mucho antes si hubiera confiado en él. Aquel pensamiento no dejaba de relampaguear en su mente. Indudablemente, la había presionado. El embarazo había pillado a Nik por sorpresa, y él simplemente se había aprovechado de su desconcierto, manipulándola para que aceptara ser su esposa. Un hombre adulto sabía perfectamente que la confianza había que ganarla poco a poco. Había invertido mucho y llegado demasiado lejos como para arriesgarse a cometer más errores con ella ahora.
Cuando Nicole lo deseara, que se lo hiciera saber.
No volvería a presionarla ni a meterle prisas. Aunque aquella espera lo matase.
Mitch siguió la mirada de Nik mientras inspeccionaban las cunas. Su expresión era más suave que el resplandor de la luna. Y él se dijo que ya le faltaba muy poco para morirse de deseo.
– ¿Mitch? -Nicole se acercó a él-. No esperaba que hubiese tantas. Y quizá sea una tontería comprarla tan pronto. Ni siquiera hemos pintado aún el cuarto del niño.
– Pero ésa era la idea, ¿no? Querías ver las cunas antes de decidir el color de la pintura y la moqueta.
– Me temo que nos va a costar una fortuna. Necesitamos muchas cosas.
– Está bien. No hay ningún problema.
– Podríamos elegir colores individuales. Salmón, lima, frambuesa. Ya sabes a qué me refiero. No los tonos pastel que suelen escogerse para los bebés.
Mitch no tenía ni idea de cuáles eran dichos tonos, pero contestó:
– De acuerdo.
– Creo que nos hará falta una mecedora. Con brazos.
– De acuerdo.
– Y necesitamos una cuna para el cuarto, desde luego. Pero no estaría de más un cochecito de ruedas para la planta baja. Uno plegable para poder llevarlo también al despacho…
– De acuerdo.
Dos días más tarde, Nicole abrió de golpe la puerta principal, pensando que si Mitch volvía a decirle una sola vez más «de acuerdo», lo estrangularía. No deseaba asesinarlo. Pero un buen estrangulamiento le resultaba muy tentador.
Él la siguió, cargado con los maletines de ambos.
– Mira, sé que has tenido un día muy duro. Habíamos planeado empezar a pintar el cuarto del niño hoy, pero puede esperar. ¿Por qué no pones los pies en alto y te relajas…?
– No estoy cansada. Y no dejaré la pintura para más adelante -dijo ella alegremente, sin levantar un ápice la voz. Pero Mitch le dirigió aquella mirada paciente que la hacía desear darle un golpe en la cabeza.
– De acuerdo, de acuerdo -dijo él condescendientemente-. Pero tengo algo en mente para la cena de hoy, así que cocinaré yo. Luego nos pondremos a pintar, si quieres.
Nicole sospechaba que, en realidad, no tenía nada en mente para la cena… ¿Qué hombre lo tenía? Pero respondió «bien», lo cual, al menos, era mejor que gruñirle. Y antes de que Mitch le sugiriese «amablemente» una vez más que pusiera los pies en alto, se quitó los zapatos y la chaqueta y se dirigió hacia el cuarto de lavado para llenar la lavadora.
Había sido un día espantoso. El éxito era maravilloso, pero necesitaban más ayuda, y entrevistar a posibles nuevos fichajes para la plantilla llevaba su tiempo.
Nicole activó la lavadora y se agachó. De acuerdo, debía admitir que su estado de ánimo no se debía por completo al exceso de trabajo. Sino a Mitch. Al hecho de que no la tocara. La noche, o la mañana, de bodas más maravillosamente espléndida que hubiera podido esperar una recién casada… y, luego, nada. Cero.
El corazón se le encogió al oír a Mitch jugando con Millicent en la cocina. Pasándoselo en grande. Con el perro. Apretando firmemente los labios, Nik restregó con jabón el cuello de un par de camisas.
Diablos, era algo que no acertaba a comprender. Mitch le había confesado sus temores acerca de no satisfacerla como amante. Pero Nicole creyó haberle demostrado íntimamente lo deseable, atractivo e increíble amante que era.
Quizá era ella la que le había fallado a él.
Era evidente, puesto que no había vuelto a tocarla desde entonces, y eso que daba muestras de desear hacerlo. Se despertaba cada mañana con una erección. Nicole lo había visto… y no sólo entonces, sino cada vez que se rozaba con ella por accidente. De modo que, si Mitch se estaba reprimiendo sexualmente, quizá era porque no se encontraba cómodo con ella en la intimidad.
Abatida, Nicole cerró la lavadora, sin estar segura de haber añadido el detergente. Sin importarle.