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Электронная книга - «Por arte de magia». Краткое содержание книги:

No era la gripe. Nicole estaba embarazada. Y no recordaba haberse acostado con ningún hombre en los últimos cuatro años. ¿Era posible que hubiese tenido relaciones con Mitch, su empleado… en unas circunstancias poco claras? En efecto, ella no se acordaba, pero así había sido. Y su caballero andante acabó rindiéndose a sus pies.
La propuesta de Mitch estaba motivada por el deber, pero en sus ojos brillaba una pasión auténtica… ¿Podía un matrimonio forjado por el bien de un futuro hijo convertirse en un amor de cuento de hadas entre la Bella Durmiente y su Príncipe Azul?
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– Esto no puede seguir así, Mitch -dijo gravemente.

Él pareció sentirse todavía más culpable, y desvió la mirada.

– Sí, lo comprendo. Sé que lo que hice no estuvo bien…

– Lo que quiero decir es que… anoche ni siquiera me besaste.

– Creí que no estabas de humor para ello. Te quedaste petrificada, como si tuvieras miedo.

– Y lo tenía -admitió Nicole-. Pero, ahora que lo pienso, tú también estabas asustado.

Mitch respondió rápidamente.

– No lo estaba.

Ella se inclinó sobre él.

– Ahora no tengo ningún miedo. Y quiero mi noche de bodas. Cierra los ojos e imagina que aún es de noche… Y concéntrate en que esto salga muy mal.

– ¿Muy mal?

– Aja. Si sale realmente mal, te advierto que seguiremos practicando con ahínco durante los próximos meses.

– Eh, Nik…

Nicole casi esbozó una sonrisa, pero se dijo que ya habían hablado lo suficiente. Callar a Mitch siempre le resultaba facilísimo. Para ello, sólo tenía que besarlo.

Por un instante, no comprendió lo que había desatado… en él y en sí misma. Los besos no eran algo nuevo entre ellos. Nicole ya conocía el sabor de su boca, la forma de sus labios. Pero, en aquellos momentos, todo resultó distinto.

Por la ventana penetraba la cálida luz del sol y el aroma del aire salado procedente del mar. Desde el exterior les llegaban los trinos de los pájaros. El mundo parecía haber despertado… y, por primera vez en su vida, Nicole se sintió también despierta.

Mitch olía a jabón y a espuma de afeitar, y seguía teniendo la piel fría de la ducha… aunque no por mucho tiempo. Nicole introdujo una pierna desnuda entre las suyas y se arrimó más a él. Pudo notar el gran bulto que se había formado en la toalla. Pudo notar el contacto de su liso vientre. Cómo los senos se le hinchaban al rozarse con el pecho de Mitch a través del fino satén.

– Mmm, Nik…

– Chist. Si hablas, es porque no te estás concentrando. ¿Recuerdas? Tienes trabajo que hacer. Procurar que esto sea lo peor posible para los dos.

Ella también tenía un trabajo pendiente. Hacer que Mitch olvidara su obsesión con mostrarse a la altura. Ansiosamente, empezó a devorar toda la superficie de su esbelto cuerpo. Trazó un sendero de besos desde su cuello hasta las franjas de vello de su pecho. Probó a lamerle un pezón y notó el súbito cambio de ritmo en su respiración. Al llegar al ombligo obtuvo resultados aún más gratificantes, lo cual sugirió a Nicole nuevas ideas.

Definitivamente, la toalla tenía que desaparecer.

Igual que su camisón de satén. Se lo sacó por la cabeza, lo lanzó al suelo, y a continuación desató con un sencillo tirón el nudo de la toalla. Se sintió tentada de recrearse en el nuevo terreno de juego que hasta entonces había ocultado la toalla.

Era fascinante.

A Nicole le costaba creer que el miembro de Mitch pudiera endurecerse aún más, pero su curioso escrutinio pareció provocar un efecto palpitante y endurecedor, y ni siquiera lo había tocado aún.

Decidió, sin embargo, dejarlo para más tarde.

Todavía no había terminado de explorar el cuerpo de Mitch. Pensó que le gustaría que le acariciase la cara interior de los muslos. Y deseaba posar un beso en cada una de sus duras rodillas. Luego se concentró en los pies, descubriendo que eran uno de sus puntos débiles. Mitch empezaba a evidenciar fuertes síntomas de inquietud y agitación. Igual que ella. Sus manos volvieron a retroceder, en busca de un territorio más interesante. Con la punta de los dedos acarició el duro miembro… logrando resultados espectaculares. A continuación lo abarcó con toda la palma de la mano, lo cual arrancó a Mitch un jadeo digno de ser premiado.

Nicole siguió tocando, explorando, palpando. Y entonces agachó la cabeza para probar su sabor… pero se vio interrumpida a mitad de camino. Con una velocidad que apenas le permitió respirar, se encontró a sí misma tumbada boca arriba en el colchón, con Mitch encima. Nicole ya había visto aquel brillo perverso en sus ojos con anterioridad, pero jamás le había parecido tan peligroso como ahora.

– Eh, se supone que debes concentrarte en que esto salga mal -le reprendió.

– ¿Crees que vas a divertirte tú sola?

– Pues… sí. Es mi noche de bodas. Y estoy embarazada. Se supone que debes dejarme hacer lo que yo quiera.

– Buen intento, pero no ha habido suerte. Te he dejado empezar para darte ventaja, porque soy un caballero. Pero no sabía que ibas a encenderme de esa manera. Ahora, me toca a mí.

– Eh, ¿quién es la jefa aquí?

– Tú, Nik -Mitch no pensaba seguir bromeando. Selló los labios de Nicole con un beso que la hizo estremecerse de pies a cabeza-. Sólo tú -sus manos emprendieron un deliberado viaje desde la garganta de ella hasta la prominencia de sus senos-. Te he dicho cientos de veces que no quiero ser el jefe. Sólo puede haber uno en la familia. Y serás siempre tú.

Le dio la vuelta como si no pesara nada y le besó los glúteos, dándole cariñosos mordiscos a lo largo de la espalda. A continuación volvió a colocarla boca arriba y le lamió suavemente los senos, jugueteando con los pezones.

Nicole pronunció repetidamente su nombre, cada vez con mayor intensidad, mientras Mitch se aprendía de memoria cada rincón de su cuerpo utilizando las manos, los ojos, la boca. Acarició la prominencia de su vientre con besos cariñosos y reverentes. Luego mordisqueó la curva de sus caderas con una sonrisa casi diabólica.

Finalmente, volvió a besarla en la boca profundamente, mientras con la mano descendía más y más, hasta que introdujo un dedo en el punto más cálido y húmedo del cuerpo de Nicole. La invadió, enviándole hondas de puro placer sin dejar de besarla en ningún momento.

Nicole sentía como si sus pulmones estuvieran privados de aire. Tenía todos los músculos del cuerpo tensos a causa del deseo. El corazón parecía querer salírsele del pecho.

Le agarró la mano y la atrajo aún más profundamente hacia su interior. Sabía que Mitch sentía la misma impaciencia arrolladora. Su piel era tan suave como la de ella, su mirada igual de intensa.

Él sólo se detuvo un momento más para poner un exquisito cuidado antes de penetrarla por fin.

Nicole contempló los ojos de Mitch mientras la poseía, sintió cómo su cuerpo ansiaba aquella invasión y, de repente, algo en su interior pareció convertirse en oro líquido.

Mitch la amaba.

Quizá no lo hubiese comprendido antes, pero ahora estaba segura. El ansia sexual, por sí sola, no podía hacer que la amase de aquella manera.

Mitch susurró su nombre, pero ella ya estaba tan cerca del éxtasis como él. Las emociones la impulsaron aún más alto. No sólo las suyas propias, sino las que percibía en los ojos de Mitch. Pasión, deseo, ternura, honestidad. Amor. Todo estaba allí. En sus ojos. En sus caricias. Y ambos alcanzaron el éxtasis al mismo tiempo, con idénticos jadeos roncos y entrecortados.

Más tarde, él la abrazó y la sostuvo un buen rato entre sus brazos. Con los ojos cerrados, Nicole oyó cómo los desbocados latidos de su corazón se calmaban poco a poco. Pasó mucho tiempo antes de que ambos pudieran volver a respirar con normalidad.

De pronto, los sobresaltó un suave golpe en el pie de la cama. Nicole miró… y vio al cachorro, que saltaba por encima de las sábanas revueltas para unirse a ellos.

– ¿Te hemos descuidado, cariño? -le dijo Nicole con una risita.

– Veo que la gatera de la puerta de la cocina te va de perlas -bromeó Mitch.

Ambos se echaron a reír, pero por un instante los ojos de él se encontraron con los de ella. Rápidamente, ambos saltaron de la cama para comenzar el día, con sus corazones rebosantes de esperanza.

A pesar de los problemas que aún pudieran surgir, Nicole no podía imaginar a una pareja más feliz.

Capítulo Once

Dos semanas más tarde, Mitch se levantó de la mesa con una sonrisa artificial cuando hubo terminado de cenar.

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