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Электронная книга - «Un Hotel En Hollywood». Краткое содержание книги:

La aventura de una mujer que pasa de ser una esposa y madre entregada a convertirse en una exitosa guionista de Hollywood. ¿Podrán convivir ambas facetas de su vida?
Tanya Harris es feliz junto a su marido y sus hijos en San Francisco. Trabaja como ama de casa y guionista para la televisión, y aunque su eterno sueño es triunfar como escritora, siempre ha antepuesto su familia a sus anhelos profesionales.
Sin embargo, una llamada telefónica de su agente hará que su vida dé un vuelco: una leyenda de Hollywood, el productor Douglas Wayne, quiere que escriba un guión cinematográfico. Aceptar este proyecto significa que deberá abandonar su casa, su familia, su ciudad. No obstante, Tanya sabe que oportunidades así sólo se presentan una vez en la vida. A pesar de sus continuos viajes, Tanya no sabe cómo sellar estas grietas que la distancia ha dibujado entre ella y su familia, sobre todo con su marido, quien parece necesitarla cada vez menos…
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Tanya le sonrió. Confiaba en que estuvieran empezando a ser amigos.

– Yo también -añadió Tanya.

Se había deshecho de muchas cintas de música de sus años de universidad, pero había guardado algunas para escucharlas de vez en cuando.

Douglas parecía algo deprimido después de aquella conversación. Hacía mucho tiempo que no se acordaba de su segunda esposa. Si obviaba los motivos del divorcio, podía recordarla incluso con placer y ternura. Después de separarse, su ex mujer había estado en la cárcel en dos ocasiones más. Cuando supo que había salido, se alegró. Todavía recordaba con claridad la rabia que le invadía al ver cómo aquella hermosura se echaba a perder. Durante su matrimonio, había disfrutado presumiendo de esposa; sin duda, fue lo más parecido a una mujer trofeo que había tenido nunca. Después de aquello, no había querido volver a casarse. Funcionaba mejor estando solo y últimamente le bastaba con algún encuentro sexual de vez en cuando. Ni siquiera necesitaba ya estar acompañado.

Jamás se comprometía emocionalmente, y en sus escarceos sexuales nunca ponía el corazón. Cuando quería que una mujer colgase de su brazo, escogía con sumo cuidado. Le gustaban las mujeres inteligentes que resultasen una compañía interesante, que no le hicieran sombra y que en las fotos de los periódicos quedaran bien a su lado. Solían ser estrellas importantes y consagradas, escritoras famosas, alguna política casada o esposas de amigos que en aquel momento estaban ausentes. Tampoco quería que las mujeres que le acompañaban fueran carnaza para la prensa. Su reputación era la de un hombre importante que había hecho historia en el mundo del espectáculo, así que no quería que su vida sentimental fuera de interés para nadie. Sobre todo, porque no lo era ni siquiera para él.

Pensó que cuando la conociera un poco mejor, estaría bien salir con Tanya. Lo había pensado la noche anterior en la fiesta. Era una mujer interesante, inteligente, tenía un fino sentido del humor y era hermosa. Sin duda, tenía el perfil exacto del tipo de mujer que le gustaba llevar del brazo. Además, podía medirse con él, algo que Douglas apreciaba. En cierto modo era como si le estuviera haciendo una prueba como posible acompañante para eventos sociales, o incluso como anfitriona en sus fiestas. Hasta el momento, todo en ella le gustaba. Y puesto que iban a trabajar juntos durante los meses siguientes, si aparecían públicamente juntos, todo resultaría de lo más decoroso. No le gustaban los cotilleos. Tanya tenía un aspecto tan respetable que los rumores maliciosos parecían altamente improbables. Era el tipo de mujer que provocaba alabanzas, no críticas.

– ¿Qué haces este fin de semana? -preguntó despreocupadamente al terminar de almorzar.

– Me marcho a casa -respondió ella con una luminosa sonrisa.

Era evidente la alegría que le producía el mero hecho de pensarlo. A Douglas le parecía una bobada. En su espíritu, no había el menor átomo de sentimentalismo.

– Realmente te gusta todo ese rollo de ama de casa de Marin, ¿verdad? -dijo para avergonzarla y forzarla a negarlo.

– Sí, me gusta -contestó ella, radiante-. Sobre todo el rollo de mi marido y mis hijos. Ellos son la mejor parte. Toda mi vida gira a su alrededor.

– Tú eres mucho más que eso, Tanya; mereces una vida más excitante -insistió intentando alabarla.

– No quiero una vida excitante -respondió Tanya.

Siempre le había gustado la vida rutinaria que llevaban Peter y ella, las cosas cotidianas que aportaban normalidad y solidez. De Hollywood solo quería la experiencia de escribir un guión para una película; la vida allí le parecía falsa, superficial y absolutamente vacía. Sentía lástima por la gente que creía ver en ella algo más. Como Douglas, por ejemplo. Sin embargo, ella no le veía ninguna sustancia ni mérito. Estaba segura de que de haber formulado aquella opinión en voz alta, Douglas habría estado completamente en desacuerdo. El adoraba el arte de la interpretación y formaba parte del consejo de administración del Museo de Los Ángeles. Le había explicado que, siempre que podía, iba al teatro o se escapaba a San Francisco para asistir a un concierto o a un ballet. Disfrutaba con los eventos culturales y sociales. Incluso volaba hasta la ciudad de Washington para asistir a estrenos en el Kennedy Center, o al Lincoln Center y el Met en Nueva York. En las cuatro ciudades, Douglas Wayne era alguien importante y también viajaba a Europa con relativa frecuencia. Una vida como la de Tanya le habría aburrido soberanamente. Ella, por el contrario, la adoraba. No cambiaría su vida por la de él ni loca.

– Quizá cuando lleves una temporada en Los Ángeles, se amplíen tus horizontes. Eso espero, por tu bien -dijo mientras atravesaban el Polo Lounge ante las miradas de todos los comensales, que se estarían preguntando quién era la nueva acompañante de Douglas Wayne.

Nadie conocía a Tanya, de modo que, aunque despertaba curiosidad, no originaba muchos comentarios. Era una mujer bonita de mediana edad vestida con unos vaqueros y un jersey rosa, nada más. Pero si le acompañaba a algún acto público, enseguida averiguarían quién era. Algunas mujeres de Los Ángeles habrían matado por tener una oportunidad así. Pero a Douglas lo que le gustaba era precisamente que a Tanya le traía sin cuidado. Ella no intentaba utilizarle, y, de cualquier modo, no parecía una mujer interesada. En ese sentido, había acertado. No era alguien oportunista. Era una mujer íntegra y digna, con la cabeza bien amueblada y mucho talento. No necesitaba engañar a nadie para prosperar, y tampoco lo habría hecho.

Tanya le agradeció la comida y él le deseó un feliz fin de semana. Realmente había resultado más agradable de lo que ella esperaba. Douglas era una compañía grata y no se había pasado de la raya. En realidad, se había comportado con más corrección de la que había esperado y no la había presionado criticando su vida hogareña.

Douglas, por su parte, creía que Tanya merecía metas más interesantes que las que tenía en Marin -una vida, a su entender, algo simple-, pero si eso era lo que ella quería y era su manera de disfrutar de la vida, no ofendía a nadie. Sabía que su vida se enriquecería y se volvería más interesante después de su estancia en Los Ángeles.

Mientras se acercaban a la recepción del hotel, Douglas sintió que podrían llegar a ser amigos algún día. Le gustaba esa idea y era una posibilidad que Tanya también contemplaba, aunque no con tanta expectación como él. Quería mostrarse cautelosa y no generar en el productor expectativas de ningún tipo. Dejando a un lado el poco aprecio que mostraba hacia su estilo de vida, había algo en él que la incomodaba. No tenía interés alguno en los valores familiares, le ponían nervioso los niños y los votos matrimoniales no eran más que un problema. Douglas quería estar con gente a la que pudiera presionar o sobre los que pudiera tener algún tipo de control. Por ello, Tanya pensó que mientras tuviera claro ese aspecto de su personalidad, marcara unos límites claros y mantuviera la cabeza fría, podrían llevarse bien. Con él, no se podía bajar la guardia.

De cualquier modo, por el momento era solo alguien con quien mantenía una relación profesional y tenía la intención de que siguiera siendo así. Quizá con el tiempo, cuando se conocieran un poco más, podrían ser amigos. Pero, primero, Douglas Wayne tendría que ganarse su amistad.

Tanya estuvo trabajando el resto de la tarde en su habitación y cenó también en el bungalow. Max la llamó para preguntarle qué tal iba todo y discutió con él algunos problemas que ya intuía que iba a dar el guión. Max le propuso algunas soluciones que agradaron a Tanya. Probó a ponerlas sobre el papel y, para su satisfacción, descubrió que funcionaban. Estaba completamente convencida de que iban a disfrutar trabajando juntos. Le habría gustado volver a casa aquella noche pero Douglas le había dado a entender que debía estar disponible por si había alguna reunión el viernes por la mañana.

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