Un Hotel En Hollywood
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Hotel En Hollywood». Краткое содержание книги:
Tanya Harris es feliz junto a su marido y sus hijos en San Francisco. Trabaja como ama de casa y guionista para la televisión, y aunque su eterno sueño es triunfar como escritora, siempre ha antepuesto su familia a sus anhelos profesionales.
Sin embargo, una llamada telefónica de su agente hará que su vida dé un vuelco: una leyenda de Hollywood, el productor Douglas Wayne, quiere que escriba un guión cinematográfico. Aceptar este proyecto significa que deberá abandonar su casa, su familia, su ciudad. No obstante, Tanya sabe que oportunidades así sólo se presentan una vez en la vida. A pesar de sus continuos viajes, Tanya no sabe cómo sellar estas grietas que la distancia ha dibujado entre ella y su familia, sobre todo con su marido, quien parece necesitarla cada vez menos…
– Buenos días, Tanya, ¿qué tal el fin de semana? -le preguntó amablemente.
Iba cargado con una pesada maleta que parecía a punto de estallar. Se dirigieron hacia la sala de reuniones y Max se dejó caer en una silla. Durante todo el proceso de preproducción, habían alquilado unas oficinas a una de las cadenas de televisión y a Tanya le habían asignado un despacho. Ella había asegurado que prefería trabajar en el hotel. Sabía que en el bungalow tendría más tranquilidad y no habría distracciones.
– Demasiado corto -contestó Tanya, que aquella mañana echaba de menos a Peter y a sus hijos más que nunca-. ¿Y el tuyo?
– Bueno, no ha estado mal. He ido a ver un par de partidos de béisbol, he leído The Wall Street Journal, el Variety y The New York Times. También he tenido varias conversaciones intelectuales con mi perro. Nos acostamos bastante tarde ayer, así que hoy estaba demasiado cansado para venir a trabajar. Vida de perro -comentó Max mientras una secretaria les ofrecía un café que ambos rechazaron.
Max llevaba en la mano un capuchino de Starbucks y Tanya ya había tomado bastante té en el hotel. Estaban charlando animadamente cuando llegó Douglas, con su aspecto habitual de portada de GQ. Olía estupendamente y se había cortado el pelo durante el fin de semana. Incluso a esa hora de la mañana, estaba impecable. Max, por el contrario, iba de lo más desaliñado: parecía que había olvidado peinarse el poco pelo que le quedaba, llevaba los vaqueros medio rotos, las zapatillas deportivas estaban usadas y viejas y se veía un agujero en los calcetines. Iba limpio, pero hecho un desastre. Tanya iba vestida con vaqueros, una sudadera y zapatillas deportivas. No se había molestado en maquillarse. Se disponía a trabajar.
Se pusieron manos a la obra inmediatamente. Había varias escenas que Douglas quería cambiar y Max tenía problemas con una en particular que le parecía demasiado rápida, lo que imposibilitaba que los actores mostraran sus emociones en profundidad. Quería que Tanya la reescribiera para que los espectadores se dieran un hartón de llorar.
– Hazles sangrar -comentó.
A media mañana, Douglas y Tanya se enzarzaron en una discusión sobre uno de los personajes y el modo como Tanya lo había caracterizado. Para el productor, el personaje resultaba aburrido.
– La odio -dijo con rotundidad y sin molestarse en suavizar sus palabras-. Y al público le pasará lo mismo.
– Se supone que es aburrida -replicó Tanya defendiendo su trabajo ardientemente-. Es una mujer terriblemente aburrida. No me molesta que la odies. No es alguien agradable. Es tediosa, una llorica y traiciona a su mejor amiga. ¿Por qué demonios tendría que gustarte?
– No quiero que me guste. Pero si tiene las narices de traicionar a su mejor amiga, debe tener algo de personalidad. Concédele por lo menos eso. La has retratado como si estuviera muerta -insistió Douglas en un tono insultante.
Tanya finalmente cedió y aceptó cambiar el personaje, pero seguía sin estar de acuerdo con Douglas. Max intercedió y propuso una solución intermedia para satisfacer a ambas partes. Podía seguir siendo aburrida y desagradable, pero debía parecer envidiosa y amargada; con eso bastaría para que la traición final tuviera más sentido. Tanya lo aceptó. Cuando acabaron de repasar todas las observaciones y la reunión tocó a su fin, eran cerca de las tres de la tarde y Tanya estaba agotada. No habían hecho una pausa ni siquiera para almorzar, porque para Douglas la comida era una distracción. Cuando se levantaron, Tanya podía sentir la falta de azúcar en la sangre y la ausencia de energía en todo su cuerpo.
– Una buena reunión -dijo Douglas, de un humor excelente.
Max había estado mordisqueando barritas de chocolate y algunas nueces que había llevado consigo. Había trabajado ya en muchas películas con Douglas y conocía su forma de trabajar.
Tanya, por el contrario, no sabía nada y se sentía agotada y herida por algunos de los comentarios del productor. Después de haber estado lanzándole dardos, no se había disculpado. A Douglas solo le interesaba hacer la mejor película posible, sin importarle a costa de quién. En aquella ocasión, le había tocado recibir a Tanya. No estaba acostumbrada ni a su estilo ni a tener que justificar hasta tal punto su trabajo o a defenderlo de aquel modo. Los productores de las telenovelas eran de trato más fácil.
– ¿Estás bien? -le preguntó Max cuando salieron del edificio.
Douglas había salido disparado porque tenía una cita; habían quedado en volver a reunirse todos allí al día siguiente, esta vez también con los actores. Tanya estaba aterrorizada. Aquello era más duro de lo que esperaba; además, no tenía ni idea de cómo afrontar el personaje que Douglas tanto odiaba. Iba a pasarse la tarde y la noche trabajando en ello. Se sentía como si tuviera que preparar un examen. Sus palabras habían sido muy duras.
– Sí, estoy bien. Solo me siento cansada. No he desayunado demasiado, así que hace una hora que he empezado a derrumbarme.
– Cuando nos reunamos con Douglas, tráete siempre comida. Trabaja como un maníaco y nunca hace pausas para comer. Por eso está tan delgado. Para él, la comida es un simple acontecimiento social. Si no lo tiene en su agenda, no come, y los que le rodean van cayendo como moscas -le comentó Max riéndose.
– Para mañana ya lo sé -dijo Tanya mientras Max la acompañaba a su limusina.
– Oh, no, mañana será diferente. Mañana estaremos con las estrellas y a ellas hay que alimentarlas, y generalmente con caterings carísimos. Pero los directores y los guionistas no necesitamos comer. Podrás mendigar un poquito del plato de los actores. A lo mejor te lanzan un poco de caviar o un muslo de pollo. -Max estaba bromeando y exagerando, pero tampoco demasiado-. Siempre está bien que haya un par de actores en las reuniones. Suelo pedirlo, así puedo comer.
Tanya se echó a reír. Era como si un alumno veterano le estuviera explicando cómo funcionaba el colegio. Agradecía su ayuda y su buen humor.
– Mañana también traeré a Harry. Nadie quiere alimentar a un director con sobrepeso pero sí a un perro. Tiene un aspecto totalmente famélico y además gime y babea un montón. Una vez, hace tiempo, me puse a gemir como él, pero me echaron de la sala y amenazaron con llamar al sindicato, así que prefiero traer a Harry.
Tanya siguió riéndose. Max la animó para que no se sintiera decaída por tener que reescribir el personaje ni por los duros comentarios de Douglas. Era su forma de trabajar. Había productores mucho más duros, que incluso obligaban a reescribir el guión mil veces. Tanya se preguntó cuáles serían los comentarios de los actores y con cuánto detenimiento se habrían leído el guión. En las telenovelas en las que había trabajado, los actores se limitaban a salir a escena y soltar la parrafada. Pero estaba claro que en una película el trabajo era mucho más preciso.
Aquella tarde se pasó siete horas trabajando e incorporando todos los comentarios que habían hecho Douglas y Max. Pidió que le llevaran a la habitación unos huevos escalfados y una ensalada y a medianoche seguía trabajando. Cuando terminó, llamó a Peter. Se le había pasado la tarde volando y no había tenido un minuto para hablar con sus hijas, aunque a esa hora sabía que estarían ya durmiendo. Peter, sin embargo, estaba todavía despierto esperando su llamada. No había querido molestarla, ya que, al no saber nada de ella, había dado por sentado que estaba ocupada escribiendo y había optado por esperar.
– ¿Qué tal ha ido? -preguntó con interés y curiosidad, convencido de que si Tanya no había llamado hasta la medianoche era porque había tenido un día intenso.
– Pues no lo sé -contestó Tanya, dejándose caer sobre la cama-. Creo que bien. Douglas odia a uno de mis personajes femeninos y me ha dicho que es muy aburrida. Así que me he pasado toda la noche reescribiendo sus escenas. Pero me temo que la he empeorado. Hemos tenido una reunión hasta las tres de la tarde sin parar ni un momento, ni siquiera para comer; pensé que me moría. Y, desde entonces, he estado trabajando como una burra en la habitación. Sin embargo, no estoy segura de haberlo arreglado. Mañana hemos quedado con los actores para repasar sus comentarios.