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Электронная книга - «Un Hotel En Hollywood». Краткое содержание книги:

La aventura de una mujer que pasa de ser una esposa y madre entregada a convertirse en una exitosa guionista de Hollywood. ¿Podrán convivir ambas facetas de su vida?
Tanya Harris es feliz junto a su marido y sus hijos en San Francisco. Trabaja como ama de casa y guionista para la televisión, y aunque su eterno sueño es triunfar como escritora, siempre ha antepuesto su familia a sus anhelos profesionales.
Sin embargo, una llamada telefónica de su agente hará que su vida dé un vuelco: una leyenda de Hollywood, el productor Douglas Wayne, quiere que escriba un guión cinematográfico. Aceptar este proyecto significa que deberá abandonar su casa, su familia, su ciudad. No obstante, Tanya sabe que oportunidades así sólo se presentan una vez en la vida. A pesar de sus continuos viajes, Tanya no sabe cómo sellar estas grietas que la distancia ha dibujado entre ella y su familia, sobre todo con su marido, quien parece necesitarla cada vez menos…
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Era imposible que Max no despertase afecto en los demás. Tenía un corazón de oro y se le notaba.

– Nunca salgo con actrices -continuó el director-. Busco una buena mujer a la que le gusten los hombres calvos y con barba y que quiera acariciarme la espalda por la noche. Estuve saliendo con la misma mujer durante dieciséis años y éramos el uno para el otro. No recuerdo que tuviéramos una sola pelea.

– ¿Y qué pasó? -preguntó Tanya al tiempo que se detenían bajo el toldo del hotel Beverly Hills, su hogar en aquellos momentos.

Tanya todavía no podía sentir que aquel bungalow fuese su casa; todavía le parecía que no le correspondía alojarse allí y que estaba fuera de lugar. No se consideraba una estrella en absoluto y a menudo le parecía que en cualquier momento le dirían que tenía que marcharse.

– Murió -musitó Max sin dejar de sonreír. El recuerdo de aquel amor todavía enternecía su mirada-. Cáncer de mama, una mierda. Nunca encontraré otra mujer como ella. Era el amor de mi vida. Después de aquello he salido con otras, pero no es lo mismo. Sin embargo, no estoy mal, voy tirando. Era escritora, como tú. Escribía guiones para las miniseries en una época en que estas tenían muchísimo éxito. Hablábamos siempre de casarnos, pero nunca fue necesario. En nuestro corazón, ya estábamos casados. Cada año, entre un rodaje y otro, suelo ir de vacaciones con sus hijos. Son dos chicos estupendos. Ambos están casados y viven en Chicago. Me recuerdan a su madre. Mis hijas también les adoran.

– Por lo que cuentas, era una gran mujer -comentó Tanya en tono cariñoso todavía dentro del coche.

A pesar de la enorme cantidad de dinero que ganaba Max con sus películas, el director seguía conduciendo un viejo Honda algo destartalado. Era evidente que la ostentación no iba con él. Por el contrario, Douglas alardeaba de una casa fabulosa y unos cuadros increíbles. Como cualquier invitado que iba allí por primera vez, Tanya se había quedado muy impresionada. Jamás había visto cuadros tan fabulosos fuera de un museo.

– Era una buena mujer -continuó Max. Miró a Tanya con una sonrisa y añadió-: Tú también lo eres.

A Max le agradaba Tanya; todo en ella dejaba traslucir lo que era realmente. Nada más conocerla le había gustado y aquella noche confirmaba su opinión. La veía como una mujer genuina y sólida, algo muy poco habitual en Hollywood.

– Tu marido es un tipo con suerte.

– Yo soy una mujer con suerte -dijo ella sonriendo melancólicamente.

Echaba mucho de menos a Peter. Habían perdido el contacto físico diario y la calidez del lecho compartido. Habían perdido mucho y tenía unas ganas enormes de llegar a su habitación para llamarle, a pesar de la hora. Le había prometido que así lo haría aunque ello supusiera despertarle. Antes de ir a la fiesta, había llamado a su casa y su marido le había dicho que se las estaban arreglando bastante bien. Solo faltaban dos días para volver a Marin. Se moría de ganas.

– Mi marido es un gran hombre.

– Tanto mejor. Espero conocerle algún día. Debería venir durante el rodaje y traerse a los chicos.

– Lo hará -afirmó Tanya.

Dio las gracias a Max por acompañarla y se bajó del coche. En ese momento, se acordó de que al día siguiente había quedado para almorzar con Douglas en el Polo Lounge, un sitio idóneo para Tanya.

– ¿Vendrás mañana a comer con nosotros? -le preguntó a Max.

– No, he quedado con los cámaras para hablar del equipo que necesitamos.

Max utilizaba unos objetivos complicados y poco habituales con los que conseguía los efectos cinematográficos que le habían hecho famoso y quería estar seguro de que todo estaba en orden.

– A Douglas le gusta conocer a la gente individualmente. Nos veremos la semana que viene, cuando empecemos con las reuniones. Disfruta del fin de semana en casa.

Mientras se alejaba con el coche, Tanya agitó la mano en señal de despedida y se encaminó deprisa hacia el bungalow con una sonrisa en el rostro. Iba a ser fantástico trabajar con Max. Pero no estaba tan segura de poder decir lo mismo de Douglas. Tenía que reconocer que aquella noche le había encontrado más agradable -imponía menos con la actitud relajada que había mostrado en su casa-, pero todavía la ponía nerviosa.

Telefoneó a Peter nada más entrar en el bungalow y, aunque estaba medio dormido -era la una y media de la madrugada-, esperaba su llamada.

– Siento llamar tan tarde. No se acababa nunca -dijo casi sin aliento, después del rápido trayecto hasta la habitación.

– No te preocupes, ¿qué tal ha ido? -preguntó Peter con un bostezo.

Tanya podía imaginarle perfectamente en la cama, lo que hizo que le echara aún más de menos.

– Divertido, extraño e interesante. Douglas Wayne tiene unos cuadros impresionantes: Renoir, Monet, alucinante. Y en la fiesta estaban todas las nuevas estrellas, Jean Amber, Ned Bright -Tanya nombró una retahíla de actores-. Parecen buenos chicos. Me he acordado tanto de Molly, de Megan y de ti… Te echo de menos. Ah, y el director, Max Blum, es muy agradable. Esta noche he estado hablándole de ti, creo que te gustaría.

– Dios mío, no querrás volver a Ross después de esto, Tanny. Demasiado glamour para nosotros.

Sabía que no hablaba en serio, pero, de todos modos, a Tanya no le gustó el comentario. Era lo mismo que Douglas le había dicho por teléfono aquella tarde, y precisamente era lo último que Tanya quería que ocurriera. No quería formar parte de Hollywood, sino seguir con su vida en Ross.

– No seas bobo, no me importan lo más mínimo todas estas chorradas. Pagarían por tener una vida como la nuestra.

– Sí, seguro -ironizó Peter soltando una carcajada que hizo que Tanya pensara en sus hijos-. No estoy tan seguro. Te echarán a perder.

– No, no es verdad -musitó Tanya algo alicaída, tumbada ya en la cama después de descalzarse-. Te echo de menos y me gustaría que estuvieras aquí.

– Dentro de dos días estarás en casa. Yo también te echo de menos. Esto está muerto sin ti. Hoy se me ha quemado la cena.

– Este fin de semana os prepararé un manjar -prometió Tanya.

El sentimiento de culpabilidad no remitía y ardía en deseos de volver a casa para estar con Peter y las chicas. Llevaba solo tres días fuera, pero tenía la sensación de haber pasado media vida en Hollywood. Qué largos se le iban a hacer aquellos nueve meses… Asistir a la fiesta aquella noche había sido una obligación -tenía que conocer al resto del equipo-, pero se le había hecho muy raro salir sin Peter. Había sido una velada agradable, pero no dejaba de ser una imposición y sabía que con Peter se habría divertido más. Cuando su marido estaba fuera -algo muy poco habitual- jamás salía por la noche sin él. A Tanya no le interesaba tener vida social propia, y menos allí. No tenía nada en común con la gente que la rodeaba en Los Ángeles ni tampoco con Douglas Wayne. En cambio, podía imaginarse saliendo a cenar una hamburguesa con Max Blum. Tanya no sabía si existirían los amigos verdaderos en Hollywood, pero, de haberlos, Max Blum era el candidato idóneo.

– Tengo muchas ganas de verte. Es tan raro estar aquí sola… Os echo mucho de menos a todos.

No le gustaba en absoluto dormir sin Peter y llevaba tres noches sintiéndose muy sola y triste. A Peter también se le estaba haciendo duro; se dormía abrazado a la almohada.

– Nosotros también te echamos de menos -dijo Peter bostezando de nuevo-. Será mejor que intente dormir. Mañana tendré que sacar a las niñas de la cama y Meg tiene natación a las siete y media.

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