Un Hotel En Hollywood
- Автор: Стил Даниэла
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Un Hotel En Hollywood». Краткое содержание книги:
Tanya Harris es feliz junto a su marido y sus hijos en San Francisco. Trabaja como ama de casa y guionista para la televisión, y aunque su eterno sueño es triunfar como escritora, siempre ha antepuesto su familia a sus anhelos profesionales.
Sin embargo, una llamada telefónica de su agente hará que su vida dé un vuelco: una leyenda de Hollywood, el productor Douglas Wayne, quiere que escriba un guión cinematográfico. Aceptar este proyecto significa que deberá abandonar su casa, su familia, su ciudad. No obstante, Tanya sabe que oportunidades así sólo se presentan una vez en la vida. A pesar de sus continuos viajes, Tanya no sabe cómo sellar estas grietas que la distancia ha dibujado entre ella y su familia, sobre todo con su marido, quien parece necesitarla cada vez menos…
– Te quiero mucho… Pásatelo bien y saluda a Ned Bright de mi parte. Dile que le adoro… ¡Pero a ti más! -exclamó después de bajarse del coche, darse la vuelta ligeramente y salir corriendo hacia casa de su amiga.
Tanya y Peter disfrutaron de unos minutos de soledad y tranquilidad antes de llegar al aeropuerto. Peter le contó a su mujer el caso en el que estaba trabajando; Tanya le habló de los cambios que había hecho en el guión; después, se quedaron en silencio, felices de estar juntos. Aquel fin de semana habían hecho el amor mucho más de lo habitual y Peter bromeó al respecto.
– A lo mejor este asunto de Los Ángeles mejora nuestra vida sexual.
Parecía como si los días que estaban separados, se dedicaran a almacenar el amor que se profesaban y eso les ayudara a la hora del reencuentro.
Tuvieron que despedirse antes de pasar el control de seguridad -Peter no tenía tarjeta de embarque, claro está- y Tanya volvió a ponerse triste en el momento en el que su marido le daba un beso de despedida.
– Ya te echo de menos -musitó sintiéndose muy desgraciada.
Peter volvió a besarla con gran entereza y dijo:
– Yo también, nos vemos el viernes. Llámame cuando llegues.
– Lo haré. ¿Qué harás para cenar?
Las mellizas cenarían con sus amigas y Tanya había olvidado dejarle algo preparado para que pudiera calentárselo en el microondas.
– Le he dicho a Alice que pasaré por su casa. Esta semana ha venido un par de veces para ver cómo estaban las chicas, así que, como agradecimiento, encargaré un poco de sushi y cenaré con ella.
– Salúdala de mi parte. Quería llamarla durante el fin de semana, pero al final se me ha pasado. Dile que lo siento y dale las gracias por vigilar a las chicas.
– Me parece que lo hace encantada. Creo que echa de menos a sus hijos y que le resulta menos duro si tiene que venir a echar un vistazo a las nuestras camino de su casa. Se queda apenas un par de minutos. Está demasiado ocupada con la galería.
Era una suerte para Alice tener una empresa propia. La muerte de Jim había sido un duro golpe y, aunque había mostrado una fortaleza impresionante, Tanya conocía su dolor. Ella la había ayudado a salir adelante durante el primer año, el peor. Y ahora, en la medida de sus posibilidades, Alice estaba intentando corresponder. Era un justo intercambio entre amigas que siempre se habían prestado ayuda. Tanya agradecía la presencia de Alice en aquellos momentos.
Antes de pasar el control, Tanya dio la vuelta y corrió hacia Peter para darle un último beso. Después, se apresuró para llegar a la puerta de embarque con la bolsa de viaje al hombro. Fue la última en entrar en el avión y, nada más sentarse, apoyó la cabeza en el respaldo y cerró los ojos pensando en el fin de semana. Había sido maravilloso estar en casa con Peter y las chicas y detestaba tener que marcharse de nuevo.
Cuando el avión enfiló la pista de aterrizaje, apagó el teléfono y, una vez en el aire, se quedó medio dormida. Había sido un fin de semana intenso emocionalmente y Tanya estaba cansada. Además, la pelea con Meg la había dejado exhausta. ¿La perdonaría algún día? ¿Volverían las cosas a ser como antes? Confiaba en que así fuera. Pero a Megan le costaba tanto perdonar… su rencor podía ser eterno.
Seguía pensando en su hija cuando bajó del avión, salió de la terminal y cogió un taxi. La idea de que la recogiese una limusina en el aeropuerto no le apetecía en absoluto, así que no había avisado a su chófer de su regreso. Todavía le resultaba extraño aprovecharse de las ventajas de su contrato.
Entró en el bungalow y, sorprendida, descubrió que le parecía un lugar agradable y familiar. Había cogido más fotos de su familia para distribuir por las habitaciones: de Peter, de los chicos y una de Alice con James y Jason. El fin de semana, había podido hablar con su hijo y se le notaba feliz. Estaba tan ocupado con su nueva vida universitaria que no tenía tiempo de llamar a su familia, para disgusto de sus hermanas.
En cuanto se sentó, llamó a Peter al móvil. Todavía estaba cenando en casa de Alice, así que Tanya habló también con ella. Aquella conversación hizo que se sintiera aún más sola. Le habría gustado poder estar con ellos cenando sushi. Alice le aclaró que sin ella la cena no era lo mismo y que la echaban mucho de menos. Tanya le explicó que se había llevado una foto de ella para que le hiciera compañía en Los Ángeles.
Después de colgar, Tanya encendió la tele y se sintió terriblemente sola. Para relajarse, decidió darse un buen baño, por lo que puso en funcionamiento el jacuzzi de la enorme bañera. Más tarde, conectó el ordenador y trabajó un poco más en el guión. Tenía programada una reunión con el director y el productor a las ocho y media de la mañana del día siguiente y una con los actores al cabo de dos días. Iba a ser una semana de duro trabajo, ya que tendría que recoger los comentarios sobre el guión de todos ellos y tratar de incorporar los cambios necesarios. Pero, por supuesto, tenía muchas ganas de seguir todo el proceso y de oír sus opiniones. Tanya trabajó hasta las dos de la madrugada y pidió que la despertasen a las siete.
Cuando sonó el teléfono, se incorporó de golpe, pero inmediatamente dejó caer la cabeza sobre la almohada con un gruñido. Le parecía que acababa de cerrar los ojos. Llamó a Peter inmediatamente. Ya le echaba de menos. Su marido se había levantado, se había arreglado y estaba a punto de preparar el desayuno para las mellizas. Al hablar con su marido, su sentimiento de culpa afloró de nuevo. Ella no estaba con las chicas y él sí. Pero se abría un largo período en el que sería él quien prepararía el desayuno y quien estaría largas noches sin ella en su cama de Marín. Un curso escolar completo sin Tanya. Ella lo vivía como si fuera una pena de cárcel.
Mantuvieron una breve conversación antes de afrontar sus respectivos días de trabajo.
– Te echo mucho de menos -lamentó Tanya con tristeza-. Me siento fatal al pensar que tienes que encargarte tú de todo.
– Tú lo has estado haciendo durante dieciocho años, así que no creo que importe demasiado que yo me ocupe durante unos meses -dijo Peter con dulzura pero con prisas.
– Tengo un marido que es un santo -afirmó Tanya, agradecida. Era un hombre increíble.
– No, tienes un marido que no consigue poner a la vez sobre la mesa los huevos, el zumo y los cereales. Soy un cocinero disléxico, así que tengo que dejarte. Que te vaya bien el día.
– Eso espero -dijo Tanya nerviosa.
Era su primera verdadera reunión de trabajo; por fin iban a entrar en materia. Tal vez rechazarían sus cambios, y no podía saber lo que iban a decirle o cómo actuarían. Todo era nuevo para ella.
– Todo irá bien, no dejes que impongan sus tonterías. Lo que he leído hasta ahora es genial.
– Gracias, te llamaré cuando salga de la reunión. Buena suerte con el desayuno y… Peter -musitó Tanya con ojos llorosos-, lamento todo esto. Me siento tan mala madre y tan mala esposa… Eres un héroe por dejarme hacer esto.
En aquellos momentos Tanya seguía sintiéndose culpable por haber transferido todas las responsabilidades domésticas -de las que llevaba ocupándose veinte años- a su marido.
– Eres una esposa inmejorable. Y para mí, eres una estrella.
– Tú eres la estrella, Peter -le rectificó Tanya dulcemente.
Tenía unas ganas enormes de que llegara el fin de semana para poder volver a casa.
– Adiós, pórtate bien… te quiero -se despidió Peter, y colgó rápidamente.
Tanya se lavó los dientes y se cepilló el pelo. Pidió el desayuno en la habitación, un menú muy diferente al que Peter y sus hijas engullirían. El chófer y la limusina la esperaban fuera. Tanya llegó al estudio a las ocho y media en punto. Douglas todavía no había llegado pero Max Blum ya estaba allí.