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Электронная книга - «Un Hotel En Hollywood». Краткое содержание книги:

La aventura de una mujer que pasa de ser una esposa y madre entregada a convertirse en una exitosa guionista de Hollywood. ¿Podrán convivir ambas facetas de su vida?
Tanya Harris es feliz junto a su marido y sus hijos en San Francisco. Trabaja como ama de casa y guionista para la televisión, y aunque su eterno sueño es triunfar como escritora, siempre ha antepuesto su familia a sus anhelos profesionales.
Sin embargo, una llamada telefónica de su agente hará que su vida dé un vuelco: una leyenda de Hollywood, el productor Douglas Wayne, quiere que escriba un guión cinematográfico. Aceptar este proyecto significa que deberá abandonar su casa, su familia, su ciudad. No obstante, Tanya sabe que oportunidades así sólo se presentan una vez en la vida. A pesar de sus continuos viajes, Tanya no sabe cómo sellar estas grietas que la distancia ha dibujado entre ella y su familia, sobre todo con su marido, quien parece necesitarla cada vez menos…
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La mayoría de la gente que le habían presentado se mostraba emocionada de tenerla entre ellos y algunos incluso habían leído su libro. Tanya estaba conmovida. Hubo quienes incluso citaron los relatos que más les habían gustado, así que la guionista pudo comprobar que lo habían leído realmente y que no lo decían solo por quedar bien.

Se respiraba un ambiente cordial y de entusiasmo. Todos se mostraban encantados con la película, con el gran número de estrellas y con la presencia de Max como director. Se sentían afortunados por formar parte de aquel equipo y por haber sido invitados a casa de Douglas y a aquella fiesta previa al rodaje. Aquel era el reino de los sueños y ellos eran los elegidos, los que más fortuna habían tenido, los que habían llegado a la cumbre de Hollywood y tenían la oportunidad de acariciar la suerte de mantenerse en ella. De cualquier modo, por el momento, todos ellos estaban en la cima.

Todos los actores y actrices más famosos del momento participaban en aquel filme y no habría llegadas imprevistas más tarde. A Max le gustaba que el equipo del reparto estuviera cohesionado y que, de principio a fin, trabajasen juntos y armónicamente. Solo si el equipo se mantenía unido y se conocía a fondo, podía darse un ambiente de solidaria colaboración. Tanya podía percibir que se estaban convirtiendo en una gran familia. Como si alguien hubiera lanzado unos polvos mágicos sobre sus cabezas, allí, delante de sus ojos, esa familia se estaba construyendo. Estaba empezando. Ya había empezado.

Cerca de la una de la madrugada, cuando la fiesta llegó a su fin, Max se ofreció a acompañar a Tanya en su coche hasta el hotel Beverly Hills. Aunque a Tanya le habían ofrecido la limusina para que dispusiera de ella durante toda su estancia, se habría sentido culpable por tener al conductor pendiente de ella toda la noche cuando iba a limitarse a ir del hotel a la fiesta, y de allí, de vuelta al hotel. Había pensado coger un taxi de regreso, pero cuando se lo comentó a Max, este le colocó el dedo sobre los labios y la reprendió.

– No digas eso. Si te oye Douglas, te quitará la limusina y siempre puede ir bien tenerla.

Tanya fue a despedirse de Douglas y a darle las gracias por la cena y por la hermosa velada. Se sentía como una colegiala que tiene que despedirse del director. Douglas y Jean Amber estaban en ese momento manteniendo una acalorada discusión en la que la actriz le llevaba la contraria al productor con vehemencia pero también con simpatía y le decía lo equivocado que estaba.

– ¿Queréis que os ayude a llegar a un acuerdo? -se ofreció Max, siempre con ganas de colaborar.

– Sí -dijo Jean con resolución-. Yo opino que Venecia es mucho más bonita y más romántica que Florencia o Roma.

– Yo no voy a Italia en plan romántico -bromeó Douglas, encantado de meterse con la joven actriz. No le planteaba ningún problema estar rodeado de mujeres hermosas, ya que así había construido su carrera-. Voy a Italia para disfrutar de su arte. La galería de los Uffizi es el paraíso para mí, así que Florencia gana por goleada.

– Tuve que permanecer en Florencia tres semanas sin moverme durante el rodaje de una película y estábamos en un hotel horrible -explicó Jean.

La actriz contaba con la amplia experiencia de una joven de veinticinco años que ha viajado mucho más que el resto de la gente de su edad. Pero el motivo de sus viajes siempre era el rodaje de alguna película, así que tenía muy poco tiempo para disfrutar de los lugares en los que trabajaba. Llegaban a un lugar y, en cuanto acababan, se trasladaban al siguiente destino, sin tiempo para visitas turísticas. Era una perspectiva reducida del mundo, pero por lo menos tenía esa. Tanya pensó en lo mucho que le gustaría que sus hijos la conocieran y en lo impresionados que se quedarían. Confiaba en que lo hicieran en el futuro. Parecía una jovencita encantadora.

– Yo prefiero Roma -comentó Max complicando más la discusión-. Hay unas cafeterías estupendas, buena pasta, un montón de turistas japoneses y es la ciudad de Italia donde más monjas se ven. A mí me encantan las viejas costumbres y ya no se ven monjas en ningún sitio.

Tanya se echó a reír.

– A mí las monjas me dan miedo -terció Jean-. De pequeña fui a un colegio católico y no me gustó nada. En Venecia, en cambio, no vi a una sola monja.

– Supongo que para ti eso es algo favorable. Yo besé a una chica bajo el Puente de los Suspiros cuando tenía veintiún años -añadió Max-. Cuando el gondolero me dijo que eso significaba que estaríamos juntos para siempre, casi me dio un ataque. La chica tenía una piel horrible y unos dientes de conejo; acababa de conocerla. Creo que desde entonces Venecia me da grima. Es curioso lo que determina tus sentimientos hacia una ciudad. En Nueva Orleans tuve un ataque de vesícula y nunca más he regresado.

– Yo rodé una película allí -comentó Jean-. No me gustó. Es tan húmedo… Tenía todo el día el pelo encrespado.

– Yo perdí el mío en Des Moines -bromeó Max tocándose la calva ante el regocijo de todos los presentes.

Tanya volvió a agradecer a Douglas la invitación y se fue con Max. Tenía que reconocer que estaba sorprendida de lo bien que se lo había pasado.

– Y bien, ¿qué te parece Hollywood? -le preguntó Max en el viaje de vuelta.

El director encontraba a Tanya muy atractiva y de no ser porque estaba casada le habría echado los tejos. Pero Max sentía un enorme respeto por la sagrada institución del matrimonio; además, no le parecía una mujer proclive a la infidelidad. Le parecía una persona seria y tenía ganas de trabajar con ella. Sentía, al igual que el productor, un enorme respeto por el trabajo de Tanya y había descubierto que también le gustaba como persona.

– Por lo que he hablado con algunos de los invitados esta noche, me parece un ambiente un poco excéntrico, pero divertido al mismo tiempo -le respondió Tanya con sinceridad-. A causa de mis telenovelas, había venido varias veces a Los Ángeles. Pero esto es otra cosa.

Hasta entonces, Tanya solo había conocido a los actores habituales de las telenovelas que, en su ámbito, eran auténticas celebridades. Pero eran un campo más reducido. Aquella noche, sin embargo, Tanya había conocido a un sinfín de impresionantes figuras, a los verdaderamente grandes.

– Es un pequeño universo muy especial y tiene algo de incestuoso. El cine en Hollywood es como un microcosmos que no tiene nada que ver con la vida real, y el rodaje de una película es un poco como hacer un crucero: la gente se conoce, se convierten en íntimos amigos en un instante, se enamoran, se lían, la película se rueda, todo termina y se pasa a otra cosa. Durante un brevísimo espacio de tiempo, parece que es real. Pero no es así. Lo descubrirás cuando empecemos a rodar. Ya verás cómo durante la primera semana habrá cinco apasionados romances. Es una vida de locos, pero nunca es aburrida.

A Tanya no le cabía ninguna duda. Durante la fiesta, se había fijado en que varios actores y actrices jóvenes estaban tonteando los unos con los otros. Entre ellos, por supuesto, los dos protagonistas, Jean Amber y Ned Bright, quienes se habían estado observando durante la velada y apenas habían intercambiado unas palabras. Tanya se preguntó en qué acabaría aquello.

– Por lo que comentas, si estás en el mundo del cine, debe de ser muy difícil tener una relación de verdad -dijo Tanya cuando ya se acercaban al hotel.

– Lo es, por eso la mayoría de la gente no la tiene. Juegan y simulan tener una vida de verdad, pero no la tienen, aunque a veces ni se den cuenta de ello. Solo creen tenerla. Es el caso de Douglas. Me parece que no ha tenido una relación seria desde la Edad de Hielo. De vez en cuando sale durante una temporada con alguna mujer importante, pero tampoco deja que entre demasiado en su vida. No es su estilo. Para él, todo gira alrededor del poder, de los grandes negocios o de la adquisición de importantes obras de arte. Pero no le interesa el amor, o eso creo. Hay hombres así. -Y con una sonrisa, añadió-: Yo, en cambio, todavía estoy buscando el Santo Grial.

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