La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— ¡Madre Confesora! ¡No gira!
— ¡Entonces no es la buena! ¡Prueba con otra!
Alguien se estrelló contra ella y la arrojó al suelo. Kahlan trató de arañarle los ojos. El hombre le dio un puñetazo en el estómago.
De pronto un rayo de luz descendió al pozo. Tyler vio al hombre que tenía encima y lo apartó. Chandalen bajó una escalerilla.
— ¡Tyler! ¡Que no se acerquen a mí!
Kahlan se precipitó hacia la escalerilla y empezó a trepar por ella. Los hombres se amontonaron sobre Tyler. Kahlan lo oyó gruñir y luego cómo se le partía el cuello. Un puñetazo en la pantorrilla la hizo resbalar sobre un travesaño y unas manos la agarraron por los tobillos. La mujer propinó una patada a la cara del hombre que tenía detrás y continuó el ascenso. El hombre cayó hacia atrás arrastrando a sus compañeros. Pero inmediatamente volvieron a la carga.
Kahlan se estiró hacia la mano que le tendían desde arriba. Chandalen le asió con firmeza una muñeca y la subió hasta la trampilla. Luego se deshizo de una puñalada del hombre que apareció detrás de la Confesora. Mientras el hombre caía al pozo, Chandalen cerró la trampilla de golpe. A continuación recibió entre los brazos a una jadeante Kahlan.
— Rápido, Madre Confesora. Tenemos que salir de aquí.
Había guardias muertos por todas partes, todos estrangulados silenciosamente por la troga de Chandalen. El hombre barro le cogía la mano mientras corrían por oscuros y húmedos corredores y subían escaleras. Kahlan se preguntó cómo habría podido Chandalen encontrarla en los calabozos. Alguien debía de haberlo guiado.
Al doblar una esquina se encontraron con el sangriento escenario de una batalla. Había cuerpos por todas partes y sólo quedaba un superviviente: Orsk. Su enorme hacha de guerra goteaba sangre. El tuerto brincó de alegría al ver a su ama, y Kahlan sintió algo parecido a la emoción al ver ese rostro deformado.
— Le hice esperar —explicó Chandalen, mientras tiraba de ella para atravesar el escenario de la carnicería—. Le dije que te traería de vuelta si esperaba aquí y bloqueaba este pasillo.
De pronto el guerrero la miró con ceño. Kahlan se dio cuenta de que tenía los ojos clavados en su pelo, o mejor dicho en lo que quedaba de él. No obstante, nada dijo, y Kahlan se lo agradeció en silencio. Era extraño no sentir el peso de su melena; era descorazonador. A ella le encantaba su pelo, y a Richard también.
La Confesora se inclinó y recogió un hacha de guerra de uno de los guardias caídos. Aún no había recuperado por completo su poder y se sentiría más segura con un arma en las manos.
Chandalen, arrastrando a Kahlan por una mano, y Orsk protegiendo la retaguardia, cruzó en tromba una puerta. Justo al otro lado el capitán de los guardias tenía a una mujer aplastada contra la pared. Los brazos de ella le rodeaban el cuello y lo besaba. Las manos de él estaban debajo de su vestido.
Al pasar rápidamente por su lado, el capitán alzó los ojos, sorprendido. Chandalen le hundió su largo cuchillo entre las costillas.
— ¡Vamos! —dijo a la mujer—. ¡Ya la tenemos!
La mujer se unió a la pequeña comitiva, que continuó su sinuoso camino ascendente por palacio. Perpleja, Kahlan volvió la vista. La mujer cubierta por la capa con capucha era la misma que se había desmayado en la fiesta: Jebra Bevinvier.
— ¿Qué está pasando aquí? —le preguntó Kahlan.
— Perdonadme, Madre Confesora, por haberme desmayado. Tuve una visión de vos siendo decapitada. Fue tan horrible que perdí el conocimiento. Sabía que debía hacer algo para impedir que esa visión se hiciera realidad. Recordé que mencionasteis que un amigo os esperaba en el bosque, así que fui y lo busqué.
Todos se pegaron a la pared y esperaron a que una patrulla atravesara la habitación adyacente. Cuando el eco de sus pisadas se extinguió, Chandalen miró a Jebra con gesto de furia.
— ¿Se puede saber qué hacías con ese hombre?
La joven parpadeó, sorprendida.
— Era el capitán de los guardias. Estaba haciendo la ronda con todo un destacamento. Le convencí de que se deshiciera de sus hombres un rato. Fue lo único que se me ocurrió para evitar que cincuenta soldados os atraparan allí abajo.
Chandalen gruñó que había actuado correctamente. Mientras seguían avanzando, Kahlan dijo a Jebra que había hecho algo muy valeroso. Pero Jebra protestó diciendo que ella no era ninguna heroína y que tampoco deseaba serlo.
En la intersección con un corredor abovedado esperaba la señora Sanderholt. Kahlan soltó una exclamación y se lanzó en brazos de la mujer. Pero la señora Sanderholt extendió sus vendadas manos para impedírselo.
— Ahora no, Madre Confesora, debéis escapar. Este camino está despejado.
Todos los demás corrieron en la dirección que la señora Sanderholt había indicado, pero Kahlan fue en dirección contraria. Todo el grupo volvió la cabeza y corrió tras ella.
— ¿Qué estás haciendo? —gritó Chandalen—. ¡Tenemos que huir!
— Tengo que recoger una cosa de mi habitación.
— ¿Qué es más importante que salvar la vida?
— El cuchillo de tu abuelo —contestó Kahlan, corriendo.
Al darse cuenta de que no podrían convencerla, todos la siguieron. Kahlan los condujo por un laberinto de pasillos estrechos y poco frecuentados por las patrullas. Varias veces se toparon con guardias y todas ellas Orsk los hizo pedazos con su hacha.
Tras subir una escalera y doblar una esquina, un sorprendido guardia la atacó. Con todas sus fuerzas Kahlan le hundió el hacha en el centro del pecho. El guardia se desplomó y dejó caer la espada, que resbaló en el suelo.
Mientras el hombre se retorcía aún en el suelo, Kahlan apoyó un pie en su jadeante estómago y trató de recuperar el hacha. Brotaron burbujas de aire y de sangre, pero el hacha se le había clavado en el esternón. Así pues, Kahlan la reemplazó por la espada de factura kelta del guardia. Chandalen arqueó una ceja. Antes de llegar a sus aposentos Kahlan tuvo motivos para usar esa espada con resultados letales para el enemigo.
Mientras los demás aguardaban en la antesala, recuperando el aliento, Kahlan se precipitó hacia su alcoba. Al ver su vestido de boda azul se quedó helada. Pero, sin perder tiempo, lo cogió y se lo llevó al pecho. Era justamente eso lo que había ido a buscar. No quería dejarlo en palacio, pues no pensaba regresar nunca más. Kahlan derramó una lágrima sobre el vestido, lo enrolló y lo embutió en la mochila.
Toda su otra ropa también había sido lavada y plegada. Kahlan la metió también en la mochila después de atarse el cuchillo de hueso alrededor del brazo izquierdo. Luego se echó el manto sobre los hombros y, apresuradamente, tensó el arco.
Salió corriendo con la mochila y la aljaba a la espalda, y el arco colgado de un hombro. Ya tenía todo lo que necesitaba, todo lo que significaba algo para ella. Se detuvo un momento para mirar por última vez su alcoba mientras, sin darse cuenta, daba vueltas al hueso redondo que le colgaba del cuello. Después se dispuso a conducir al grupo fuera de palacio por la parte trasera.
Kahlan perdió la cuenta de todos los guardias que Chandalen eliminó con la troga o el cuchillo. Cuando un fornido guardia surgió de improviso de un pasillo lateral y trató de arrollarlos, Kahlan lo atravesó con la espada. El grupo iba dejando a su paso una estela de cadáveres. Las campanas de la torre repicaban con la llamada de alarma.
En el descansillo que conducía a la gran escalinata Orsk cortó la cabeza a un soldado. El cuerpo decapitado rodó por los escalones, dejando un rastro de sangre como si desenrollara una alfombra roja para ellos. Finalmente se paró al chocar contra la estatua de Magda Searus, la primera Madre Confesora.
Descendieron corriendo los escalones de piedra. El sonido de sus pasos resonó en el amplio hueco. Cerca ya de la base, una súbita punzada de dolor tumbó a Kahlan, que bajó rodando los últimos escalones. Los demás gritaron y corrieron a ayudarla, preguntándole si estaba herida. Pero Kahlan les dijo que simplemente había tropezado.