La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
— Y yo necesito a Zedd. Lo necesito con urgencia —replicó Kahlan, agarrando a Jebra por los hombros.
— En ese caso, ayudadme. Quedaos en Aydindril. Ellos esperarán que huyáis y os buscarán en el bosque. No se imaginarán que podáis seguir en la ciudad.
— ¿Quedarme dices? ¿Que me quede en Aydindril?
Kahlan pensó un instante. Era muy conocida en Aydindril, ¿o no? Lo que conocía la gente era su larga melena. Nadie excepto los consejeros, los embajadores, el servicio y la nobleza veían de cerca a la Madre Confesora, e incluso ellos solían mirar fijamente su largo pelo. Pero ya no lo tenía.
Al recordar su pérdida sintió una mano que le atenazaba las entrañas. No se había dado cuenta de lo mucho que significaban para ella su poder y su larga melena hasta que los había perdido.
— Podría funcionar, Jebra. Pero ¿dónde nos ocultaremos?
— Zedd me dio dinero. Nadie sabe que os he ayudado a escapar. Alquilaré habitaciones y os ocultaré a todos.
Kahlan lo pensó un momento, y sonrió.
— Podríamos ser tus criados. Una dama como tú necesita criados.
Jebra retrocedió.
— Madre Confesora, no podría hacer eso. No soy más que una criada. Zedd me dijo que me hiciera pasar por una dama, pero jamás podría fingir que vos sois mi criada. Vos sí sois una verdadera dama.
— No por el hecho de ser una criada eres menos que yo. Sólo podemos ser lo que somos, nada más y nada menos. —Kahlan los guió entonces hacia una parte de Aydindril en la que sabía que había posadas tranquilas, apartadas y muy exclusivas—. Es asombroso lo que podemos llegar a hacer cuando es preciso. Todos debemos hacer lo que debemos. Pero si sigues llamándome Madre Confesora, lograrás que nos maten a todos.
— Haré lo que pueda… Kahlan. Todo lo que sé es que debemos esperar hasta que Zedd regrese a Aydindril. —La joven tiró con insistencia de la manga de Kahlan—. Madre Confesora, ¿dónde está Richard? ¡Es vital! —Jebra bajó la voz para añadir, presa de inquietud—. No os lo toméis a mal, pero Richard es el importante. Zedd necesita a Richard.
— Por eso es por lo que yo necesito a Zedd —replicó Kahlan.
61
Richard cogió a ambos muchachos por un brazo.
— Despacio, ahora, despacio —les dijo en voz baja—. Ya os dije que yo iría primero.
Kipp y Hersh suspiraron impacientes. Richard asomó la cabeza por la esquina para comprobar que el pasillo estuviera desierto y luego empujó a los dos chicos contra la pared. Llevaban ranas que pataleaban en sus bolsillos.
— Esto es muy serio —les sermoneó Richard—. Os elegí a vosotros porque sé que sois los mejores. Haced lo que planeamos. Quedaos aquí, con la espalda pegada a la pared y contad hasta cincuenta. No quiero que asoméis ni un solo pelo por la esquina hasta llegar a cincuenta. Confío en vosotros.
Ambos sonrieron ampliamente.
— Tranquilo, Richard —dijo Kipp—. Las sacaremos de ahí.
Richard se agachó y acercó un conminatorio dedo a uno y después al otro.
— Lo repito: esto es muy serio. No es ningún juego. Esta vez os podríais meter en un lío muy gordo. ¿Seguro que queréis seguir adelante?
Kipp se metió las manos en los bolsillos y palpó las ranas.
— Ya te he dicho que has acudido a los hombres adecuados. Podemos hacerlo. Queremos ayudarte, Richard.
Los muchachos se sentían muy excitados, porque ésta sería la primera vez que se aventuraban más allá de los guardias, en territorio inexplorado para su especialidad. Richard era consciente de que no se daban cuenta del peligro que entrañaba la empresa y odiaba tener que utilizarlos de ese modo, pero no se le ocurría otro.
— Muy bien, pues empezad a contar.
Richard dio la vuelta a la esquina y avanzó rápidamente por el corredor con la capa del mriswith abierta. Al llegar a la puerta doble que buscaba, se quedó quieto contra el muro de mármol blanco, frente a ella y se levantó la capucha. Entonces se envolvió en la capa y se concentró en el mármol de detrás.
Se mantuvo inmóvil. De pronto los muchachos aparecieron por la esquina gritando con todas sus fuerzas y corrieron por el pasillo. Se detuvieron delante de la puerta doble y miraron ora a la derecha ora a la izquierda. No lo vieron, aunque estaba justo detrás de ellos. Richard sabía que debían de estar preguntándose dónde se habría escondido.
Siguiendo el plan, abrieron la puerta bruscamente y, riendo excitados, empezaron a sacarse ranas de los bolsillos arrojándolas a la habitación. Las dos Hermanas tan sólo necesitaron un instante para recuperarse de la sorpresa. Ambas se levantaron de sus asientos y salieron corriendo de detrás de su escritorio, una de ellas con una vara en la mano. Los chicos lanzaron las últimas ranas y echaron a correr en direcciones opuestas gritando en tono de burla: «¡A que no me coges! ¡A que no me coges!».
Las hermanas Ulicia y Finella frenaron tan bruscamente que se deslizaron sobre el suelo de mármol. Aunque estaba a pocos centímetros de ellas, no lo vieron. Richard contuvo la respiración.
Las hermanas vieron a los muchachos doblar la esquina en extremos opuestos del pasillo. Inmediatamente extendieron los brazos. Unos rayos de luz fueron a estrellarse contra las paredes, derribando cuadros al suelo, pero Kipp y Hersh se libraron. Gruñendo muy enfadadas, las Hermanas se separaron para emprender cada una la persecución de uno de los muchachos.
Richard esperó hasta que hubieron dado la vuelta a la esquina antes de apartarse de la pared, relajar la concentración y permitir así que la capa recuperara su color negro original. Durante el proceso se preguntó qué pensaría alguien que presenciara cómo se materializaba en el aire.
El despacho estaba vacío. Frente a la puerta situada entre los dos escritorios el aire parecía destellar y zumbar. Richard aproximó una mano con cautela; notó el aire más denso de lo normal, pero ningún dolor. Así pues, atravesó los destellos y a continuación la puerta.
La habitación interior no era ni mucho menos tan grande como el despacho y apenas estaba iluminada. Las paredes estaban revestidas con madera de una intensa tonalidad oscura. En el centro se veía una pesada mesa de madera de nogal atestada de papeles y libros, y con tres velas encima. A ambos lados, las paredes estaban cubiertas del suelo al techo con estanterías llenas de libros desordenados y curiosos objetos.
Una anciana sirvienta ataviada con un grueso vestido gris de trabajo sacaba el polvo a uno de los estantes superiores, para lo cual se había subido a un taburete. La mujer se dio media vuelta, sorprendida, y cesó en su trabajo. Entonces echó un rápido vistazo a la puerta y a continuación a Richard.
— ¿Cómo has…
— Lo siento, no pretendía asustarte. He venido a ver a la Prelada. ¿Está aquí?
La mujer se agachó y tanteó con el pie en busca del suelo. Richard le ofreció una mano. La sirvienta se lo agradeció con una sonrisa, mientras se apartaba del rostro un mechón canoso que se le había escapado del flojo moño con el que se recogía el pelo en la nuca. Una vez en el suelo, Richard comprobó que apenas le llegaba al extremo inferior del esternón. Tenía un cuerpo más bien rechoncho, como si antes hubiera sido alta y un gigante la hubiese aplastado.
La mujer alzó la vista hacia él y frunció el entrecejo.
— ¿Te han dejado entrar las hermanas Ulicia y Finella?
— No —contestó Richard, inspeccionando el agradable desorden que reinaba en la estancia—. Las dos han salido.
— Pero supongo que habrán dejado un escudo.
— Necesito hablar con la Prelada. —Richard vio una puerta abierta al otro lado de la habitación, que conducía a un patio—. ¿Está allí?
— ¿Tienes cita? —preguntó la mujer en voz baja y agradable.
— No —admitió él—. Llevo días tratando de conseguir una, pero las dos Hermanas de afuera se negaron. Así pues, me las he tenido que ingeniar yo solo para verla.