La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Algunos de los hombres se rieron entre dientes. Los ojos del hombre más fornido reflejaron recelo.
— ¿Por qué? —quiso saber—. ¿Y cómo sabemos que hablas en serio?
— Porque de ese modo yo también pasaré un buen rato —contestó Kahlan, tragándose el miedo—. Desátame las manos y te demostraré que lo digo muy en serio.
Kahlan se inclinó hacia adelante mientras el hombretón le desataba las manos. Otro de los hombres aprovechó la oportunidad para acariciarle los senos. Kahlan se dejó hacer. Por fin, cuando ya tuvo las manos libres, se frotó las doloridas muñecas y luego sonrió al hombre fornido al tiempo que le acariciaba una mejilla.
El hombre le apartó bruscamente la mano del rostro.
— Se te acaba el tiempo. Será mejor que nos demuestres que hablas en serio.
Kahlan se armó de valor mientras se recostaba contra el muro. Entonces se subió el vestido por encima de la cintura, dobló las rodillas y separó las piernas.
— Tócame —dijo al hombretón, mirándole a los ojos.
Otros tres hombres hicieron ademán de ir a por ella, pero Kahlan les apartó las manos.
— ¡He dicho que uno a uno! ¿Cómo te llamas? —preguntó al hombre fornido, que descollaba entre los demás.
— Tyler.
— Uno a uno. Tú primero, Tyler. Tócame.
El sonido de fuertes jadeos resonaba entre los muros de piedra. Tyler la acarició. Kahlan tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para mantener las piernas separadas. Tenía que esforzarse para seguir respirando. Rezó para no echarse a temblar.
Una amplia sonrisa apareció en la faz del gigantón mientras que con una de sus manazas la sobaba. Con gesto tímido y coqueto Kahlan le apartó la mano y juntó las rodillas.
— ¿Lo ves? ¿No es mejor esto que una mujer delicada que se desmaya con sólo tocarla y se queda tumbada en el suelo como un pescado muerto?
Todos convinieron en que era mucho mejor. Tyler la miró con recelo.
— Pareces una de las Confesoras.
— ¿Confesora yo? —Kahlan soltó una carcajada—. ¿Te parece éste el pelo de una Confesora? —preguntó, cogiéndose uno de sus cortos mechones. Era tan corto que sintió el impulso de gritar angustiada.
— No… pero el vestido…
— Bueno, se lo tomé prestado —explicó Kahlan.
— Por lo que sé, no se suele condenar a muerte por robar un vestido. ¿Cómo has acabado aquí con nosotros?
Kahlan alzó el mentón.
— No he hecho nada. Soy inocente.
Los hombres rieron y dijeron que también ellos eran inocentes. Tyler no se unió a las risas. Tenía una peligrosa expresión en los ojos. Kahlan sabía que tenía que hacer algo y rápido.
El corazón le latía con tanta fuerza, que creyó que se le saldría del pecho. Cogió una mano de Tyler entre las suyas, volvió a colocársela entre las piernas y apretó los muslos contra ella.
La lasciva sonrisa del hombre borró el gesto de sospecha de su rostro.
— ¿Qué quieres que hagamos? —preguntó.
— Me entregaré a vosotros, pero de uno en uno. Mientras cada uno de vosotros me toma aquí, los demás esperarán en ese otro rincón. De ese modo me sentiré lo bastante segura como para disfrutar y estaré lo bastante cómoda para asegurarme de que también vosotros disfrutéis. —Kahlan posó de nuevo los ojos en el más corpulento y se humedeció los labios, sonriendo—. Y tengo otra condición; quiero que tú seas el primero. Siempre he deseado a un hombre realmente fuerte.
Kahlan se estremeció ante la mirada del hombre, pero se dijo que ella era la Madre Confesora y que no podía perder la cabeza. Nuevamente se humedeció los labios y se meneó contra la mano del hombre.
Tyler estalló en carcajadas. Todos los demás se unieron a sus risas.
— Ya os conozco a vosotras, las grandes damas; miráis a todo el mundo por encima del hombro pero, cuando llega el momento, no sois más que unas putas, como todas las demás.
La sonrisa del hombretón se desvaneció de un modo que sobrecogió a Kahlan.
— Retorcí el cuello a la última puta que se creía mejor que yo y decidió cambiar de opinión. Ese mago nos dijo qué nos haría si te matábamos, pero si te echas atrás te juro que lo lamentarás. —Kahlan apenas logró esbozar una débil sonrisa y asentir—. Muy bien, empecemos.
Con un amplio gesto del brazo obligó a los demás a retroceder al extremo opuesto del pozo. Kahlan buscaba desesperadamente su magia. Tyler dijo a sus compañeros que decidieran entre ellos quién sería el siguiente. Luego se volvió hacia la mujer y empezó a desabrocharse los pantalones.
Kahlan buscó frenéticamente el modo de ganar tiempo. Necesitaba más tiempo para encontrar su poder.
— ¿Qué tal un beso primero? —sugirió.
— No necesito ningún beso —gruñó Tyler—. Ábrete de piernas como antes. Eso me gusta.
— Bueno, es que no hay nada que excite más a una mujer y la impulse a complacer al hombre que un buen beso.
El hombre se quedó un momento en silencio, tras lo cual le pasó un brazo alrededor del hombro y la estrelló contra el suelo junto a él.
— Será mejor que te excites pronto, antes de que pierda la paciencia.
— Lo prometo. Sólo un besito.
Tyler apretó los labios contra los suyos. Kahlan ahogó un grito al notar la mano del hombre entre sus piernas. Ahora ya no la acariciaba sino que presionaba con insistencia. El hombre tomó el sonido de Kahlan por cooperación y apretó los labios con más fuerza. Ella le rodeó el cuello con los brazos. El olor del hombre casi la hizo vomitar.
Trataba de concentrarse para hallar la calma, como siempre hacía antes de usar su poder. Pero esa vez no la encontraba. Desesperada, buscó el manantial de su magia pero nada halló.
El fracaso hizo acudir lágrimas a sus ojos. Tyler respiraba cada vez más fuerte. Le apretaba los labios con tanta intensidad, que le estaba haciendo daño. No obstante, Kahlan fingió que disfrutaba.
Era casi imposible concentrarse con el terror que le inspiraba o sintiendo lo que la mano del hombre le hacía entre las piernas, pero no osó detenerlo. Pese al nudo de pánico que le atenazaba la garganta, se forzó a mantener las piernas abiertas. Clavó los talones en el suelo, y los pies le temblaron dentro de las botas.
Kahlan se riñó a sí misma. Ella era la Madre Confesora y había usado su poder en innumerables ocasiones. Nuevamente lo probó, pero nada. El recuerdo de las muchachas violadas en Ebinissia le impedía concentrarse.
Entonces pensó en Richard y casi prorrumpió en sollozos por el anhelo de volverlo a ver. Si quería verlo una vez más, su única oportunidad era usar la magia. Tenía que ser fuerte. Debía hacerlo por él.
Nada ocurrió. Kahlan se dio cuenta de que gemía de frustración con su boca pegada a la de Tyler. El hombre lo interpretó como pasión. Apartó el rostro apenas unos centímetros y le dijo:
— Abre más las piernas, para que todos vean lo mucho que una elegante dama desea a Tyler.
Sumisa, Kahlan acercó los talones al cuerpo y separó más las rodillas. Todos los hombres lanzaron vítores. Kahlan sentía cómo las orejas le ardían y recordó que Ranson la había amenazado con robarle su dignidad. Tyler volvió a besarla con fuerza. A Kahlan las lágrimas se le escapaban por las comisuras de los ojos.
No funcionaba. Era incapaz de hallar su poder, si es que aún lo conservaba. No tenía elección; tendría que seguir adelante con lo que había prometido a esos hombres pues de otro modo, además de abusar de ella, la molerían a palos. No podía escaparse.
La imagen de las pobres mujeres de Ebinissia no se le iba de la cabeza. Eso mismo era lo que iba a sucederle a ella. No había ninguna esperanza. Kahlan se dio por vencida; se rindió a lo que iba a ocurrir.
De pronto recordó algo que su padre le había enseñado: «Si alguna vez te rindes, Kahlan, estás perdida. Lucha con todas tus fuerzas, hasta el último aliento si es necesario, pero no arrojes la toalla. Nunca te rindas. No ofrezcas al enemigo la victoria en bandeja de plata. Lucha con todo lo que tienes hasta el último aliento». Ella estaba haciendo justo lo contrario.