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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Una temblorosa y encorvada señora Sanderholt fue conducida ante el tribunal. Un guardia a cada lado la sostenía. La mujer estaba demacrada, tenía los ojos enrojecidos y unas marcadas ojeras oscuras. Ya no quedaba nada de su habitual vitalidad. Avanzaba vacilante y parecía incapaz de mantenerse en pie sin ayuda.

Asimismo mantenía bien separadas sus destrozadas manos por miedo a que tocaran algo. Le habían arrancado todas las uñas con tenazas. Kahlan sintió que la bilis le subía hasta la garganta.

Un severo Neville Ranson miró a la mujer desde el sitial.

— Dinos todo lo que sepas sobre este asesinato.

La señora Sanderholt le devolvió la mirada sin parpadear y se mordió el labio inferior. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Era evidente que no deseaba hablar.

Ranson descargó un puño sobre la mesa.

— ¡Habla o te acusaremos de cómplice de asesinato!

— Señora Sanderholt —le dijo Kahlan en tono suave. Los ojos de la mujer se posaron en ella—. Señora Sanderholt, yo sé la verdad y usted también; eso es lo que realmente importa. Esta gente seguirá adelante con sus planes con o sin su ayuda. No quiero que sufra por mí. Por favor, dígales lo que quieren oír.

— Pero… —La mujer lloraba.

Kahlan se irguió.

— Señora Sanderholt, como Madre Confesora le ordeno que testifique en mi contra.

En el rostro de la mujer planeó una leve sonrisa. Entonces se volvió hacia el Consejo y habló:

— Vi cómo la Madre Confesora se acercaba a hurtadillas al príncipe Fyren por la espalda y cómo le cortaba la garganta antes de que él supiera qué sucedía. No tuvo ninguna oportunidad de defenderse.

Ranson le sonrió y asintió.

— Gracias, señora Sanderholt. ¿Declara que era amiga de la Madre Confesora pero que se presentó voluntariamente a declarar porque quería que el Consejo y toda la gente supiera la verdad?

Las lágrimas seguían rodando por sus mejillas.

— Sí. Aunque la quería, tenía que decir a la gente que es una asesina.

Después de que la escoltaran fuera de la sala y que el Consejo declarara unánimemente a Kahlan culpable, Ranson se puso en pie y alzó una mano para pedir silencio.

— La Madre Confesora ha sido declarada culpable de todos los cargos. —La multitud expresó ruidosamente su satisfacción y pidió la ejecución inmediata—. La Madre Confesora será ejecutada, pero no hoy. —El mago alzó enfadado una mano para acallar las protestas. El público se calmó—. Ha cometido crímenes contra todo el pueblo y todo el mundo debe tener la oportunidad de presenciar cómo se hace justicia. Todos deben tener la oportunidad de ver su ejecución. Será decapitada dentro de unos días, cuando todas sus víctimas hayan podido venir para ver cómo muere.

Neville Ranson bajó de la tarima y se quedó frente a Kahlan, a la que miró a los ojos. Entonces le dijo en voz baja para que el público no lo oyera.

— ¿Estás pensando en usar tu poder contra mí, Madre Confesora?

Eso era exactamente lo que Kahlan estaba pensando; usar su poder sabiendo que moriría en el proceso. Pero no dijo nada.

La sonrisa de Ranson fue fría y cruel.

— No tendrás oportunidad. Pienso despojarte de tres cosas: primero de tu poder y su símbolo, segundo de tu dignidad, y tercero de tu vida.

Kahlan se lanzó contra él. El mago se irguió con las manos enlazadas y observó cómo la mujer se debatía sin conseguir avanzar más que unos centímetros antes de quedar envuelta en un denso colchón de aire que la inmovilizó. Kahlan luchó en vano contra el poder que la aprisionaba.

Ranson alzó las manos. Kahlan vio un destello y gritó al sentir una oleada fría que le recorría todo el cuerpo. Era como si se hubiera sumergido desnuda en un río de agua helada. Temblaba como una hoja. El aguijón del frío le llenó los ojos de lágrimas. Sentía un dolor tan intenso que le parecía que nada podría ser peor, pero cada vez iba a más.

Era como si le desgarraran las entrañas y le arrancaran el corazón del pecho. Kahlan gritaba de dolor. Aturdida por el sufrimiento, de pronto se dio cuenta de que estaba de rodillas. Ranson tenía las manos extendidas por encima de su cabeza.

Cuando el dolor cedió, una sensación de pánico se apoderó de ella.

Ya no tenía su poder.

Donde antes siempre lo había sentido, incluso sin ser consciente de él la mayor parte del tiempo, ahora sólo sentía un vacío sin esperanza.

Había deseado muchas veces deshacerse de él, pero hasta entonces no había caído en la cuenta de cómo se sentiría si perdiera su magia. Nuevamente gritó. Lloraba desconsoladamente por ese desolador vacío. Se sentía desnuda frente a la multitud.

Con un esfuerzo dejó de llorar. No iba a permitir que esa gente viera a la Madre Confesora llorar. No, no iba a permitir que esa gente viera a Kahlan Amnell llorar.

Ranson sacó la espada del príncipe Fyren de su vaina y se colocó a su espalda. Entonces le cogió el pelo con una mano y tiró de él con fuerza. Kahlan seguía de rodillas sobre el frío suelo.

Con la espada le cortó el pelo tanto como pudo, dejándoselo sólo hasta la nuca. La conmoción de que la esquilaran fue casi tan intensa como perder su poder. Era el pelo que a Richard tanto le gustaba. Kahlan apenas podía reprimir las lágrimas.

Neville Ranson alzó su melena cortada hacia el público, que vitoreaba. Kahlan, de hinojos y atontada, miraba al vacío. Los soldados le ataron las manos a la espalda. Ranson la agarró por un brazo, bajo la axila, y la obligó a levantarse.

— Ya tenemos lo primero, Madre Confesora. Te he despojado de tu poder y de su símbolo, tal como te prometí. Ahora, pasemos al resto.

Kahlan guardó silencio; no había nada que pudiera decir. Ranson y un puñado de sonrientes guardias la condujeron hacia los subterráneos del palacio. Kahlan no prestaba atención adónde la llevaban. Pensaba en Richard, esperando que recordara lo mucho que lo amaba. Se perdió en los recuerdos de su amado y se olvidó del mundo que la rodeaba. Muy pronto dejaría atrás la vida. Los buenos espíritus la habían abandonado.

Era insensible a lo que le estaba ocurriendo. El vacío de no tener su poder era similar a estar medio muerta. Nunca hasta entonces, después de perderlo, había sabido cuánto significaba para ella ese poder, hasta qué punto la magia formaba parte de sí. Se preguntó si esa apagada lobreguez era como se sentía la gente normal habitualmente. Kahlan no podía imaginarse vivir sin la magia.

Anhelaba la muerte para poner fin a esa muerte interior. Richard había sido el único que la había aceptado con su poder. Ni siquiera ella se había llegado a aceptar por completo, pero Richard sí. Ahora era demasiado tarde. Kahlan lamentaba más la pérdida de la magia que la pérdida de la vida. Ahora sabía qué sentirían las demás criaturas mágicas cuando les llegara el turno y lloraba por ellas.

La mano de Ranson sobre el brazo la obligó a detenerse bruscamente y la devolvió a la realidad. Se encontraba frente a una puerta de hierro en un corredor muy poco iluminado. Kahlan reconoció esa puerta; había oído confesiones en los calabozos.

— Y ahora, la segunda parte de mi promesa, Madre Confesora —dijo Ranson desdeñosamente—. Te voy a despojar de tu dignidad.

Kahlan ahogó un grito cuando la mano del mago la cogió por lo poco que le quedaba de la melena y le obligó a inclinar la cabeza atrás. Mientras ella estaba indefensa, con las muñecas atadas a la espalda con una cuerda que se le clavaba en la carne, Ranson la besó en el cuello.

Justo donde Rahl el Oscuro la había besado.

Las mismas imágenes de horror que llenaron su mente cuando Rahl el Oscuro la besó. Kahlan tembló de repugnancia por el horror de esas visiones. En su mente vio a las jóvenes doncellas violadas en Ebinissia, sólo que esta vez ella era una de ellas.

— Te violaría yo mismo —le susurró Ranson al oído—, pero tu sentido del honor me da asco.

La puerta se abrió con un chirrido y, sin mediar palabra, Ranson la arrojó al pozo.

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