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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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No era cierto.

La Confesora cogió el arco y apuntó una flecha.

— Vamos, tomad ese pasillo. Al llegar al final, girad a la derecha. Yo me reuniré con vosotros. ¡Vamos, idos!

— ¡No te dejaremos! —protestó Chandalen.

— ¡He dicho que os marchéis! —rugió Kahlan. La Confesora notaba un abrasador dolor en las piernas que apenas le permitía tenerse en pie—. Orsk, que se vayan. Ya os atraparé. Me disgustaré mucho si no haces que se vayan.

Orsk alzó el hacha y gruñó. Los otros dos retrocedieron hacia el pasillo, sin dejar de suplicar a Kahlan. Decían que, después de arriesgar la vida para salvarla, no iban a abandonarla.

— ¡Orsk! ¡Llévatelos de aquí!

— ¿Por qué? —gritaron al unísono Chandalen y Jebra.

Kahlan señaló con el arco. Al otro lado del enorme vestíbulo, encaramado a una de las distantes arcadas, distinguieron una figura entre las sombras.

— Porque, si no, os matará.

— ¡Tenemos que huir! ¡También te matará a ti!

— Si lo dejo con vida, nos localizará con su magia y nos matará a todos.

Un relámpago amarillo atravesó el amplio vestíbulo. Fragmentos de piedra se estrellaron contra el suelo, cubriendo casi la abertura en la que se encontraban los otros.

Kahlan sacó de su aljaba una de las flechas de punta plana de Chandalen, hechas ex profeso para matar hombres.

— ¡Madre Confesora! —gritó Chandalen—. ¡No lo conseguirás! ¡Ni siquiera yo podría hacer ese disparo! ¡Huye!

Kahlan no le dijo que el mago le estaba enviando lacerantes oleadas de dolor y que no podía correr. De hecho, lo único que conseguía era mantenerse en pie.

— ¡Orsk! ¡Sácalos de aquí ya! ¡Después os alcanzaré!

Otro rayo levantó una lluvia de piedras. Los tres corrieron por el pasillo. Orsk los obligaba a avanzar.

Kahlan apoyó una rodilla en el suelo para equilibrarse mientras flechaba el arco. Luego estiró la cuerda hacia su mejilla. La cabeza de la flecha estaba horizontal en su línea de visión. Ranson se encontraba tan lejos que apenas lo veía, y el dolor le nublaba la vista.

Pero sí que le oía reír mientras le enviaba violentas punzadas de magia que le recorrían todo el cuerpo. Su risa era parecida a la de Rahl el Oscuro. Kahlan se mordió la parte interna de los carrillos para ahogar el grito de dolor que le nacía en la garganta y pugnaba por salir. Pero lo que no podía reprimir eran los entrecortados gemidos.

— ¿Ahora eres arquera, Madre Confesora? —gritó Ranson. Su risa resonó en la piedra alrededor de la mujer—. Tu libertad ha sido breve, Madre Confesora. Espero que haya valido la pena. Tendrás mucho tiempo para reflexionar sobre ello cuando vuelvas al pozo.

Estaba demasiado lejos. Nunca había disparado contra un blanco tan distante. Pero Richard sí. Ella le había visto hacerlo. «Por favor, Richard, ayúdame. Enséñame cómo lo hiciste tú ese día. Ayúdame.»

Del panel que tenía justo al lado brotaron unas enredaderas de piedra, le rodearon la cintura y empezaron a apretar. El dolor era tal, que Kahlan lanzó un grito.

Nuevamente alzó el arco. Lucharía hasta el último aliento si era necesario. Los brazos le temblaban. Apenas podía ver al hechicero. Estaba demasiado lejos. Las enredaderas la tenían atrapada. No podría correr ni aunque quisiera.

«Richard, ayúdame.»

Otra brutal oleada de dolor le abrasó las piernas y las entrañas. Se le escaparon las lágrimas, mientras se estremecía y boqueaba, tratando de respirar. Era incapaz de sostener el arco.

Otro rayo cruzó por encima de la escalinata. El ruido fue ensordecedor. Fragmentos de piedra llenaron el aire, y se levantaron nubes de polvo cuando una columna se derrumbó con estrépito.

Entonces oyó las palabras de Richard en su mente: «Debes ser capaz de disparar en cualquier circunstancia. Piensa que sólo existís tú y el blanco; nada más. Tienes que ser capaz de dejar de lado todo lo demás. No pienses en lo asustada que estás o en lo que pasará si fallas. Tienes que ser capaz de disparar bajo presión».

Kahlan recordaba cómo le había susurrado esas palabras, cómo le había susurrado que atrajera el blanco hacia ella.

De repente, vio el blanco con tanta claridad como si tuviera al mago a unos pocos pasos. Podía ver los destellos de fuego líquido que brotaban de las yemas de sus dedos.

Ése era su blanco; la nuez de Adán de Ranson, que subía y bajaba al ritmo de sus risas. Kahlan respiró relajadamente, tal como Richard le había enseñado. Entonces la flecha halló su trayectoria en el aire.

La flecha abandonó el arco tan suavemente como el hálito de un bebé.

Kahlan vio las plumas que se alejaban del arco, vio la cuerda que le golpeaba la muñeca. Las enredaderas de piedra se le anudaron en torno al cuello. Kahlan no apartó los ojos del blanco. Observaba la trayectoria de las plumas en el aire. El dolor que le atenazaba las entrañas creció en intensidad al mismo tiempo que la risa del mago.

Pero de repente cesó. Kahlan oyó el ruido sordo de la flecha al hacer diana en la garganta del hombre. Cuando la enredadera de piedra se le desprendió bruscamente, Kahlan cayó hacia adelante de cuatro patas. Las lágrimas se le escapaban de los ojos mientras esperaba que el dolor cesara. Por suerte, lo hizo con rapidez.

Kahlan se puso de pie tambaleándose.

— ¡Al Custodio contigo, mago Neville Ranson!

Sobrevino un clamoroso estallido, como el de un relámpago, pero en vez de un destello de luz, una onda de total oscuridad invadió el lugar. A Kahlan se le puso la carne de gallina. Las lámparas parpadearon y volvieron a dar luz.

Entonces lo supo. El Custodio se había llevado el alma de Neville Ranson.

Oyó un gruñido y se dio media vuelta a tiempo de ver a un guardia que bajaba los escalones de dos en dos hacia ella. Kahlan se agachó y volvió a alzarse bajo él cuando aterrizaba. Entonces utilizó el impulso que llevaba el hombre para arrojarlo por encima de la barandilla, hacia el hueco de la escalera.

El hombre trató de arrastrarla en su caída, pero sus dedos solamente pudieron asirle el colgante. Se lo arrancó y cayó con él. Kahlan se inclinó sobre la barandilla y lo vio estrellarse contra el suelo de piedra tres tramos de escalera por debajo. El colgante se le escapó de los dedos y se deslizó por el suelo.

— Malditos sean los buenos espíritus —renegó.

Ya iba a descender la escalera para recuperar su colgante cuando oyó el repicar de botas contra la piedra. Se aproximaban más guardias. Kahlan vaciló un momento y miró hacia abajo, pero luego corrió hacia el pasillo por el que habían huido sus compañeros. Los espíritus no la habían ayudado así que, ¿de qué iba a servirle un colgante? No valía la pena morir por él.

Kahlan alcanzó a los demás cerca de la puerta exterior. Los tres suspiraron de alivio al verla y al oír que el mago ya nos los perseguiría. La Confesora se puso en cabeza y juntos salieron a la noche. Los cuatro descendieron los escalones al son de las campanas que daban la alarma tras ellos. Kahlan los condujo hacia el sur, que era el camino más corto hacia el bosque.

Una jadeante Jebra la cogió del brazo y la hizo detenerse.

— ¡Madre Confesora…!

— Ya no soy la Madre Confesora. Ahora soy Kahlan.

— Pues Kahlan. Debéis escucharme. No podéis huir.

Kahlan volvió la vista hacia el sendero que cruzaba el patio.

— No pienso volver nunca más a ese palacio.

— Zedd os necesita.

Kahlan giró en redondo.

— ¿Zedd? ¿Conoces a Zedd? ¿Dónde está?

Jebra inspiró profundamente.

— Zedd me envió a Aydindril el día después de que vos os marchaseis de D’Hara. Me dijo que tenía que ir a buscar a una mujer llamada Adie y que juntos se dirigirían al Alcázar del Hechicero. Él me envió aquí para ayudaros a vos y a Richard, y deciros que esperarais. Zedd os necesita.

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