La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Kahlan quiso gritar al sentirse caer al vacío, pero antes de tener la oportunidad de preguntarse qué ocurriría al estrellarse contra el suelo, unas rudas manos la atraparon y la empujaron contra la fría piedra. La puerta se cerró con estrépito, extinguiendo la luz que entraba por la trampilla. A la luz de la antorcha que chisporroteaba en un tedero Kahlan se vio rodeada por un grupo de hombres que sonreían de oreja a oreja y se acercaban a ella.
La cuerda se le clavaba en las muñecas. El terror y la impotencia dejaron paso a la acción desesperada. Kahlan propinó una patada en la entrepierna a uno de los hombres. Al estar con la espalda contra el suelo, contaba con el firme apoyo necesario para hacer mucho daño. Inmediatamente clavó el talón en el rostro de otro que se inclinaba sobre ella. El hombre retrocedió gritando. Kahlan propinaba frenéticamente puntapiés.
Unas manos la cogieron por los tobillos. Kahlan sacudió las piernas, pero la tenían bien sujeta. Entonces rodó a un lado, se desasió de las garras que la aprisionaban y corrió a gatas hasta una esquina. Pero su libertad fue sólo momentánea, pues los hombres le inmovilizaron de nuevo las piernas, que Kahlan agitaba.
Mientras luchaba, Kahlan trataba desesperadamente de pensar algo. La chispa de una idea quiso llamarle la atención. Era algo sobre Zedd, pero no podía pensar claramente.
Los hombres, que se peleaban entre sí por llegar hasta ella, le subieron el vestido blanco. Kahlan sintió unas manos que le manoseaban los muslos. Unos dedos grandes y rollizos se engancharon en sus prendas interiores y la despojaron de ellas, quitándoselas por los pies. Kahlan notaba en la piel unas rudas manos y el aire frío. Tenía que luchar contra esos hombres y al mismo tiempo contra la sensación de pánico.
Había dejado a dos hombres fuera de combate; uno se sujetaba la entrepierna y el otro estaba despatarrado en el suelo sangrando por la cara que Kahlan le había destrozado. Pero aún quedaban otros diez y todos se le echaban encima al mismo tiempo. Luchaban entre sí para ver quién se ponía antes encima de ella. Había uno, el más fornido, que estaba ganando la batalla. Kahlan apenas podía respirar.
Haciendo un frenético esfuerzo, la chispa de una idea prendió. Kahlan recordó haberle pedido a Zedd que le quitara su poder para así poder amar a Richard, pero Zedd le había dicho que era imposible despojar a una Confesora de su poder, que nacía ya con esa magia y que, mientras viviera, eran inseparables.
¿Cómo había conseguido Ranson arrebatarle su poder? Zedd era mago de Primera Orden. No había otro hechicero con más poder que él. ¿Por qué Ranson no había querido ser el primero en violarla? Según él, porque le daba asco, aunque también había dicho que iba a arrebatarle su dignidad. ¿Por qué no había querido hacerlo?
Porque tenía miedo. Tenía miedo que descubriera el engaño. Entonces lo entendió. Ranson había usado con ella la Primera Norma de un mago, que decía que la gente es capaz de creerse cualquier cosa si quiere creer que es verdad, o porque teme que lo sea. Ella temía que fuese cierto que Ranson la hubiera desposeído de su poder. Tal vez el hechicero había usado magia para infligirle dolor y así enmascarar su capacidad de sentir su propia magia. La había engañado para que creyera aquello que temía.
Mientras notaba las manos de los hombres que la sobaban, Kahlan luchó por sentir su poder. Trataba de hallar ese lugar de calma en el que residía su magia, pero no lograba encontrarlo. Todo lo que sentía era un gran vacío. Donde antes siempre había sentido el manantial de su magia, ahora sólo sentía un insensible y apagado vacío.
Kahlan tuvo deseos de llorar al sentir las manos de los hombres en sus piernas y entre ellas, pero no podía permitirse perder el control o perdería también su única oportunidad. Pero, por mucho que se esforzara, era incapaz de encontrar su magia y conjurarla. Simplemente había desaparecido. Tenía que soltarse las manos como fuera.
— ¡Esperad! —gritó.
Todos los hombres se detuvieron un instante, alzaron la cara y la miraron. Kahlan jadeó, tratando de recuperar la respiración.
«Habla —se ordenó—, habla ahora mientras tienes oportunidad.»
— ¡Lo estáis haciendo todo mal! —les espetó.
Los hombres se echaron a reír.
— Tranquila, ya verás cómo sabemos hacerlo muy bien —repuso uno de ellos.
Kahlan luchó por controlar su miedo y pensar. Iban a violarla, y ella no podía detenerlos. Resistiéndose de ese modo sólo conseguía alimentar su propio miedo. Solamente tenía una oportunidad, y era usar la cabeza. Tenía que frenarlos para darse tiempo para pensar.
— Si lo hacéis de este modo, no sacaréis la máxima satisfacción de mí.
Todos fruncieron el entrecejo.
— ¿Qué quieres decir?
— Si lucháis entre vosotros y conmigo, no podréis gozarme de verdad. ¿No sería mucho más agradable si cooperara?
Los hombres se miraron entre sí. Uno, situado a un lado, tomó la palabra:
— Tiene parte de razón. La reina fue de lo más aburrida después de la primera vez.
— ¿Reina? ¿Qué reina? Estáis fanfarroneando. No habéis tenido ninguna reina.
— La reina Cyrilla —dijo otro hombre—. Se desmayó mientras la gozábamos y luego se volvió imbécil. Se estaba todo el tiempo allí tumbada, como un pescado muerto. Pero, no obstante, fue nuestra. Poseímos a una reina.
Kahlan tuvo que reprimir un grito, así como el impulso de empezar de nuevo a dar patadas después de lo que acababa de escuchar. Le esperaba la misma suerte que a Cyrilla.
Su única oportunidad era usar la cabeza. Necesitaba tiempo para encontrar su magia y, por si acaso lo lograba, los hombres tenían que estar separados. De otro modo nueve reducirían fácilmente a uno. Primero debía organizar la escena en previsión de que su magia funcionara. Y ese uno tenía que ser el más fuerte.
Por un instante abandonó la idea, por miedo a que no la salvara y, sobre todo, por miedo a no tener agallas para ponerla en práctica. Pero se dio cuenta de que, incluso si no funcionaba, no importaba. De un modo u otro iban a violarla. Al menos tenía que intentarlo. ¿Qué podía perder?
— A eso me refiero. ¿No preferiríais que cooperara? Voy a estar aquí encerrada durante días. Cada uno de vosotros tendréis tiempo suficiente para estar conmigo. ¿No preferís que ayude? De ese modo, todos conseguiríais lo que queréis. —Kahlan tuvo la impresión de que iba a vomitar.
— Continúa —le ordenó con voz áspera el más fornido de los diez.
Kahlan reforzó su resolución.
— Yo nunca… nunca he estado con un hombre. —Los hombres celebraron con gritos su buena suerte. Kahlan esperó hasta sentir de nuevo sobre ella sus miradas lascivas y tuvo que luchar contra el chillido que le nacía en la garganta al verlas—. Como he dicho, nunca he estado con un hombre. Sé que vais a poseerme y que no puedo deteneros. Si de todos modos va a suceder, creo que prefiero… disfrutarlo.
Sus hambrientas sonrisas se hicieron más amplias.
— ¿Ah sí? Bueno, ¿y con qué crees que disfrutarías más, noble señora?
— Querría que me lo hicieseis de uno en uno. ¿No creéis que también sería mejor para vosotros? Si en vez de pelear entre vosotros esperarais vuestro turno, podrías concentraros en gozar de todo lo que una mujer de verdad puede ofreceros.
Un par de los hombres la agarraron por las piernas separándoselas, mientras gruñían que querían tomarla a su manera. El más grandote de los diez, el de la voz áspera, los apartó y lanzó a uno contra el muro. La cabeza del hombre golpeó ruidosamente contra la piedra.
— ¡Dejadla hablar! ¡Lo que dice tiene sentido! —Entonces posó en Kahlan su despiadada mirada y dijo—: Oigamos tu oferta.
Kahlan trató de hablar lentamente, como si la idea que iba a exponer la intrigara, y que sonara segura de sí misma. Se encogió de hombros y propuso:
— Si lo hacéis a mi manera, os daré todo lo que queráis. Me aseguraré de que cada uno disfrute de lo que más le gusta.