La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Sentía deseos de echar a correr, pero no podía. Ella era la Madre Confesora y tenía que cumplir con su deber como taclass="underline" proteger la Tierra Central. Estaba sola y nadie la ayudaría.
Mientras observaba las llamas que consumían su cama, sintió que las lágrimas le corrían por las mejillas. Ése era el lecho que había prometido a Richard.
58
Los reflejos de la Madre Confesora ataviada con su vestido blanco giraban alrededor de las columnas negras pulidas mientras avanzaba por la galería, la entrada privada de la Madre Confesora a las cámaras del Consejo. Kahlan llegaba con una hora de adelanto. Tenía la intención de observar desde su sitial la llegada de todos los consejeros. No quería que hablaran entre sí sin ella estar presente.
Al abrir las puertas se quedó paralizada. La sala estaba atestada. Todos los consejeros ocupaban ya sus sillas, y las galerías estaban abarrotadas de público, compuesto no únicamente por funcionarios, administradores, personal y nobleza sino también por pueblo llano: campesinos, tenderos, mercaderes, cocineros, comerciantes y obreros. Hombres y mujeres de todo tipo y condición. Todos los ojos se posaron en ella.
Al otro lado de la sala estaban los consejeros, sentados en sus sillas. Nadie profirió sonido alguno. Alguien ocupaba el sitial. De tan lejos no distinguía quién era, pero se lo imaginaba.
Kahlan se llevó una mano al hueso que le colgaba del cuello y rogó a los buenos espíritus que la protegieran y le dieran fuerza. Sus botas resonaron en el mármol mientras atravesaba los rayos de sol. Había algo en el suelo ante la tarima, pero no distinguía aún qué era.
Al llegar al escritorio curvo se dio cuenta de que quien ocupaba el sitial no era quien ella esperaba. Tendido en una litera delante de la tarima yacía el cuerpo del príncipe Fyren. Estaba muy pálido. Tenía los brazos cruzados y las manos colocadas sobre los volantes de su camisa empapada de sangre. Encima del cuerpo le habían colocado la espada. Alguien le había seccionado la garganta casi hasta la columna vertebral.
Kahlan alzó la mirada hacia unos solemnes ojos oscuros que la observaban. El hombre sentado en el sitial se avanzó y cruzó ambas manos encima del escritorio. Un vistazo le bastó para ver algo que hasta entonces le había pasado por alto: un anillo de guardias alrededor de la sala.
La Confesora fulminó con la mirada al hombre de cabello y barba oscuros.
— Fuera de mi silla o te mataré yo misma.
La sala vibró con el sonido de espadas al ser desenvainadas. Sin apartar sus oscuros ojos de ella, el hombre hizo un rápido gesto. Los guardias vacilaron, pero guardaron las armas.
— Ya no matarás a nadie más, Madre Confesora —dijo el hombre en tono tranquilo—. El príncipe Fyren será tu última víctima.
Kahlan frunció el entrecejo.
— ¿Tú quién eres?
— Neville Ranson. —El hombre levantó una mano sin apartar ni por un instante sus ojos de ella. En la palma del hombre surgió una bola de fuego—. Soy el mago Neville Ranson.
Con los ojos prendidos en los de Kahlan, el mago lanzó la bola de fuego hacia el techo. La bola ascendió obedientemente hacia el remate de la cúpula donde estalló en miles de chispas. La sala se llenó de exclamaciones de asombro.
El mago Ranson se recostó en el sitial y desplegó un rollo.
— Tenemos muchos cargos, Madre Confesora. ¿Por dónde quieres que empecemos?
Sin girar la cabeza, Kahlan recorrió con la mirada la sala hasta donde pudo. No había ninguna posibilidad de escape. Ninguna. Ni siquiera si el hombre que proclamaba su condición de mago mentía.
— Puesto que todos serán falsos, no importa. ¿Por qué no renunciamos a esta farsa y pasamos directamente a la ejecución?
En la sala se hizo un silencio de muerte. El mago Ranson no sonrió, sino que enarcó las cejas.
— Oh, no es ninguna farsa, Madre Confesora, sino unos cargos muy graves. Estamos aquí para esclarecerlos. A diferencia de las Confesoras, yo me niego a condenar a muerte a una persona inocente. Antes de que acabe este juicio, todo el mundo sabrá la verdad de tu traición. Quiero que la gente sepa hasta dónde ha llegado tu pérfida tiranía.
Kahlan unió ambas manos, manteniéndose muy erguida, y puso su cara de Confesora. El público se inclinó ligeramente hacia adelante.
— Puesto que es una lista muy larga —prosiguió Ranson—, empezaremos con el cargo más grave: traición.
— ¿Desde cuándo defender a la gente de la Tierra Central se considera traición?
El mago Ranson descargó el puño sobre el escritorio al tiempo que se levantaba, indignado.
— ¡Defender a la gente de la Tierra Central! ¡En mi vida había oído tal perfidia de boca de una mujer! —El mago se alisó la túnica parda por encima del estómago y volvió a sentarse—. Tu manera de «defender» a la gente fue arrastrarla a una guerra. Preferiste condenar a muerte a miles de personas antes que ceder el gobierno a otro. Aunque ese otro cuente con el consentimiento unánime del Consejo.
— Yo no diría que es unánime si la Madre Confesora disiente.
— Disiente por motivos egoístas.
— ¿Y quién se supone que debe gobernar la Tierra Central? ¿Kelton? ¿Tú mismo?
— Los salvadores del pueblo. La Orden Imperial.
Kahlan sintió un hormigueo que le subía por las piernas. Era como si la cúpula que se alzaba sobre su cabeza se le cayera encima. La cabeza le daba vueltas y creyó que iba a devolver allí mismo, delante de todo el mundo. Tuvo que hacer esfuerzos por aquietar el estómago.
— ¡La Orden Imperial! ¡La Orden Imperial ha pasado a cuchillo a todos los habitantes de Ebinissia! ¡Aplasta a cualquiera que se oponga a su poder!
— Mentiras. La Orden Imperial gobierna con benevolencia. Su único deseo es poner fin a tus propósitos asesinos.
— ¡Benevolencia! ¡Los soldados de la Orden violaron y masacraron a la gente de Ebinissia!
Ranson se rió entre dientes.
— Vamos, vamos, Madre Confesora. La Orden Imperial no ha asesinado a nadie. Consejero Thurstan, ¿podéis decirnos si vuestra capital ha sido atacada por alguien? —preguntó a un hombre de prominentes carrillos al que Kahlan no reconoció.
El interpelado se mostró muy sorprendido.
— Hace sólo dos días que llegué de la hermosa ciudad de Ebinissia y sus habitantes no saben nada de una masacre.
La multitud se unió a su risa. Ranson sonrió con petulancia.
— Supongo que no esperabas que tendríamos testigos que rebatirían tus absurdas mentiras, Madre Confesora. Te has inventado la historia de la masacre para infundir miedo a la gente e iniciar una guerra.
Ranson chasqueó los dedos. Una mujer vestida con harapos se adelantó. El mago le dijo amablemente que contara su historia sin ningún miedo. La mujer explicó que sus hijos tenían que irse a la cama hambrientos porque no tenía dinero. Se había visto obligada a ejercer la prostitución para alimentar a sus hijos.
Kahlan sabía que era una mentira. Había mucha gente caritativa y grupos que ayudaban a los verdaderamente necesitados.
Durante la hora siguiente fueron desfilando testigos que exponían historias de hambre y necesidad, y de cómo el Palacio de las Confesoras les había negado a ellos y a sus hijos limosna para alimentarse y vestirse. El público que se agolpaba en las galerías escuchaba embelesado esas tristes historias, y algunos lloraban junto con los testigos.
Kahlan reconoció a algunas de las personas que testificaban. En el pasado la señora Sanderholt les había ofrecido trabajo, pero luego habían desdeñado las tareas que ésta les asignaba. Al final, la señora Sanderholt tuvo que hacer ella misma la mayoría de las tareas.
Cuando el último testigo acabó de contar su lacrimógena historia, el mago Ranson se puso de pie, se volvió a ambos lados y se dirigió a los presentes con estas palabras:
— La Madre Confesora posee un inmenso tesoro, pero pensaba emplearlo para financiar una guerra contra la gente de la Tierra Central que desea verse libre de su tiranía. Primero os quita el pan de la boca, y de la boca de vuestros hijos, y luego, para que no penséis en el hambre que os atormenta, se inventa un enemigo e inicia una guerra con el dinero que tanto os ha costado ganar y que ella os arrebata para entregarlo a sus amigos ricos.