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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Pero ella no era la misma. Se sentía mucho más vieja. Kahlan sonrió; al menos el baño había sido maravilloso. No recordaba haber disfrutado nunca tanto con un baño. Casi se había olvidado de lo que era estar limpia.

Cerca de la puerta se le acercó otra dama elegantemente vestida. No obstante, algo no cuadraba. El pelo rubio rojizo de la mujer era demasiado corto comparado con el de las otras damas, a las que les llegaba hasta los hombros. Pero su vestido no dejaba nada que desear; era negro, parecía muy caro y dejaba al descubierto los hombros y un reluciente collar de esmeraldas.

La mujer le bloqueó el umbral justo cuando Kahlan se disponía a atravesarlo. Entonces le hizo una precipitada reverencia. Tenía unos ojos azules que no dejaban de mirar en todas direcciones.

— Madre Confesora, debo hablar con vos. Es urgente.

— Lo siento, pero me temo que no te recuerdo.

Los ojos azules de la joven no miraban a la Confesora, sino que parecían buscar a alguien entre los presentes.

— No me conocéis. Tenemos un amigo en común que…

La mujer se interrumpió al ver a una mujer madura de cara agria que miraba en su dirección. Inmediatamente le dio la espalda.

— Madre Confesora, ¿habéis llegado sola a Aydindril u os acompaña alguien?

— Me ha acompañado un amigo, Chandalen, pero ha preferido pasar la noche en el bosque que hay al sur de la ciudad. ¿Por qué?

— Ése no es el nombre que esperaba oír. —Por fin la mujer la miró a los ojos—. Madre Confesora, debéis…

Se voz se fue apagando. Lentamente esos ojos azul profundo se fueron abriendo más y más. Parecía petrificada.

— ¿Qué ocurre? —quiso saber Kahlan.

Era como si la mujer estuviera viendo un fantasma.

— Vos… vos…

La mujer había perdido de repente todo color, adoptando un tinte enfermizo. La súbita palidez de sus hombros contra la tela negra del vestido la hacía parecer un espíritu. La mandíbula le temblaba mientras pugnaba, en vano, por hablar. Su rostro era una máscara de terror.

Los ojos azules se le pusieron en blanco. Demasiado tarde Kahlan hizo ademán de cogerla. La mujer cayó al suelo desmadejada.

Las personas próximas ahogaron una exclamación. Kahlan y otros se inclinaron sobre la mujer. Hombres y mujeres se arremolinaban a su alrededor, murmurando entre sí que seguramente había bebido demasiado vino.

La mujer de rostro agrio se abrió paso a codazos.

— ¡Jebra! —exclamó—. ¡Ya me pareció que era ella!

Kahlan alzó la vista hacia quien había hablado.

— ¿Conoces a esta mujer? Preséntate.

De pronto la mujer se dio cuenta de con quién estaba hablando. Inmediatamente sonrió e hizo una torpe reverencia.

— Soy lady Ordith Condatith de Dackidvich, Madre Confesora. Encantada de conoceros. Toda la noche he deseado hablar con…

Kahlan la atajó.

— ¿Quién es esta mujer? ¿La conoces?

— ¿Conocerla? —La mujer recuperó su agrio gesto—. Es mi criada. Se llama Jebra Bevinvier. ¡Haré que la azoten por holgazana!

— ¿Criada? —intervino un hombre—. A mí no me lo parece. He cenado con lady Jebra y os puedo asegurar que es una dama.

Lady Ordith resopló.

— Es una impostora.

— Pues debéis de pagarle muy bien —repuso el hombre en tono sarcástico—. Lady Jebra se aloja en las mejores posadas y paga con oro.

Lady Ordith dirigió al hombre otro altanero resoplido y agarró a un guardia por el brazo.

— ¡Tú! Lleva a esta moza a mis aposentos. Me alojo en el Palacio Kelton. Tengo que llegar al fondo de esto.

Kahlan se levantó y lanzó a lady Ordith una mirada fulminante.

— No harás tal cosa. A no ser que oses decir a la Madre Confesora qué hacer en su propio palacio.

Lady Ordith tartamudeó una disculpa. Kahlan chasqueó los dedos sin apartar la mirada de lady Ordith. Los guardias respondieron al instante.

— Lleva a lady Jebra a una habitación de invitados. Que una criada le lleve una infusión de jengibre, toallas frías para la cabeza y cualquier cosa que desee. No quiero que la moleste nadie y eso incluye a lady Ordith. Yo voy a retirarme y tampoco deseo que nadie me moleste. Mañana temprano tengo una sesión con el Consejo. Después me reuniré con lady Jebra.

Los guardias saludaron y se inclinaron para recoger a lady Jebra.

Cuando Kahlan llegó a su dormitorio despertó bruscamente de sus cavilaciones al ver a dos guardias keltas, pertenecientes al Palacio Kelton, ante las puertas de sus aposentos. Al verla, uno de los guardias golpeó fríamente el suelo con el extremo romo de la lanza. Había alguien dentro. Kahlan sostuvo la mirada a los impasibles guardias y luego entró majestuosamente.

No había nadie en la primera habitación. Kahlan entró en tromba en su alcoba. Cuando lo vio, se quedó helada. El príncipe Fyren estaba de pie encima de su cama, dándole la espalda.

El príncipe se sonrió con suficiencia mirándola por encima del hombro mientras orinaba en el centro de la cama.

Al acabar, Fyren se dio media vuelta, abrochándose los pantalones.

— En nombre de los espíritus, ¿qué se supone que estáis haciendo?

El hombre enarcó una ceja mientras pasaba junto a ella pavoneándose.

— Solamente hago saber a la Madre Confesora lo contentos que estamos todos de que haya vuelto. —El príncipe tenía la capa abierta y se alisó las arrugas que se habían formado en la pechera de su camisa blanca. Al llegar a la puerta se detuvo—. Dormid bien, Madre Confesora.

Kahlan tiró seis veces de la cuerda del timbre como si fuera a arrancarla. Ya avanzaba furiosa por el corredor cuando se topó con seis sirvientas sin aliento.

— ¿Deseáis algo, Madre Confesora?

Kahlan apretó los dientes.

— Sacad al patio mi colchón y la ropa de cama y quemadlo.

Una de las sirvientas, una muchacha, parpadeó.

— ¿Cómo decís, Madre Confesora?

— Coged el colchón de mi cama, con sábanas y colcha, y llevadlo todo al patio que hay bajo mi balcón. Luego prendedle fuego. ¿Qué es lo que no entiendes?

Kahlan apretaba los puños con fuerza. Las seis sirvientas retrocedieron un paso.

— Sí, Madre Confesora. —No se movían. Temblaban y tenían los ojos muy abiertos—. ¿Ahora, Madre Confesora?

— ¡Si hubiera querido que lo hicierais mañana, no os habría llamado ahora!

Kahlan llegó a la escalinata situada por encima del majestuoso vestíbulo a tiempo de ver cómo el príncipe Fyren se reunía con el hombre vestido con una sencilla túnica que lo esperaba. Los ojos oscuros del hombre se quedaron prendidos de los suyos un largo instante.

— ¡Guardias! —gritó Kahlan hacia las puertas. Hombres de uniforme acudieron corriendo y alzaron la vista hacia ella—. ¡El privilegio diplomático queda suspendido! ¡Si vuelvo a ver a ese cerdo kelta o a cualquier miembro de su guardia personal en este palacio antes de la sesión del Consejo, mañana por la mañana, yo misma os despellejaré vivos después de matarlo a él!

Los guardias saludaron. Kahlan vio a lady Ordith en el pasillo que conducía a la entrada. Lo había presenciado todo.

— Lady Ordith. —La noble ya miraba hacia arriba—. Creo recordar que sois invitada en el Palacio Kelton. Salid enseguida del mío.

Mientras la mujer tartamudeaba una despedida, Kahlan giró en redondo y regresó a sus aposentos. Por el camino reunió a un puñado de guardias.

Esperó fuera de sus habitaciones hasta que formaron ante las puertas.

— Si esta noche alguien entra en mis habitaciones, que sea por encima de vuestros cadáveres. ¿Entendido?

Todos saludaron para indicar que así sería. Una vez dentro, Kahlan se echó el manto blanco por encima de los hombros y salió al balcón. El aire nocturno era glacial. De pie, muy erguida, cerca de la barandilla contempló la escena que se desarrollaba en el patio de abajo.

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