El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Richard pasó nueve días sin encontrar a West por mucho que lo buscaba; pero sabía que West estaba en la ciudad porque la gente lo veía. Era a finales de abril de 1958 y llovía casi todos los días.
Una vez que Richard volvía en coche de un bar de Bayonne donde había cobrado un dinero de Carmine Genovese, pasó por delante de una casa de comidas de estilo antiguo, de las de color plateado y distribuídas como un vagón de ferrocarril, y allí estaba bien visible George West, comiéndose un emparedado. Richard, sin creer en su buena suerte, se quedó mirando a West con tal intensidad que estuvo a punto de chocar con el coche que tenía delante. Volvió atrás y entró en un aparcamiento junto a la casa de comidas, localizó el coche de West y aparcó el suyo de manera que lo tuviera bien a tiro. A Richard le gustaba matar con lluvia. Había menos gente. Todo el mundo iba con prisas y no atendía más que a su camino.
West salió de la casa de comidas al poco rato y se dirigió a su coche mientras se limpiaba los dientes con un mondadientes. Richard lo puso tranquilamente en el punto de mira, apretó el gatillo del rifle semiautomático del 22 y disparó varios tiros a West en un par de segundos. Gracias al silenciador, el arma producía solo una leve detonación, como la de un petardo de los pequeños, según explicó Richard. Para asegurarse de que West había muerto, Richard se bajó tranquilamente del coche y se acercó a él. Nadie se fijó en Richard. A nadie le importaba. West seguía vivo. Le manaba la sangre de un orificio de bala que tenía en el cuello. Richard se cercioró de que no lo miraba nadie y metió dos balas de revólver en la cabeza de West, se volvió a su coche y regresó a Jersey City. Le habría gustado torturar un poco a West, era lo que le habían encargado, pero las circunstancias no habían permitido esos lujos. Había tardado nueve días en encontrar a West, y no había querido darle ocasión de escapar. Richard no contó a Marable el golpe ni cómo había sido; sabía que ya se enteraría él bien pronto; de hecho, estaba mal visto hablar de un asesinato después de que se encargara y se cumpüera.
A Marable le gustó el trabajo de Richard y le dio varios contratos más a lo largo del año siguiente. Uno fue el de un hombre que debía a Marable más de cincuenta mil dólares por deudas de juego pero se negaba a pagarle y se jactaba por toda Jersey, que no pensaba pagar, que no le daba miedo Marable: «¡Que lo jodan!». Richard pinchó un neumático del coche del tipo y, cuando estaba cambiando la rueda, se acercó sigilosamente y le dio en la cabeza con un desmontable de neumático en forma de L, con tal fuerza que le abrió el cráneo y el cerebro de la víctima se esparció sobre el coche y en los pantalones de Richard. Vaya lata.
Richard empezó a llevar siempre ropa de repuesto, pues había llegado a descubrir que asesinar a gente podía ser un asunto sucio. El encargo siguiente para Philip Marable fue el de un hombre que tenía un yate en Edgewater. Richard no sabía por qué tenía que morir aquel tipo; no le importaba; no era asunto suyo. Pero ya conocía a la víctima desde hacía años y no le caía nada bien, le parecía un fanfarrón bocazas. Richard fue a verlo a mediados de julio, una noche de calor húmedo. El barco estaba amarrado en un puerto deportivo tranquilo, y Richard aparcó en el aparcamiento de tierra del puerto y encontró el barco al final de un embarcadero. Era un barco de motor pequeño, azul y blanco, con camarote. Eran las once de la noche. Richard se pudo asomar por los ventanucos del barco y vio a la víctima, que estaba haciendo el amor con una joven que, según sabía Richard, no era su esposa. Podría haberlos sorprendido fácilmente, pero no quería hacer daño a la chica, de modo que se volvió a su coche y esperó a que la víctima terminara. Pasó tres horas esperando, pensando: Más te vale pasarlo bien, porque va a ser la última vez que toques carne.
A las dos de la madrugada, Richard empezaba a creer que la chica se quedaba a dormir allí, pero a las dos y media se bajó del barco, se subió a un monovolumen rojo y se marchó. Richard bajó inmediatamente de su coche y se dirigió al barco, llevando en el bolsillo una 38 con silenciador que había comprado a La Motora. En silencio, con movimientos felinos, tan mortal como una bocanada de gas cianhídrico, subió al barco, llegó a la cabina y entró, empuñando la pistola. Cuando la víctima lo vio, tan grande, tan malo y tan serio, se quedó tan aturdido que estuvo a punto de caerse.
– ¿Qué coño pasa? -preguntó.
– Te has ganado enemigos -le dijo Richard-. ¿Cómo lo quieres: rápido, o lento? -preguntó a su víctima, atormentándolo sutilmente.
– Por favor, hombre, tengo hijos, mujer…
– ¿Esa que se acaba de ir es tu mujer? -le preguntó Richard.
– No, es la querida. Por favor, Rich… tengo dinero, te lo daré todo, por favor, Richie, por favor… tú me conoces, yo…
– Amigo mío -le dijo Richard con calma-, cuando me ves a mí, se acabó. Soy la parca, amigo mío -añadió, con una sonrisa sardónica en la cara fría como la piedra.
– Por favor, no, por favor -suplicó la víctima, poniéndose de rodillas, retorciendo las manos como si rezara con fervor.
– Te voy a hacer un favor -dijo Richard.
– ¿Cuál?
– Te mataré deprisa.
Y, dicho esto, le pegó un tiro en la frente, por encima de la nariz. Un dedo de sangre brotó del agujero repentino. Richard esperó a que la sangre dejara de manar, a que el corazón se le detuviera. Entonces, arrastró a la víctima hasta la cubierta, procurando no pisar la sangre, y arrojó el cadáver al agua, maldiciéndolo en silencio. Después se volvió a su coche.
A lo lejos, en alta mar, se desencadenó una tormenta eléctrica, y Richard pasó un rato sentado en su coche, contemplando la loca danza de los relámpagos sobre un cielo negro de terciopelo, amenazador, mientras deseaba que los peces y los cangrejos se comieran a la víctima pedazo a pedazo.
Tuvo suerte de que no lo torturara… Supongo que… me pilló de buen humor.
14
Corría el año 1959. Richard tenía veinticuatro y había empezado a tener graves problemas con la bebida. Solía emborracharse, y entonces se volvía desagradable y pendenciero (igual que su padre) y se enzarzaba inevitablemente en peleas que terminaban en muchos casos en un asesinato improvisado.
Estaba en un bar llamado Pelican Lounge, en Union City, bebiendo submarinos (güisqui puro seguido de un vaso de cerveza). Riñó con otro hombre que estaba en la barra, y el tipo asestó un puñetazo a Richard. Pero antes de que este hubiera tenido tiempo de hacer nada, el barman, al que Richard conocía, le pidió que «siguieran fuera».
– Vamos -dijo Richard para animar al otro. Mientras salían, Richard tomó su cuchillo de caza, que llevaba en el bolsillo del abrigo, y cuando llegaron a la acera se volvió rápidamente y con un solo movimiento veloz, como el ataque de una serpiente de cascabel, clavó la hoja en la garganta del hombre, hacia arriba, llegándole inmediatamente hasta el cerebro.
El hombre cayó muerto.
Richard se marchó andando tranquilamente. Cuando llegó la Policía y se puso a hacer preguntas, nadie sabía nada.
Richard estaba en el bar Orchid, en Union City, bebido y algo alborotado. Un portero enorme, corpulento, lo obligó a marcharse, lo echó a la calle, cosa que Richard aceptó; pero, cuando salía, el portero le dio una fuerte patada en el trasero. Esto indignó a Richard.
Pero sabía que estaba demasiado borracho para defenderse como es debido, y juró que volvería. El portero le escupió: este fue su segundo error. A Richard no le gustaban los porteros de los locales. Le parecía que eran unos matones, y Richard despreciaba a los matones. De hecho, era un matador de matones.