El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
A Genevieve le saltaba a la vista que aquel tipo polaco de Jersey City, que, como era bien sabido, era un sitio indeseable lleno de malhechores, andaba detrás de su hija… de su única hija; y aquello no le gustaba. Su hija era una buena chica, virgen… ¿cómo se atrevía aquel tipo a aparecer un domingo por la mañana, temprano, con flores y con ojos de enamorado? Genevieve creía que un hombre crecido como era él solo buscaba una cosa, el sexo, y eso no lo iba a conseguir de su hija, de su Barbara.
Genevieve trataba a Richard con frialdad e indiferencia, y Barbara comprendió que era mejor sacarlo de la casa, apartarlo de su madre, lo antes posible. Se duchó y se vistió, y Richard y ella salieron. Fueron a la plaza Journal, de Jersey City, una de las principales zonas comerciales, llena de bonitos cines con fachadas modernistas, el Loews y el Stanley, y de muchas tiendas agradables. Almorzaron en un restaurante italiano llamado Guido y se pasearon por las anchas calles mirando los escaparates y charlando.
Richard se sentía muy cercano a Barbara, como si la conociera de mucho tiempo. Por algún motivo inexplicable… confiaba en ella. Aquel día hasta hablaron de sexo, y Barbara le dijo que era virgen y que se sentía orgullosa de ello. Aquello dejó a Richard verdaderamente estupefacto. ¿Cómo era posible que una chica tan atractiva, tan sexi y tan deseable, fuera todavía virgen? Pensó que aquello no tema sentido, y se lo dijo.
– Bueno, pues lo soy -dijo ella con firmeza, molesta porque él había dudado de su palabra; pero en realidad sí que la había creído, y aquello le hizo quererla todavía más. Estaba más seguro que nunca de que era verdaderamente una buena chica, una persona en la que podría confiar. Vieron otra película, Éxodo, de Otto Preminger, y Richard volvió a llevar a Barbara a su casa. Esta vez intentó darle un beso de despedida, pero ella no se lo consintió. Tampoco lo invitó a pasar a la casa, pues quería mantenerlo apartado de su madre.
Aquel lunes, cuando Barbara salió del trabajo, Richard la estaba esperando en la puerta, y le traía flores otra vez.
Esto la pilló desprevenida, la dejó… algo intranquila. No habían quedado, pero ahí estaba él, empeñado en llevarla a su casa; y, naturalmente, ella tuvo que subirse a su coche; al fin y al cabo, él solo pretendía ser amable. ¿Cómo iba a negarse? Había quedado con una amiga para ir juntas a la tienda de discos, pero ahora tendría que dejarlo.
Barbara explicó hace poco: Si yo hubiera tenido algo de sentido común, habría visto entonces el aviso del cielo y habría puesto fin a aquello. Pero no había conocido nunca a nadie como Richard… tan… tan atento, y no tenía ningún punto de referencia, en realidad.
Barbara fue con Richard a la tienda de discos de North Bergen, y él se empeñó en comprarle los discos que quería. Ella quiso pagar, pero él no se lo consintió.
– Deja, quiero pagar yo -le dijo él.
Cuando la llevó a su casa, la Nana Carmella los vio y lo invitó a pasar y a cenar con ellas. Barbara tuvo que aceptarlo, aunque tenía la sensación de que se le estaba imponiendo la presencia de Richard. Genevieve se pasaba el día trabajando y no tenía verdadera afición a la cocina, pero la abuela Carmella era una gran cocinera y les sirvió una berenjena a la palmesana, nada extraordinario, pero Richard manifestó con entusiasmo lo mucho que le gustaba.
A Genevieve no le encantaba precisamente que estuviera allí… sabía lo que andaba buscando; pero lo toleraba y lo trató con relativa cortesía. Después de cenar tomaron unos pasteles que había hecho la Nana Carmella, se sentaron en el cuarto de estar y vieron el programa de Sid Caesar; todos salvo Genevieve se reían con ganas. Aunque Richard era tímido y no sabía cómo comportarse, sentía una extraña tranquilidad, se sentía como en casa. Nunca en su vida había tratado con una familia que no fuera gravemente disfuncional, y admiraba el calor de hogar que había en casa de Barbara. Quería tener él eso mismo. Nada le impediría tener a Barbara… tener su propia familia con Barbara.
Llegó a considerar a Barbara como un medio valioso para alcanzar un fin; estaba seguro de que ella podría enseñarle una cara de la vida de la que él no sabía nada. También estaba seguro de que podría conocer el amor verdadero si hacía suya a Barbara. No es que viera en ella a una mujer inteligente e independiente; la veía, más bien, como una posesión en potencia, como una cosa que podía adquirir, poseer y controlar, como un trofeo que se cuelga en la chimenea. Como un trofeo valioso que todos admirarían.
Externamente, Richard era el perfecto caballero, de palabra suave, educadísimo… por dentro se agitaba como un volcán, estaba decidido a tener y a poseer a Barbara Pedrici, costara lo que costara. Su esposa, Linda, estaba olvidada. Era cosa del pasado.
Todos los días, cuando Barbara salía del trabajo, Richard estaba allí. Ella se acostumbró enseguida a su presencia, de tal modo que llegó a darla por supuesta, a aceptarla; no le decía que tenía otros planes; no le decía que quería ir de tiendas con sus amigas, salir y hablar con las chicas y pasarlo bien con ellas. No quería herir sus sentimientos. En realidad, Richard ni siquiera le daba ocasión de protestar; se limitaba a estar siempre allí, con esa cara guapa suya y esos ojos intensos de forma de almendra, con flores, con su sonrisa tímida y solitaria, con sus modales educados. ¿Cómo iba a decirle ella que no? ¿Cómo iba a resistírsele? De hecho, empezó a apreciar su atención constante. Al fin y al cabo, era un hombre de más edad, atractivo, que evidentemente estaba loco por ella, y ella se sentía… bueno, se sentía halagada. Aquellas atenciones y aquella admiración le alimentaban el orgullo; ninguna amiga suya tenía un tipo mayor, muy guapo, que estuviera a su servicio, siempre ahí, abriéndole las puertas, educado, un caballero atento y considerado que pretendía agradar.
Poco a poco, Barbara iba apreciando más a Richard. Su labor de seducción daba sus frutos. Ahora le dejaba besarla; de hecho, ella le devolvía los besos… con pasión. Pero nada más. Se negaba a acostarse con él. Su madre le había advertido muchas veces a lo largo de los años que no tuviera relaciones sexuales nunca, nunca, antes de casarse. Aquello se lo habían inculcado a Barbara desde que era niña.
Pero cuanto más se resistía a las súplicas apasionadas de Richard, más la deseaba él. Tenía que poseerla. Empezó a burlarse de Barbara sobre el tema de la virginidad, le decía que si no quería acostarse con él era porque en realidad no era virgen, porque quería «ocultar la verdad». Al principio lo decía en broma, jugando con ella; pero cuanto más lo negaba ella, más se burlaba él, y más la retaba a enseñárselo. A demostrarlo.
Barbara, que era una joven de carácter fuerte e independiente por naturaleza, cedió por fin a los ruegos de Richard, más para hacerlo callar y demostrarle que era virgen que por cualquier otra cosa. La primera vez que tuvieron relaciones íntimas fue en un motel de Jersey City, y la experiencia no resultó especialmente agradable para Barbara. De hecho, le hizo daño. Pero Richard había llegado a la cima del Everest, y Barbara le había demostrado allí, en el motel, que era virgen, en efecto, pues allí estaba su sangre para demostrarlo. Por esto, Richard la deseó todavía más. Barbara era la única virgen que había conocido, y estaba empeñado en hacerla suya.
Estaba empeñado en casarse con ella.
17
Sadie, la tía de Barbara, era más una madre para ella de lo que lo había sido nunca Genevieve. Genevieve, fría y distante, no era persona de trato fácil. No parecía que apreciara a nadie. Iba a trabajar, volvía a su casa, comía, veía un poco la televisión y se iba a acostar: aquella era su vida, aquello era la vida para ella.