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El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia

Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:

Durante más de cuarenta años, Richard Kuklinski, «el Hombre de Hielo», vivió una doble vida que superó con creces lo que se puede ver en Los Soprano. Aunque se había convertido en uno de los asesinos profesionales más temibles de la historia de los Estados Unidos, no dejaba de invitar a sus vecinos a alegres barbacoas en un barrio residencial de Nueva Jersey. Richard Kuklinski participó, bajo las órdenes de Sammy Gravano, «el Toro», en la ejecución de Paul Castellano en el restaurante Sparks. John Gotti lo contrató para que matara a un vecino suyo que había atropellado a su hijo accidentalmente. También desempeñó un papel activo en la muerte de Jimmy Hoffa. Kuklinski cobraba un suplemento cuando le encargaban que hiciera sufrir a sus víctimas. Realizaba este sádico trabajo con dedicación y con fría eficiencia, sin dejar descontentos a sus clientes jamás. Según sus propios cálculos, mató a más de doscientas personas, y se enorgullecía de su astucia y de la variedad y contundencia de las técnicas que empleaba. Además, Kuklinski viajó para matar por los Estados Unidos y en otras partes del mundo, como Europa y América del Sur. Mientras tanto, se casó y tuvo tres hijos, a los que envió a una escuela católica. Su hija padecía una enfermedad por la que tenía que estar ingresada con frecuencia en hospitales infantiles, donde el padre se ganó una buena reputación por su dedicación como padre y por el cariño y las atenciones que prestaba a los demás niños… Su familia no sospechó nada jamás. Desde prisión, Kuklinski accedió conceder una serie de entrevistas.
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Richard se acercó a él caminando con calma.

– ¿Con qué derecho ha pegado a mis hijos?

– No querían callarse… -dijo el administrador; pero antes de que hubiera tenido tiempo de terminar de hablar, Richard le golpeó con tal fuerza que pareció como si atravesara la sala volando, como en los dibujos animados. Richard lo siguió y le siguió pegando hasta dejarlo hecho un amasijo sanguinolento. Sabía que el barman era un policía pluriempleado, pero no le importaba. Cuando Richard se dirigía a la puerta, el barman le enseñó la placa y le pidió la documentación. La respuesta de Richard fue un gancho de derecha salvaje que lo dejó sin sentido. Richard habría matado al administrador allí mismo sin dudarlo si no hubiera habido tantos testigos.

No tardaron en aparecer unos detectives con cara de enfado, buscando a Richard por haber pegado al barman-poli. Richard fue a hablar con Carmine Genovese y le contó lo sucedido. Genovese se puso en contacto con algunos amigos suyos del Departamento de Policía, y Richard tuvo que pagar tres mil dólares para que se echara tierra al asunto. El administrador pasó tres semanas en el hospital; tenía roto un pómulo y la mandíbula. Cuando le dieron de alta, dejó el empleo y se largó de Jersey City con viento fresco. Hizo bien. Richard tenía pensado matarlo.

Algunos meses más tarde, Richard salía del bar La Última Ronda y su hermano Joe le llamó desde la acera de enfrente.

Joe, como Richard, medía ya casi un metro noventa y cinco y era rubio y apuesto.

– ¡Eh, Rich!

– ¿Cómo te va, Joe?

– Tirando, como siempre.

– ¿Qué hay?

– Rich… tengo… tengo que contarte una cosa.

– ¿De mamá?

– No… de Linda.

– ¿De Linda? ¿Qué pasa?

Joe miró fijamente a su hermano. Como todo el mundo en Jersey, sabía que Richard iba siempre armado, que era siempre peligroso.

– No sé cómo decírtelo… -empezó a decir Joe.

– ¿Decirme qué?

– Richard… he visto a Linda y a Sammy James meterse en una habitación en el Hotel Hudson.

– ¿Qué? -exclamó Richard alzando la voz, con el rostro de color rojo vivo.

– No te vayas a enfadar conmigo, Rich… pensé que debías enterarte, nada más.

– ¿Sabes en qué habitación?

– Sí; en la número 16, en la planta baja, junto a la máquina de coca-cola.

– Gracias, Joe -dijo Richard; y saltó a su coche y se dirigió al Hotel Hudson a toda velocidad.

Es cierto que Richard y Linda estaban prácticamente separados por entonces, pero Richard seguía considerándola su mujer, de su propiedad. Dejó el coche en el aparcamiento del hotel, que estaba en una zona discreta, cerca del río. Era un hotel donde se iba sobre todo a tener citas amorosas. Richard conocía a Sammy James. Habían jugado al billar formando pareja. Richard llegó hecho una furia a la habitación 16 y abrió la puerta de una patada de su enorme pie derecho.

Estaban los dos en la cama desnudos; de hecho, en ese momento estaban haciendo el amor. A Linda casi le saltaron los ojos de las órbitas con el susto. Richard asió a James, un tipo alto y musculoso de pelo negro ensortijado, y le dio de puñetazos. Linda contemplaba la escena, aterrada.

– ¡Desgraciado, traidor! -dijo Richard a James-. Te voy a romper todos los huesos del cuerpo menos uno: y si te vuelves a acercar a ella, te buscaré y te romperé el que falta.

Y Richard se puso a romper a golpes metódicamente casi todos los huesos del cuerpo de James, salvo el fémur de su pierna izquierda, subiendo repetidamente a la cama, saltándole encima, dándole patadas, pisotones, puñetazos.

Cuando hubo terminado con James, Richard dirigió su ira contra Linda. Sacó un cuchillo.

– Si no fueras la madre de mis hijos, te mataría -dijo-. Pero me limitaré a darte una lección que no olvidarás nunca.

Le asió el pecho izquierdo. Ella intentó resistirse. La dejó inconsciente de una bofetada, volvió a asirle el pecho izquierdo y le arrancó el pezón con el cuchillo. Hizo después lo mismo con el otro pecho y salió de la habitación como un huracán, dejándola así.

A partir de aquel día, Richard tuvo poco trato con Linda. Veía a sus hijos de vez en cuando; nada más. James se marchó de la ciudad y no volvió nunca a Jersey City.

Philip Marable era capitán en la familia Genovese del crimen organizado. Tenía un restaurante italiano popular en Hoboken y vivía en Bloomfield, allí cerca. El restaurante se llamaba Bella Luna. Servían buena comida del sur de Italia a precios razonables. En las mesas había manteles de hule amarillos y velas en botellas vacías de vino cubiertas de goterones de cera de varios colores.

Marable era un hombre que sabía vestir, siempre iba muy bien peinado, con pelo negro y espeso y ojos oscuros y amenazadores… todo un dandi. Hizo llamar a Richard y lo citó en el restaurante. Lo recibió calurosamente, lo invitó a sentarse, se empeñó en invitarlo a una buena comida. Richard se preguntaba qué querría de él. Cuando hubieron comido y se hubieron tomado un café exprés con anís, Marable dijo:

– Conoces a George West, ¿verdad?

– Claro -dijo Richard.

– Ese tipo nos está dando problemas. Ha estado atracando a mis corredores [los encargados de recoger las apuestas de la lotería clandestina], y quiero que desaparezca de la circulación -le explicó Marable.

– Se puede arreglar -dijo Richard.

– Asegúrate de que queda bien claro, ¿me entiendes?, que no se pueden consentir esas porquerías, ¿de acuerdo?

– Entendido -dijo Richard, satisfecho, viendo que se le abrían nuevos horizontes profesionales.

Dicho esto, Marable hizo deslizarse sobre la mesa un sobre blanco, con gran habilidad, como si fuera un truco que tuviera practicado. El sobre estaba lleno de dinero. Richard se lo guardó. La cena había terminado. Richard sabía que aquel encargo por parte de Marable era una gran oportunidad, y se puso a buscarlo inmediatamente. Buscó a West por todas partes, pero no lo encontraba. Vigiló su casa, los bares que frecuentaba, pero sin dar con él. Pero Richard estaba empeñado en cumplir el contrato pronto y bien, y siguió buscando a West como un tiburón que sigue el rastro de la sangre. Llevaba bajo el asiento delantero de su coche un rifle Magnum recortado del 22 con silenciador y cargador de treinta disparos. Era un arma pequeña y temible, una herramienta de asesino a sueldo, fácil de llevar, fácil de ocultar. Richard tenía una fuente cómoda e inagotable de armas. Conocía a un tipo llamado Robert, al que llamaban La Motora porque las orejas le asomaban demasiado, que vendía todo tipo de armas desde el maletero de su coche, armas de fuego nuevas, todavía en sus cajas de origen. Richard no mataba nunca a dos personas con una misma arma. En cuanto utilizaba una para un asesinato, se libraba de ella. Esta costumbre le daría muy buen resultado en los años venideros, pues así la Policía no llegó a detectar nunca sus actividades. También solía matar a la gente a tiros con dos armas de distinto calibre, a propósito, para que pareciera que los asesinos eran dos. La Motora, el vendedor de armas de fuego, tenía un Lincoln Continental grande y viejo lleno de pistolas, revólveres, rifles y silenciadores. Era un tipo alto y delgado con gafas gruesas de color rosado. También era mecánico y fabricaba silenciadores para casi todas las armas de fuego que vendía. Cuando a Richard le hacía falta algo, le bastaba con llamar a La Motora, y este aparecía con su amplio Lincoln. Richard compró hasta granadas de mano a este vendedor. El rifle recortado del 22 que iba usar con George West se lo había comprado a La Motora.

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