Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие документальные фильмы » El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia

Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:

Durante más de cuarenta años, Richard Kuklinski, «el Hombre de Hielo», vivió una doble vida que superó con creces lo que se puede ver en Los Soprano. Aunque se había convertido en uno de los asesinos profesionales más temibles de la historia de los Estados Unidos, no dejaba de invitar a sus vecinos a alegres barbacoas en un barrio residencial de Nueva Jersey. Richard Kuklinski participó, bajo las órdenes de Sammy Gravano, «el Toro», en la ejecución de Paul Castellano en el restaurante Sparks. John Gotti lo contrató para que matara a un vecino suyo que había atropellado a su hijo accidentalmente. También desempeñó un papel activo en la muerte de Jimmy Hoffa. Kuklinski cobraba un suplemento cuando le encargaban que hiciera sufrir a sus víctimas. Realizaba este sádico trabajo con dedicación y con fría eficiencia, sin dejar descontentos a sus clientes jamás. Según sus propios cálculos, mató a más de doscientas personas, y se enorgullecía de su astucia y de la variedad y contundencia de las técnicas que empleaba. Además, Kuklinski viajó para matar por los Estados Unidos y en otras partes del mundo, como Europa y América del Sur. Mientras tanto, se casó y tuvo tres hijos, a los que envió a una escuela católica. Su hija padecía una enfermedad por la que tenía que estar ingresada con frecuencia en hospitales infantiles, donde el padre se ganó una buena reputación por su dedicación como padre y por el cariño y las atenciones que prestaba a los demás niños… Su familia no sospechó nada jamás. Desde prisión, Kuklinski accedió conceder una serie de entrevistas.
1 ... 24 25 26 27 28 29 30 31 32 ... 132
Перейти на страницу:

– ¿Cómo? -dijo ella, incapaz de creerse aquello, e incluso de comprenderlo.

– Me han despedido por hablar contigo -respondió él.

Barbara se sintió fatal. Ella sabía que el pobre hombre no había hecho nada malo, ni siquiera la había invitado a salir con ella.

– Lo siento mucho -le dijo-. Voy a hablar con él ahora mismo. Voy a hacer que te devuelvan el trabajo. Esto es injusto.

– No tiene importancia. Olvídalo. En todo caso, aquí no estaba a gusto.

– Vaya, me siento culpable.

– No te preocupes.

– Dice que me parezco mucho a su hija. Estoy seguro de que es por eso.

– Que se vaya al infierno… el muy cerdo.

– ¿Quieres que nos tomemos un café más tarde? -dijo Barbara, que quería ser amable con Richard porque lo habían despedido por hablar con ella, porque había perdido su medio de vida por su culpa, según creía ella.

– Sí, claro; me gustaría -dijo él.

– Vuelve a las cinco. Te espero fuera, ¿vale?

– Vale -dijo, apreciando que Barbara hubiera estado dispuesta a dar la cara por él, que quisiera esperarlo a la puerta misma de la empresa. Recogió su cheque y se marchó.

Si Barbara hubiera sabido quién era en realidad Richard, que era un verdadero lobo con piel de cordero, no cabe duda que se habría echado a correr huyendo de él, que no habría querido tener nada que ver con él. Pero lo que sucedió fue que se arregló después del trabajo, se peinó, se puso un poco de maquillaje y salió a esperar a Richard a la puerta de la empresa de transportes Swiftline.

El peor error de mi vida, diría años más tarde, sacudiendo todavía la cabeza con incredulidad. Debí haber puesto pies en polvorosa; pero, en vez de ello, salí a la puerta como un cordero al matadero.

Richard era alto y excepcionalmente apuesto, tímido y respetuoso, pero no era el tipo de Barbara, y era demasiado mayor para ella; pero, a pesar de todo, aquel día ventoso de otoño se fueron a tomar café, tuvieron una conversación agradable. Él le abría las puertas, era educado hasta la exageración, incluso se pasaba de caballeroso. Barbara creyó (equivocadamente) que podía controlarlo con facilidad, cosa que no le gustó. A ella le gustaban los hombres fuertes, los hombres que tomaban el mando de la situación. Pero, en cualquier caso, después de haber tomado café, él se ocupó de que llegara a su casa a salvo. Se empeñó en llevarla. La llevó hasta la casa donde vivía ella con su madre y su abuela. La tía Sadie los había dejado, ahora vivía ahí cerca con su marido, Harry. Richard preguntó a Barbara si le apetecería ir a ver una película.

– Claro, de acuerdo -dijo ella, con la inocencia y los ojos de pasmo de una cervatilla sorprendida de pronto por los faros de un coche que se le echa encima a toda velocidad. De un coche que venía del infierno y que llevaba al volante al mismo diablo.

16

Posesión

Aquel sábado Richard se presentó por la tarde en casa de la Nana Carmella. Saludó a la madre y a la abuela de Barbara sintiéndose tímido e incómodo. Lo consideraron bastante agradable, no cabía duda que era alto y apuesto, pero era demasiado mayor para Barbara, y no era italiano. Fueron al cine allí cerca, en North Bergen, vieron Godzilla y varios dibujos animados, uno de ellos de Casper, el fantasma simpático. Barbara dijo de pasada a Richard que le gustaba Casper. Después de la película fueron a tomarse unas pizzas y se sentaron a hablar. Barbara seguía sintiéndose culpable porque Richard había perdido su trabajo por su causa.

– No te preocupes -le dijo él, y lo decía en serio.

Richard estaba absolutamente impresionado con Barbara. Le parecía que era toda una señorita, educada, bien hablada y muy divertida. Siempre estaba haciendo bromas que hacían reír a Richard, cosa bien difícil. Barbara no tenía ninguna intención de tener un romance con Richard. Sí que le parecía que era muy atractivo, que tenía una sonrisa encantadora, unos ojos interesantes de color de miel. Pero estaba casado, tenía hijos… y era demasiado mayor para ella, no era su tipo.

El le dijo que, en realidad, su matrimonio iba muy mal; que no veía casi nunca a su mujer ni a sus hijos; que se iba a divorciar: en esencia, todo aquello era verdad, y Barbara se lo creyó, le tomó la palabra. ¿Por qué no iba a creerlo? Richard no tenía ningún motivo para mentir. Además, Barbara no había conocido nunca las mentiras ni los engaños en su corta vida. Eran cosa ajena a ella. Cuando salieron de la pizzería, Richard no olvidó abrirle la puerta y se apresuró a abrirle también la portezuela del coche, un Chevrolet viejo. Cuando llegaron ante la casa de la Nana Carmella, no intentó darle un beso de despedida, era demasiado tímido para eso. Ella le dio las gracias por la velada y entró en la casa, sin saber si volvería a verlo.

En el camino de vuelta a Jersey City, Richard no podía dejar de pensar en Barbara, en su sonrisa, en sus ojos encantadores, en el contraste de su cabello oscuro con su piel clara. Era como si lo hubieran hechizado, como si Cupido le hubiera clavado una flecha, una flecha especialmente puntiaguda. Richard solo había conocido hasta entonces «mujeres de bar». Mujeres de vida airada, putas y perdidas, como las consideraba él. También había conocido a muchas mujeres casadas que follaban como conejas en celo cuando no estaban sus maridos, dice él.

Richard había llegado a considerar que la mayoría de las mujeres (incluida su propia madre, desde luego) eran unas putas. No olvidaría jamás la imagen de su madre tirándose al vecino de al lado, un tipo desaliñado que tenía tres hijos, en plena tarde. Aquella imagen de su madre desnuda con las piernas muy abiertas, con los pies en todo lo alto, la tenía grabada a fuego en su mente extraña.

Pero Barbara no; ella era distinta; era buena e inocente, pura como la nieve recién caída. Llegó a la conclusión de que la quería. Estaba dispuesto a revolver cielo y tierra para conseguirla. Pero ¿cómo? se preguntaba. ¿Cómo conseguir que ella se prendara de él? No tenía gran cosa que ofrecerle. He aquí el dilema. Pero quería tenerla, poseerla, hacerla suya.

Pero ¿cómo?

Aquella noche, en cuanto Barbara entró en su casa, su madre empezó a ponerle pegas a Richard: era demasiado mayor para ella; vivía en Jersey City; parecía un hombre tosco; no era italiano. Este último era el mayor de sus pecados. La Nana Carmella no tenía nada que decir. Si a Barbara le gustaba, a ella le parecía bien. Pero la tía Sadie sí que tuvo mucho que decir. Contrató a un detective privado para que le diera informes de aquel tal Richard Kuklinski, de Jersey City.

Era el domingo por la mañana, hacía un día muy frío para estar en otoño. A Barbara le gustaba quedarse hasta tarde en la cama los domingos. Seguía dormida del todo cuando su madre la sacudió para despertarla, con cierta premura.

– Ese hombre con quien saliste anoche está aquí -dijo, evidentemente nada contenta.

– ¿Aquí? ¿Dónde?

– ¡Abajo!

– ¿Richard? -Sí.

Barbara, sorprendida hasta la consternación, salió de la cama, se arregló y bajó. Se encontró a Richard sentado en el cuarto de estar. Se levantó de un salto en cuanto la vio. Llevaba en la mano izquierda un gran ramo de flores, y en la derecha un muñeco de peluche blanco: Casper, el fantasma simpático.

Barbara, sin habla, aunque conmovida, se quedó inmóvil, con la boca entreabierta. Ningún chico le había dedicado nunca tales atenciones. ¿A qué venía todo aquello?

– Lamento mucho haberte despertado -dijo él-. No pretendía…

– No… no tiene importancia. Es todo un detalle -dijo, tomando las flores y el muñeco de Casper mientras sonreía educadamente.

Richard no había cortejado a una chica en su vida y no tenía idea de cómo se hacía, de lo que estaba bien hecho y de lo estaba mal. Barbara le ofreció café y puso las hermosas rosas en un jarrón. También era la primera vez: ningún chico le había regalado flores nunca.

1 ... 24 25 26 27 28 29 30 31 32 ... 132
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)