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El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia

Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:

Durante más de cuarenta años, Richard Kuklinski, «el Hombre de Hielo», vivió una doble vida que superó con creces lo que se puede ver en Los Soprano. Aunque se había convertido en uno de los asesinos profesionales más temibles de la historia de los Estados Unidos, no dejaba de invitar a sus vecinos a alegres barbacoas en un barrio residencial de Nueva Jersey. Richard Kuklinski participó, bajo las órdenes de Sammy Gravano, «el Toro», en la ejecución de Paul Castellano en el restaurante Sparks. John Gotti lo contrató para que matara a un vecino suyo que había atropellado a su hijo accidentalmente. También desempeñó un papel activo en la muerte de Jimmy Hoffa. Kuklinski cobraba un suplemento cuando le encargaban que hiciera sufrir a sus víctimas. Realizaba este sádico trabajo con dedicación y con fría eficiencia, sin dejar descontentos a sus clientes jamás. Según sus propios cálculos, mató a más de doscientas personas, y se enorgullecía de su astucia y de la variedad y contundencia de las técnicas que empleaba. Además, Kuklinski viajó para matar por los Estados Unidos y en otras partes del mundo, como Europa y América del Sur. Mientras tanto, se casó y tuvo tres hijos, a los que envió a una escuela católica. Su hija padecía una enfermedad por la que tenía que estar ingresada con frecuencia en hospitales infantiles, donde el padre se ganó una buena reputación por su dedicación como padre y por el cariño y las atenciones que prestaba a los demás niños… Su familia no sospechó nada jamás. Desde prisión, Kuklinski accedió conceder una serie de entrevistas.
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En Chicago una de las bailarinas de De Peti descubrió su cadáver. Llamaron a la Policía. Interrogaron a todos los presentes en el club, consiguieron una descripción imprecisa de un hombre grande al que habían visto salir del despacho.

Otro homicidio sin resolver.

12

Tipos de la Mafia y polis corruptos

SE llamaba Jim O'Brian. Era un irlandés grande, corpulento, de cara roja; había sido capitán de Policía y procedía de Hoboken. Era más corrupto que un cadáver; trabajaba en relación estrecha con la familia De Cavalcante del crimen organizado. Hacía cualquier cosa por ganarse un dólar: traficar con mujeres, con drogas, vender artículos robados. Como casi todo el mundo de los círculos delictivos de Nueva Jersey, había oído hablar de Richard Kuklinski, sabía lo fiable que era, que era el mejor cobrador de Jersey; sabía lo despiadado que podía ser cuando el trabajo exigía recurrir a la violencia. O'Brian abordó a Richard en un bar de Hoboken y le preguntó si estaría dispuesto a recogerle un maletín en Los Ángeles.

– ¿Te interesa? -le preguntó O'Brian.

– Claro, si la paga lo merece -dijo Richard. En general no le gustaban los polis, corruptos o por corromper. Tenía la impresión de que no se podía fiar uno de ellos, de que eran unos matones provistos de insignias y de pistolas; pero sabía que O'Brian trabajaba con la misma familia con la que trataba él.

– Solo te llevará un día, y te pagaré cinco de los grandes y todos los gastos.

– Claro; lo haré -dijo Richard; y a la mañana siguiente estaba en un asiento de primera clase de un vuelo de American Airlines a I os Angeles. A Richard le gustaba mucho viajar en primera clase. Eso le hacía sentirse una persona de éxito, que había subido mucho en el mundo.

Conlempló, divertido, a los demás viajeros que iban en el departamento. Sabía que todos eran gente honrada; se figuraba como se sorprenderían de enterarse a qué se dedicaba él en realidad; de que solía matar a gente y le gustaba hacerlo. Las azafatas sonrientes le sirvieron un buen almuerzo y unas copas, y no tardó en quedarse dormido.

Richard tomó un taxi que lo llevó directamente del aeropuerto de Los Angeles a un hotel de lujo en el célebre Sunset Boulevard. Se registró con nombre falso, subió a su habitación y, cuando estaba admirando la gran vista de Los Angeles que se dominaba desde la ventana, llamaron suavemente a la puerta. Abrió. Eran dos hombres, de lo más poco de fiar por su aspecto que había visto en su vida; uno parecía una rata, el otro una comadreja.

– ¿Eres Rich? -le preguntó Cara de Rata.

– Soy yo. Pasen.

Entraron a la habitación. Cara de Comadreja llevaba una maleta.

– ¿Eso es para mí? -preguntó Richard, con bastante amabilidad, aunque sin fiarse para nada de ninguno de los dos.

– Sí, es para ti -dijo Cara de Comadreja-. ¿Tienes algún documento de identificación?

– ¿Y tú? ¿Tienes algún documento de identificación? -repuso Richard.

– No.

– Entonces, ¿por qué he de tenerlo yo? -preguntó Richard.

Se quedaron mirándose mutuamente. Transcurrieron unos momentos incómodos. Richard metió la mano en la chaqueta y sacó una pistola de cañón corto.

– Este es mi documento de identificación -dijo-. Se llama 357. Y en este bolsillo tengo otro documento de identificación. Se llama 38 -añadió, enseñándoles las dos pistolas con toda seriedad, mirándolos fijamente.

– Vale -dijo Cara de Rata; tomó la maleta negra de manos de Cara de Comadreja y se la entregó a Richard, y los dos se marcharon enseguida. Richard se alegró de perderlos de vista, y ni siquiera intentó ver lo que había en la maleta. No era asunto suyo. Su trabajo consistía en llevárselo a O'Brian, en Hoboken, sin problemas. Comió bien en el restaurante del hotel, le pareció ver a John Wayne acompañado de unas mujeres hermosas que llevaban vestidos muy cortos, y no tardó en volverse al aeropuerto de Los Angeles.

En aquellos tiempos no se controlaba el acceso de drogas ni de armas a los aviones, y Richard pudo embarcar sin que nadie le dijera nada ni le hiciera ninguna pregunta. Llegó a Hoboken sin ningún incidente, entregó la maleta, le pagaron y, por lo que a Richard respectaba, el trato quedó cerrado.

Pero algunas semanas más tarde se enteró de que en aquella maleta había un kilo de heroína. Se puso furioso. Si lo hubieran detenido con la maleta, habría ido a parar a la cárcel, por mucho tiempo, sin duda. Se guardó su ira, pero cuando llegó el momento adecuado se desquitó de O'Brian: lo mató de un tiro en la cabeza y se libró del cadáver en South Jersey, no lejos del lugar donde había enterrado el del vendedor de coches cuya cabeza había llevado a Genovese; y nadie tuvo la menor idea de que O'Brian había acabado mal por haber manipulado a Richard Kuklinski, por haber puesto a este en peligro sin haber tenido la cortesía de decírselo siquiera. Naturalmente, Richard no dijo una palabra de lo que había hecho… ni siquiera a su protector y tutor, Carmine Genovese. Según lo veía Richard, un poli corrupto se había llevado su merecido, y él se alegraba de haberse encargado de ello.

A Richard le encargaron por entonces un trabajo poco corriente. Un jefe mafioso llamado Arthur De Gillio tenía que desaparecer. Estaba robando a su jefe, al jefe de la familia, y se emitió una condena de muerte. Carmine eligió a Richard para que hiciera el trabajo, lo hizo venir a su casa, lo invitó a sentarse con solemnidad y le dijo:

– Este va a ser el encargo más importante que te he dado en mi vida. Este tipo es un jefe. Tiene que morir. Te vas a encargar tú del trabajo. Este trabajo tiene un requisito especial. Debes quitarle las tapetas de crédito, me entiendes, y cuando lo hayas matado, le metes las tarjetas de crédito por el culo.

– Estás de broma -dijo Richard.

– No. Tiene que hacerse así. Así lo quiere el patrón. Y antes de matarlo, haz que sufra y que se entere de por qué muere y de lo que vas a hacerle -dijo Carmine, con la cara de albóndiga muy seria.

– Estás de broma -repitió Richard.

– ¿Tengo cara de estar de broma?

– No.

– ¿Y bien?

– Vale, sin problemas -dijo Richard, pensando que esos italianos estaban todos locos, llenos de reglas y reglamentos extraños; pero no era tarea suya poner en tela de juicio las costumbres de la Mafia; su tarea era llevar a cabo las órdenes, y se acabó.

– Será complicado… y peligroso. Siempre está rodeado de guardaespaldas -dijo Genovese, y dio a Richard la dirección de la casa de la víctima y de su oficina-. Si lo haces bien, ganarás muchos puntos, ¿entendido?

– Entendido.

– No te precipites. Hazlo bien. Tómate el tiempo necesario. Asegúrate de que no te reconoce nadie. Si te reconocieran, lo relacionarían conmigo, ¿entiendes?

– Entiendo.

– Cárgate a cualquiera que se te ponga por delante… sea quien sea.

– Vale -dijo Richard; y se marchó poco después.

Sabía que aquel era un encargo muy importante, y se sentía muy honrado por haberlo recibido: iba subiendo en la vida. Aquello lo llevaría hasta la primera fila. Era como un actor al que hubieran ofrecido el papel de su vida, un papel que lo convertiría sin duda en estrella, en luminaria dentro de la galaxia del crimen organizado.

Richard pasó diez días planificando meticulosamente este asesinato. Tal como había dicho Carmine, De Gillio siempre estaba rodeado de guardaespaldas, pero tenía una novia en un barrio residencial de Nutley y, cuando iba allí, cada pocos días, solo lo acompañaba un chófer-ordenanza, un chico delgaducho que era sobrino suyo. La novia vivía en un edificio amarillo de dos pisos, tranquilo y apartado, con un aparcamiento a la izquierda. El sobrino esperaba fuera, en un rincón discreto del aparcamiento, cerca de una valla de madera, mientras De Gillio, un hombre corpulento de grueso vientre y piernas cortas y arqueadas, entraba, hacía con su novia lo que tenía que hacer y volvía a salir. No tardaba más de una hora en salir: un polvete rápido a la hora de la siesta. El día que Richard pensaba actuar siguió a De Gillio hasta el apartamento de Nutley. De Gillio se bajó del coche y subió al apartamento con su andar contoneante. Richard esperó un cuarto de hora, se acercó al sobrino y, sin mediar palabra, le pegó un tiro en la sien con una pistola del 22 que llevaba acoplado un silenciador. La bala de pequeño calibre hizo papilla al instante el cerebro del chófer, que murió sin haberse enterado siquiera de que le habían pegado un tiro.

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