El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– Vendrá enseguida -dijo a Richard.
– ¿El tipo que tiene el dinero? -preguntó Richard.
– Sí; garantizado.
Pero al poco rato Cara de Gravilla se dirigió a la barra. Dio a propósito a Richard un empujón con el hombro, y este comprendió instintivamente que pretendía enzarzarlo en una pelea a puñetazos para que De Peti pudiera darle esquinazo. Richard se volvió hacia él despacio.
– ¿Aprecias tus cojones? -le preguntó.
– ¿Qué? ¿Qué coño…? -dijo el tipo.
– Si quieres conservar los huevos, lárgate de aquí echando leches -dijo Richard, enseñándole la pequeña y maligna derringer que le apuntaba directamente a la ingle-. O los mando a la mierda ahora mismo.
Cara de Gravilla se volvió y se marchó. Richard se dirigió a De Peti:
– ¿Así que te gustan los jueguecitos?
– Nada de jueguecitos… ¿de qué me hablas?
– Si empiezo yo con mis jueguecitos, te vas a hacer mucho daño. Estoy perdiendo la paciencia. ¿Me tomas por tonto? -le preguntó Richard.
– Va a venir con la pasta -dijo De Peti.
Pero no apareció nadie. El bar iba a cerrar. Por fin, De Peti dijo que debían tomar una habitación en un hotel cercano, que tendría el dinero sin falta «mañana por la mañana».
1 Dum-dum: proyectiles de plomo sin revestimiento. Su nombre procede del de un depósito de municiones británico en la India, en el siglo XIX. Las pistolas llamadas derringer, de solo uno o dos disparos, son armas de muy pequeño tamaño pero de calibre grande, y solo son efectivas a distancias muy cortas. Su inventor se llamaba Deringer (sic). (N. delT.)
– ¿Mañana por la mañana?
– Lo juro.
Richard llamó a disgusto a Genovese, y este le dijo que podía esperar. Tomaron una habitación en un hotel cercano. Richard se lavó y, cansado, se echó en una de las dos camas, y De Peti hizo otro tanto. Pero Richard desconfiaba, y no se durmió con facilidad. No sabía cuánto tiempo llevaba acostado, pero en su estado de duermevela notó un movimiento próximo. Abrió los ojos. Cuando se le acostumbraron a la oscuridad, atisbo apenas a De Peti, que se movía sigilosamente por la habitación, hacia él, le pasaba por delante y llegaba a la ventana. De Peti abrió la ventana y empezó a salir por ella, deslizándose como una serpiente, con intención de llegar a la escalera de incendios. Con dos movimientos rápidos, Richard se levantó, lo sujetó y lo volvió a meter en la habitación, donde le dio de puñetazos. Su rapidez de movimientos era impresionante para lo grande que era, y a muchos los pillaba desprevenidos. Richard encendió la luz.
– Baboso, hijo de perra, me has estado tomando el pelo todo el rato -le dijo, dándole una patada tan fuerte que lo hizo deslizarse por el suelo. Se moría de ganas de matarlo, de pegarle un tiro en la cabeza, de tirarlo por la ventana; pero sabía que no podía permitirse ese lujo. Aquel tipo debía mucho dinero a Carmine, y Richard no podía matarlo así sin más. En lugar de ello, llamó por teléfono a Carmine, en Hoboken.
– El puto gilipollas ha intentado escaparse -le dijo-. Lo he atrapado cuando salía por la escalera de incendios.
– ¡Hijo de puta! ¡Que se ponga!
De Peti, sangrando por la boca, dijo a Carmine que solo había querido tomar un poco el aire, no escaparse… desde luego que no había intentado huir.
– Lo juro, lo juro por mi madre -exclamó, llevándose dramáticamente las manos al corazón para dar más efecto.
– ¿Dónde está el dinero? -le preguntó Carmine.
– ¡Mañana, mañana, lo juro! -suplicó De Peti.
Richard volvió a tomar el teléfono.
– Dale hasta mañana -le dijo Carmine-. Si no suelta el dinero, lo tiras por una ventana que no tenga una puta escalera de incendios, ¿de acuerdo?
– De acuerdo -dijo Richard-. Será un placer.
Al día siguiente se repitió la misma historia de recorrer diversos bares y salones en busca de las personas que tenían el dinero. Richard pensaba que era como si De Peti quisiera jugar a trile con él. De Peti lúe a llamar por teléfono otra vez. Cerca del teléfono había una puerta, y Richard advirtió que De Peti la miraba. Colgó, volvió, dijo que tenían que ir a una pizzería. Pasaron allí esperando una hora, y después fueron a otros dos bares.
Richard estaba harto de los cuentos de De Peti.
– Vendrá, vendrá -repetía este; pero no aparecía nadie.
Richard, hastiado, volvió a llevar a De Peti al hotel y, sin decirle una palabra más, lo sacó por la ventana. De Peti, suplicante, le dijo entonces que le daría «todo el dinero», que lo tenía en un local suyo en el South Side.
– ¡Si me estás mintiendo, te mato allí mismo! -le prometió Richard.
– ¡No miento! ¡No miento! -insistía él, mientras los coches, los camiones y los autobuses circulaban por la ancha avenida, diez pisos más abajo.
Richard volvió a meterlo.
– Vamos.
Era una especie de bar con espectáculo erótico. Chicas semidesnudas que habían conocido tiempos mejores bailaban sacudiendo las tetas y moviendo los grandes culos, iluminadas por luces rojas fosforescentes. De Peti llevó directamente a Richard a un despacho, al fondo, abrió una caja fuerte que estaba oculta en una pared de un armario empotrado, sacó un fajo de billetes y le dio los treinta y cinco mil dólares.
– Dios, si tenías el dinero desde el principio, ¿por qué no me lo diste sin más? -le preguntó Richard, ya verdaderamente molesto, llenándose de ira.
– Porque no quería pagar -reconoció De Peti tímidamente.
Richard, al oír esto, empezó a verlo todo rojo. Ya tenía las pelotas retorcidas, como dice él, y aquello fue la gota que colmó el vaso.
– No me digas -dijo con una leve sonrisa, emitiendo aquel suave chasquido suyo por un lado de la boca.
– Voy llamar a una de las chicas para que te arregle los bajos -le ofreció De Peti.
– No, no hace falta -dijo Richard.
Después de contar el dinero, Richard apoyó bruscamente y con fuerza la pequeña derringer del 38 en el pecho de De Peti y apretó el gatillo. Pum. La detonación del arma quedó ahogada por el pecho de De Peti y por el ruido de la música del club.
De Peti, con un orificio terrible en el pecho, cayó al suelo de golpe, y al poco tiempo estaba muerto como una piedra.
Richard salió tranquilamente del club, paró un taxi a una manzana de allí, fue al aeropuerto y tomó un vuelo de vuelta a Newark. En cuanto aterrizó, fue a ver a Carmine Genovese.
– Y ¿qué ha pasado? -le preguntó Carmine en cuanto le abrió la puerta.
– Tengo que contarte dos cosas.
– ¿Qué cosas?
– En primer lugar, tengo el dinero. Todo. En segundo lugar, lo he matado. No había hecho más que tomarme el pelo -dijo Richard, sin saber si Carmine se iba a enfadar. Al fin y al cabo, había matado a un cliente suyo después de que este le pagara todo lo que le debía.
– Bien, bravo -dijo Carmine-. No podemos consentir que estos putos gilipollas nos tomen por tontos. Si corre la voz por la calle, adiós negocio. Has hecho lo que debías -añadió, dando unas palmaditas en la espalda enorme de Richard-. Eres un buen tipo, Richie. Mamma mia, ojalá fueras italiano. Te apadrinaría al momento, joder, al momento, joder -dijo, y pagó bien a Richard.
Carmine, que era un hombre muy rico, tendía a ser avaro y codicioso, como la mayoría de los mafiosos. Eran hombres que nunca tenían bastante.
Richard, satisfecho, se marchó al poco rato.