El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
Era la primavera de 1961. Richard Kuklinski tenía veintiséis años y no iba a ninguna parte. Según su propia cuenta, había matado a más de sesenta y cinco hombres. Fue entonces cuando conoció a Barbara Pedrici y todo cambió de pronto. El mundo que había conocido se convirtió en un lugar muy diferente.
Segunda Parte
15
Barbara Pedrici era una muchacha americana de origen italiano de dieciocho años, de pelo negro, ojos de color avellana intenso y nariz aguileña de forma perfecta. Medía un metro setenta y ocho, se sentía satisfecha de sí misma, tenía un aire natural de riqueza y de persona superior.
El padre de Barbara había llegado a Nueva Jersey procedente de la ciudad de Venecia, en el norte de Italia. Su madre era natural del hermoso puerto de Nápoles. Barbara acababa de terminar el bachillerato y no estaba segura de lo que quería hacer. Acariciaba la idea de estudiar en la escuela de Bellas Artes para hacerse pintora, pero a su madre eso le parecía «una pérdida de tiempo» y quería que Barbara buscara un trabajo, encontrara a un hombre, se casara, tuviera hijos. Hasta se ofreció a regalar a Barbara un coche si no estudiaba. Barbara se negó.
Barbara y su madre no se llevaban bien. Barbara era hija única; sus padres se habían divorciado cuando ella tenía dos años. A ella la había criado la Nana Carmella (la madre de su madre), y su tía Sadie, hermana de su madre. Las dos adoraban a Barbara, le daban siempre lo que ella quería y cuando lo quería. De modo que Barbara se había vuelto algo mimada; desde edad temprana se había acostumbrado a que le dieran todo lo que querían. Jamás le habían negado nada. Lo único que tenía que hacer era pedirlo y seguir pidiéndolo hasta que era suyo.
La madre de Barbara, Genevieve, era una mujer fría, austera, muy chapada a la antigua, como comentaba la propia Barbara hace poco. Genevieve no solía sonreír, no daba grandes muestras de afecto. Trabajaba duro, de costurera en una fábrica en North Bergen, y parecía que nunca tenía tiempo ni para una palabra amable para su única hija. Era como si en realidad no hubiera querido nunca tener hijos, y su hija fuera una molestia que le había caído en la vida.
Pero Barbara estaba muy unida a su abuela y a su tía Sadie. Sadie estaba mala del corazón y no podía trabajar, y dedicaba toda su vida a cuidar a Barbara, a mimar a Barbara, a procurar que Barbara tuviera todo lo que quería. Tanto Carmella como Sadie eran calurosas y efusivas, mientras que Genevieve era fría y reservada… más bien distante.
Barbara era una persona popular y sociable y tenía un sentido del humor seco y sarcástico. Le encantaba la música, ir de tiendas, ir al cine con sus amigas. Hacía una vida muy protegida; no había salido nunca de Nueva Jersey (salvo para visitar a su padre, en Florida) y no sabía absolutamente nada del mundo del que procedía Richard Kuklinski.
Aquel otoño, Barbara acompañó a su amiga Lucille, que había respondido a un anuncio de oferta de trabajo para una secretaria publicado por la empresa de transportes Swiftline. Mientras Barbara esperaba a su amiga en la recepción de las oficinas de la empresa, el propietario de la misma, Sol Goldfarb, la vio y se acercó a ella.
– Eres igual que mi hija -le dijo.
– ¿No me diga? -dijo Barbara, y se pusieron a hablar. Él le explicó que su hija era sordomuda.
– Vaya, lo siento -dijo Barbara. Él la invitó a pasar a su despacho. Goldfarb era un hombre alto, atractivo, de pelo y ojos negros, que vestía bien. Trabajaba mucho, le iba bien en los negocios, ganaba mucho dinero. Le impresionó tanto Barbara y el parecido a su hija, que le ofreció allí mismo un trabajo en contabilidad, que ella aceptó. Aunque Barbara no tenía la menor experiencia en el trabajo de oficina, aprendía pronto, era muy inteligente y, además, capaz de dominar a conciencia todo lo necesario. Siempre había sacado buenas notas sin gran esfuerzo. Aquel era su primer trabajo de verdad. Le gustaba ganarse su propio dinero, entrar en el mundo del trabajo, tener responsabilidades de persona adulta, y gozaba de la independencia que le proporcionaba aquello.
En la empresa había una máquina de refrescos, y fue allí donde Barbara se encontró por primera vez con Richard Kuklinski. Se saludaron, se sonrieron, y se volvieron al trabajo. Volvieron a coincidir en el muelle de carga, cruzaron algunas palabras sobre el tiempo. Aquello lo desencadenó todo. El señor Goldfarb los vio hablar y no le gustó. Fue a hablar inmediatamente con Barbara y, con interés paternal, le advirtió que no se acercara a Richard.
– Mira -le dijo-, sé que eres una buena muchacha, una muchacha inocente. No te trates con ese tipo. Es un bruto; está casado y tiene hijos.
– Ah, si yo no… -explicó ella, consternada-. Si solo hemos hablado del tiempo, ¿sabe?
– Bueno, vale, eso está bien. Pero no te acerques a él.
– Claro… por supuesto, vale -dijo ella, algo sorprendida. No había pensado en absoluto en Richard; la idea de entablar relaciones con él ni le había entrado en la cabeza. Todo habría acabado aquí, sin duda, si Goldfarb no lo hubiera llevado más lejos. Acto seguido, hizo llamar a Richard a su despacho y le dijo:
– Mira, Kuklinski, no quiero que se trate con el personal de oficina, ¿de acuerdo?
– Perdone, ¿de qué me está hablando? -preguntó Richard.
– De Barbara. No se acerque a ella.
Esto pilló completamente desprevenido a Richard. Ni siquiera había pensado en insinuarse a Barbara. No era su tipo. El ni siquiera había conocido nunca a una chica como ella, a una buena chica de una buena familia, por así decirlo.
Richard, siempre desafiante, siempre pendenciero, dijo:
– Estamos en un país libre, ¿sabe? La gente tiene derecho a hablar con quien quiera.
– Si lo veo hablar con ella otra vez, está despedido -dijo Goldfarb.
Aquello fue como una bofetada para Richard, que lo miraba con cara de sorpresa.
– Quédese el puto trabajo y métaselo por ese culo solemne -dijo Richard, haciendo ese suave chasquido por el lado izquierdo de la boca, con la cara enrojecida.
– Salga de esta empresa -dijo Goldfarb, poniéndose de pie.
Si Goldfarb hubiera sabido que estaba hablando con un psicópata furioso con todas las de la ley, no cabe duda que no habría adoptado un tono tan agresivo. Richard mataba a gente por mucho menos.
– Me debe dinero -dijo Richard.
– Vuelva más tarde y le darán su dinero. Fuera de aquí.
Richard le echó una mirada larga y penetrante.
– Volveré -dijo; y se marchó.
Richard había pensado matar a Goldfarb aquella misma noche. Lo seguiría hasta su casa y lo mataría a golpes ante la misma puerta. ¿Quién coño se había creído que era? Nadie hablaba así a Richard Kuklinski. Goldfarb había firmado su propia sentencia de muerte sin saberlo.
Richard volvió a las cuatro de la tarde para cobrar su dinero. Mientras esperaba a que le prepararan el cheque, Barbara salió de su despacho para sacar una coca-cola de la máquina. Richard le dijo que lo habían despedido por hablar con ella.