Nadie llora al muerto
- Автор: Кромби Дебора
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:
Gemma odiaba las escaleras de la estación de metro Angel. Estaba segura de que eran las más largas y pendientes de Londres y la perspectiva de enfrentarse a esa bajada vertiginosa todos los días casi la había disuadido de alquilar su piso. Al menos, se dijo agarrándose a la barandilla, subir no era tan malo como bajar -siempre y cuando no mirara hacia atrás.
Una bolsa de plástico se le enredó a Gemma entre las piernas al salir de la estación. Mientras se la desenredaba, vio basura volando por toda Islington High Street. Una hoja de un periódico se agarraba tenazmente a una farola cercana y una botella de plástico vibraba discordante por el pavimento. Otra vez había fallado la recogida de basuras, pensó Gemma irritada y con el ceño fruncido, y no tenía tiempo para ir a presentar una queja al ayuntamiento.
La visión de un hombre negro sentado en un banco junto al puesto de flores la sacó de su mal humor. Eclipsado por el imponente edificio de oficinas que tenía detrás, el hombre mecía en su pecho una botella de whisky envuelta en papel y mientras canturreaba levantó la mirada y sonrió a Gemma. Su ropa andrajosa parecía haber sido de buena calidad, pero ofrecía poca protección contra el viento que hacía llorar sus ojos enrojecidos.
Se paró y compró un ramo de claveles amarillos, luego le dio el cambio al borracho antes de salir corriendo para cruzar el paso cebra. Miró hacia atrás y alcanzó a ver cómo el hombre meneaba la cabeza, como si fuera un juguete mecánico, y farfullaba algo incomprensible. Cuando Gemma empezó a trabajar en el cuerpo como agente novata compartía casi inconscientemente el desdén de sus padres por aquellos que podrían «mejorar su situación si hicieran el esfuerzo». Pero la experiencia le enseñó enseguida que la ecuación casi nunca era tan sencilla. Lo mejor que podías hacer por algunos de ellos era intentar que sus vidas fueran algo más cómodas y, a ser posible, dejarles un poco de dignidad.
A su derecha, al entrar en Liverpool Street, estaba el mercado de Chapel. Era la hora de cierre y los vendedores, soltando de vez en cuando una alegre maldición, estaban desmontando los puestos y guardando las cajas. Era demasiado tarde para comprar allí algo para cenar. Tendría que pasar por Cullen’s o bien enfrentarse a la aglomeración del nuevo Sainsbury’s que había al otro lado de la calle.
Algo la atrajo a Sainsbury’s a pesar de lo poco que le gustaba su interior estéril y reluciente. Un músico ambulante estaba en su sitio habitual junto a las puertas y su perro estaba a su lado, vigilante. Siempre tenía un par de monedas para él, a veces incluso una libra si le era posible, pero este ritual no estaba motivado por lástima. Esta noche paró como siempre y escuchó las líquidas notas que salían de su clarinete. No reconoció la pieza, pero la hizo sentirse dulcemente triste y cuando el sonido se extinguió, siguió sintiéndose melancólica. La pesada moneda tintineó alegremente cuando Gemma la lanzó en la funda abierta, aunque el joven se limitó a asentir para darle las gracias. Nunca sonreía y sus ojos eran tan distantes como los del silencioso chucho estirado a sus pies.
Las bolsas de plástico llenas le golpearon las piernas al salir del supermercado. Caminó rápido por Liverpool Road con el cuello del abrigo levantado para protegerse del viento. Se moría de ganas de ver a Toby, de cogerlo entre sus brazos y oírle chillar de placer mientras ella le acariciaba el cuello, de aspirar el cálido olor de su piel. Tomó Richmond Avenue y pasó junto a la escuela elemental cuyas puertas habían sido cerradas tras una larga jornada y en cuyo patio silencioso sólo se movía un columpio vacío. Cuando quisiera darse cuenta Toby ya sería suficientemente mayor para asistir a esa escuela. Su cuerpo regordete y blandito ya estaba cambiando y en su lugar estaba emergiendo un niño robusto. Gemma sintió una punzada de añoranza de su primera infancia. Apartó el sentimiento de culpa que siempre rondaba su mente y se convenció de que estaba haciéndolo lo mejor que podía.
Al menos el mudarse al piso de Islington había aportado una ventaja inesperada: su casera, Hazel Cavendish, se había ofrecido a cuidar de Toby cuando Gemma trabajaba y así ya no tenía que depender de su madre o de canguros indiferentes.
Llegó a Thornhill Gardens y Gemma aflojó el paso para recuperar el aliento y no llegar a casa jadeando. Ya estaba casi en casa. Las luces encendidas en los hogares que rodeaban los jardines ofrecían una tentadora visión de comodidad y calidez en los interiores. La parte de atrás de la casa de los Cavendish daba a los jardines y el apartamento de Gemma daba a Albion Street, casi directamente enfrente del pub.
Entró en el jardín trasero por la cancela del lado del garaje sin parar a dejar las compras en casa. Había llamado con antelación a Hazel para que la esperara y cuando llegó a la puerta trasera entrecerró los ojos para leer la pequeña nota que se agitaba en la oscuridad, «EN EL BAÑO, H.» leyó Gemma y sonrió mientras miraba la hora. Hazel dirigía un hogar ordenado y a esta hora los niños ya habían tomado el té y habían sido empujados al piso de arriba, a la bañera.
Una oleada de calor y olores picantes le dio la bienvenida cuando abrió la puerta, señal de que Hazel estaba preparando uno de sus «potajes de verduras», tal como los llamaba su esposo. Hazel y Tim Cavendish eran psicólogos, pero Hazel se había retirado indefinidamente de su lucrativa práctica para quedarse en casa con su hija de tres años, Holly. No les había costado ningún esfuerzo absorber a Toby en su hogar, y aunque Hazel aceptaba la tarifa habitual para el cuidado de un niño, Gemma sospechaba que su vecina lo hacía más por aplacar su orgullo -el de Gemma- que por necesidad financiera. Caminó hacia donde se oían las voces distantes después de depositar sus compras en la mesa de la cocina. Mientras subía a la planta superior esquivó los juguetes dispersos por el suelo.
Dio un golpecito en la puerta del baño y tras oír a Hazel decir «entra», Gemma pasó al interior. Hazel estaba arrodillada junto a la anticuada bañera de hierro fundido, con las mangas arremangadas hasta los codos y la media melena castaña rizándose por el efecto del vapor.
Los dos niños estaban en la bañera y cuando Toby la vio chilló:
– ¡Mamá! -y golpeó con las palmas la superficie del agua.
Hazel, riendo, se apartó de la salpicadura.
– Creo que ya estáis suficientemente limpios, pequeñuelos. Bienvenida a casa, Gemma -añadió mientras se secaba las jabonosas gotitas de agua de las mejillas.
Gemma sintió un repentino espasmo de celos que se desvaneció en cuanto Hazel le dijo:
– ¿Qué tal si nos ayudas con las toallas? -Al poco rato ya tenía en sus brazos a unos niños mojados y muertos de risa.
Cuando los niños estuvieron secos y con los pijamas puestos, Hazel los dejó con algunos juguetes en la alfombra de la cocina e insistió en prepararle un té a Gemma.
– Tienes el aspecto de estar reventada, por decirlo con mucho tacto -dijo con una sonrisa mientras le hacía señas para que no la ayudara y se ocupaba de las tazas y la tetera.
Gemma se dejó caer en una silla junto a la mesa y miró ensimismada cómo los niños hacían arrancar coches de juguete de arriba a abajo en un aparcamiento de plástico. Jugaban bien juntos, pensó. La morena Holly había heredado el encantador temperamento de su madre, al igual que los hoyuelos. Era unos meses mayor que Toby y lo mandaba con amable autoridad que el niño aguantaba afable. Justo ahora, en cambio, con su pelo todavía húmedo levantado en punta parecía un pequeño diablillo.