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Nadie llora al muerto

Электронная книга - «Nadie llora al muerto». Краткое содержание книги:

La muerte violenta del comandante de la policía Alastair Gilbert, a golpes de martillo, en la cocina de su casa, convulsiona la aparente tranquilidad de Holmbury St. Mary, un pueblecito de Surrey cercano a Londres. El historial opaco de la víctima, poco apreciada por sus convecinos y tampoco por algunos círculos de la policía, hace que el trabajo de los investigadores de Scotland Yard, el comisario Duncan Kincaid y la sargento Gemma James, emprenda dos direcciones. ¿La delicada esposa del comandante o alguno de los vecinos están implicados en el asesinato o es el entorno policial de Gilbert el que lo está?
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– Quédate a cenar -dijo Hazel mientras le ponía delante el tazón humeante y se sentaba en la silla de enfrente-. Tim tiene terapia de grupo esta noche así que seremos nosotras y los niños. Y como incentivo adicional estoy preparando un guiso de verduras marroquí con cuscús. Además -añadió en un tono de súplica-, tengo razones egoístas para pedírtelo. Me iría bien un poco de conversación con un adulto.

– Pero es que he comprado un par de cosas en el supermercado… -Gemma hizo un gesto poco entusiasta en dirección a las bolsas.

Hazel expresó su opinión al respecto arrugando su nariz respingona.

– Macarrones con queso de paquete, seguro, o algo igual de espantoso. Necesitas comer algo que no haya sido mezclado en el último momento. La comida es tanto consuelo del alma como del cuerpo. -Esto último lo dijo con mucha importancia, luego se rió-. Eso lo dice la filósofa de la cocina.

Con una sonrisa avergonzada Gemma confesó:

– Es lo primero que he visto en el estante. -Se estiró, ya relajada por el calor de la habitación y del té, y miró a su alrededor estudiando la agradable cocina. Los viejos armarios con puertas de cristal estaban teñidos en un tenue color verde, las paredes estaban empapeladas en color melocotón y cualquier espacio disponible en las encimeras o la mesa contenían las cestas de lanas de Hazel. De repente, resistiéndose a marcharse, dijo-: Suena estupendo. ¿Estás segura de que no seremos una imposición? Siempre tengo miedo de que agotemos tu hospitalidad. -Al ver que Hazel la tranquilizaba enfáticamente, Gemma añadió-: Y admito que ha sido una semana infernal.

– ¿Un caso difícil? -preguntó Hazel con comprensión.

– Algo así. -Gemma habló sobre Alastair Gilbert mientras acunaba en sus manos el tazón de té.

Cuando terminó, Hazel se estremeció y en su expresión había una preocupación evidente.

– Qué horrible. Por ellos y por ti. Pero hay algo más, ¿no es así, Gemma? -preguntó con esa mirada directa que debía de poner de punta los pelos de sus pacientes-. Desapareces unos días sin decir nada, luego apareces de nuevo, dejas a Toby sin explicar nada… ¿Qué está pasando?

Gemma sacudió la cabeza.

– Nada. No es nada. Estaré bien.

Hazel movió negativamente la cabeza y se inclinó hacia delante con seriedad.

– ¿A quién quieres convencer? Ya sabes que no es bueno guardarse las cosas. No has de ser una superwoman a todas horas. Deja que alguien comparta la carga contigo…

– Hazel, no necesito una terapeuta -interrumpió Gemma, e inmediatamente se arrepintió-. Lo siento. No sé lo que me pasa últimamente. Soy brusca con todo el mundo. No lo mereces.

Hazel se acomodó con un suspiro en la silla y dijo:

– No sé… quizás me he pasado. Ya sabes, la costumbre. Lo siento si he rebasado tus límites, pero es que me importas y te quiero ayudar si puedo.

La amabilidad en la voz de Hazel le oprimió la garganta a Gemma y de repente deseó desahogarse y ser consolada.

– ¿Cómo has podido soportarlo, Hazel? Dejar tu trabajo así. ¿No tenías miedo de perderte?

Hazel miró a los niños antes de responder:

– No ha sido fácil, pero tampoco me arrepiento. De esta experiencia he extraído que es un riesgo emocional muy grande el enterrar tu identidad en el trabajo. La vida es demasiado tumultuosa para ello. Puedes perder un trabajo o una carrera y entonces, ¿qué? Lo mismo es válido para el matrimonio o la maternidad. Tienes que confiar en algo más profundo, algo inmaculado. -Levantó la mirada y la dirigió a los ojos de Gemma-. Es más fácil decirlo que hacerlo, lo sé, y no estoy tratando de evitar la pregunta personal. Esperé hasta bastante tarde para tener un hijo y, a pesar de que me gustaba mi trabajo, decidí que estar con Holly durante sus primeros años de vida era una experiencia que no tendría oportunidad de repetir. A veces me siento culpable por ello, sabiendo que hay tantas mujeres que no tienen esta opción… como tú. -Los hoyuelos de Hazel aparecieron en sus mejillas cuando sonrió a Gemma-. Pero no estoy segura de que tú la aprovecharas si pudieras.

Gemma torció el gesto mientras estudiaba el tazón, como si en su contenido estuviera la respuesta.

– Antes hubiera dicho que ni hablar. Opinaba que era una lata el quedarse embarazada y tener un bebé. A decir verdad, era otra forma de dejar que la indiferencia de Rob invadiera mi vida. Pero ahora…

Toby, notando quizás una corriente de desasosiego en la voz de su madre, dejó de jugar y fue junto a ella, cabeceando contra su brazo.

Gemma lo abrazó y alborotó su pelo.

– Pero ahora, no sé. Hay días en los que te envidio. -Pensó en la inesperada revelación de Jackie Temple. ¿Había alguna vez alguien satisfecho con lo que tenía?

– Y hay días en que pienso que me volveré loca si oigo algún anuncio más de juguetes -replicó Hazel riendo-. Así que cocino. Es mi defensa. -Se levantó y llevó los tazones vacíos al fregadero-. Y creo que es hora de pasar de los reconstituyentes a los sedantes. -Sacó una botella de vino blanco de la nevera-. Este Gewürztraminer va muy bien con las especias de la comida norteafricana. -Sacó un sacacorchos de un cajón y empezó a pelar la chapa de aluminio de la botella, pero luego paró y se volvió hacia Gemma-. Sólo una cosa más. No te voy a forzar, pero quiero que sepas que estaré siempre disponible si quieres hablar. Y no dejaré que la terapeuta se interponga en el camino de la amiga.

Esa noche Gemma cayó dormida en el sillón de piel de su apartamento con Toby despatarrado encima de su regazo. Se despertó de madrugada con algo de frío y entumecida por el peso del cuerpo relajado de su hijo. La cara de Claire Gilbert se le había grabado en su mente como la brillante imagen que queda tras un fogonazo.

7

La campanilla de la puerta repicó mientras Kincaid y Nick Deveney esperaban en las escaleras de la casita cubierta de enredaderas de la doctora Gabriella Wilson, un par de puertas más arriba de la casa de los Gilbert.

Habían escapado agradecidos de una mañana llena de reuniones en la comisaría de Guildford y habían dejado a Will Darling poniendo en orden los informes que continuaban llegando. Cuando apareció el nombre de la doctora Wilson en la lista de los que habían sido objeto de robos extraída de las investigaciones del día anterior, consideraron que era prioritario el ir a verla.

De camino hacia el pueblo, Deveney había farfullado algo con la boca llena. En la mano derecha sostenía el panecillo con queso que se estaba comiendo y con la izquierda iba cambiando las marchas. Después de tragar había dicho más claramente:

– Matar dos pájaros de un tiro. -Y había añadido con una mirada enigmática-: Y hacer feliz a Gemma, a cualquier precio.

Ya habían empezado a notar el frío cuando se abrió la puerta. Una mujer pequeña, de aspecto competente y de mediana edad los estaba estudiando. Daba la impresión de que ella había continuado donde lo habían dejado Kincaid y Deveney, porque en su mano izquierda sostenía un bocadillo del cual faltaba un mordisco en forma de perfecta media luna.

– Supongo que son los policías -dijo con serenidad-. Me preguntaba cuando volverían. Entren, pero tendrán que ir rápido. -Se dio la vuelta y los llevó por un pasillo hacia la parte trasera de la casa-. Casi ni me puedo permitir un bocado, entre las operaciones de la mañana y las visitas de la tarde.

Pasaron por unas puertas de vaivén y entraron en la cocina. Les indicó que se sentaran junto a una mesa llena de periódicos y revistas. Kincaid apartó una silla y antes de sentarse sacó el montón de diarios de encima.

– Doctora Wilson, si pudiera…

– Soy Doc para todos excepto para los administradores del hospital. Prefieren mantener las distancias. -Se rió entre dientes mientras se sentaba y cogía una taza de café que todavía humeaba-. Aquí llega Paul, mi esposo -añadió al ver entrar a un hombre por la puerta trasera que se secaba las manos con una toalla.

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