La magia del deseo
- Автор: Джексон Лайза
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «La magia del deseo». Краткое содержание книги:
Ahora él había regresado al rancho de los Beaumont, y Savannah quería mantenerlo a distancia, pero el engaño tenía muchas caras. Travis le pedía que confiara en él para ayudarla a descubrir los secretos que escondía su propia familia. ¿Podría olvidar las traiciones del pasado… y el deseo que seguían sintiendo el uno por el otro?
– Porque estoy trabajando -frunció ligeramente el ceño.
– ¿Ni siquiera puedes escaparte un momento para ver el árbol? Josh se muere de ganas de enseñártelo.
– Dentro de unos minutos.
– De acuerdo, tú ganas. Adelante, sigue haciéndote el misterioso. ¿Qué te apetece tomar? ¿Una taza de café, un chocolate caliente?
Travis negó con la cabeza, sonriente.
– Nada. En cuanto haya terminado, me reuniré con el resto de la familia, ¿de acuerdo?
– Eres como mister Scrooge, el de la novela de Dickens -le dio un beso en la punta de la nariz.
– Asegúrate de colgar el muérdago -le ordenó, risueño. Acto seguido volvió a encerrarse en el despacho.
– Feliz Navidad -musitó Savannah con ironía ante la puerta cerrada.
Perpleja por el comportamiento de Travis, entró en la cocina y rellenó los tazones de chocolate. ¿Por qué estaría revisando los libros del rancho? Tenía un mal presentimiento, pero se esforzó por pensar en otra cosa. Había pasado un día demasiado maravilloso con Josh y con Travis para estropearlo con infundados temores y preocupaciones. Travis no hacía daño a nadie. Además, Wade y Reginald volverían en cualquier momento. La perspectiva de su llegada constituía ya de por sí una buena fuente de preocupación.
– ¡Es el mejor árbol de Navidad del mundo! -exclamaba orgulloso Josh minutos después, mientras recibía de manos de Savannah su tazón de chocolate.
– Creo que tienes razón -repuso ella, riendo.
– Tenemos que llamar a Travis y a mamá…
– Sí, pero antes hay que recoger todo esto -señaló las cajas vacías que rodeaban el árbol-. Has hecho un buen trabajo, pero todavía te queda un poco…
Justo en aquel instante, oyó un coche acercándose. El pulso empezó a latirle a toda velocidad.
– Parece que tu padre y el abuelo por fin han llegado.
– Ya era hora.
– Supongo que las carreteras estarían atascadas por culpa de la nieve. Para no hablar del aeropuerto.
La puerta se abrió de pronto y entró Reginald.
– Vaya, vaya…, pero ¿qué es lo que tenemos aquí? -inquirió, con la mirada clavada en el árbol, mientras se quitaba los guantes.
– ¡Nuestro árbol de Navidad, abuelo! -anunció el niño, orgulloso-. ¡La tía Savvy, Travis y yo hemos ido a buscarlo hoy, arriba, en las colinas! ¡Incluso disputamos una batalla de bolas de nieve!
– ¿Ah, sí? -se quitó el abrigo antes de acercarse al árbol, acariciando la cabeza de su nieto-. ¿Y quién ganó?
– ¡Travis y yo!
Reginald se volvió hacia Savannah.
– ¿Dos contra uno?
– Arquímedes iba conmigo -lo informó, irónica-. La verdad, no me fue de gran ayuda.
– Ya me lo imagino -Reginald se echó a reír.
– Bueno, ¿qué te parece el árbol? -preguntó Josh, emocionado.
– Fantástico.
– Lo encontré yo y Travis lo cortó.
– El año que viene probablemente serás capaz de cortarlo tú mismo. Pero ¿dónde está todo el mundo? -preguntó Reginald a su hija.
– Charmaine subió a acostar a mamá hará unos tres cuartos de hora.
– Dime -frunció el ceño, mirando hacia las escaleras-, ¿cómo la has encontrado estos días?
– Bueno, la verdad es que ha mejorado bastante desde que Travis volvió al rancho. El hecho de tenerlo aquí parece que le ha levantado el ánimo. Ha cenado dos veces en el salón y, hace un rato, incluso nos estuvo ayudando a decorar el árbol.
– Magnífico -suspiró, aliviado-. Ahora mismo subo a verla.
Reginald abandonó el salón cuando Wade entraba en la casa. Éste parecía tenso, agitado.
– Hola, papá -lo saludó Josh-. ¿Has visto el árbol? Travis y yo lo hemos cortado.
Ante la mención del nombre de Travis, Wade frunció el ceño y empezó a pellizcarse nervioso las guías del bigote.
– Ah -dijo sin mucho entusiasmo antes de mirar el reloj-. ¿Cómo es que estás levantado tan tarde?
– Josh me ha ayudado a decorar el árbol -intervino Savannah, con la intención de evitar la discusión que parecía inminente-. Ha hecho un trabajo estupendo, ¿verdad?
– Estupendo -repitió Wade, muy serio.
– Acabamos de terminar ahora mismo.
– Bien. Mañana tienes colegio, ¿no? -preguntó a su hijo.
– No. Estamos de vacaciones.
– No importa. Es tarde. A la cama.
– Pero si todavía no he terminado de decorar el árbol del todo… Además, la tía Savvy me dijo que…
– ¡Nada de «peros», hijo! -Wade alzó la voz, impaciente-. Haz lo que te digo -luego, aparentemente avergonzado, señaló las cajas vacías del suelo-. Cuando termines de recoger eso, sube a tu habitación. Tengo cosas que hablar con tu abuelo.
– Está bien -rezongó Josh, resignado.
Acto seguido, Wade tomó a Savannah de un brazo, alejándola del árbol.
– ¿Dónde está McCord?
– En el despacho. Me dijo que terminaría enseguida.
– ¿Qué diablos hace allí? -inquirió, pálido-. Maldita sea, ¡vuelve aquí un día y se pone a revolverlo todo! ¿Cómo es que está en el despacho de Reginald?
– No lo sé. Tendrás que preguntárselo tú mismo -miró por encima de su hombro y vio a Travis caminando hacia allí, con las manos en los bolsillos traseros de sus pantalones de pana. Tenía una expresión tensa y furiosa, que se suavizó en el instante en que tropezó con la preocupada mirada de Savannah.
– ¿Qué te parece, Travis? -preguntó Joshua, señalando el abeto.
– Es el árbol de Navidad mejor adornado que he visto en mi vida -respondió, sonriendo-. ¡Tal vez deberías dedicarte a ello profesionalmente!
– Pero antes tendrá que acostarse -gruñó Wade. Luego, desentendiéndose completamente de su hijo, concentró toda su atención en Travis-. Y ahora, McCord, ¿quieres explicarme qué diablos está pasando? ¿Qué es esa tontería de que no piensas presentarte a gobernador?
– No es ninguna tontería -replicó Travis mientras ayudaba a Josh a recoger las cajas-. Es la realidad -las sacó de la habitación para guardarlas en el armario de debajo de las escaleras.
– ¡Estupendo! -masculló entre dientes mientras se dirigía al mueble de las bebidas para servirse una copa.
– Papá -lo interrumpió Josh. Podía sentir la creciente tensión y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para calmar el ambiente. En su inocencia, creía que él tenía la culpa de aquel malestar-, Travis cortó él solo el árbol…
Wade miró a su hijo como si lo estuviera viendo por primera vez. En un evidente intento por dominar su irritación, apretó con tanta fuerza el vaso que los nudillos se le pusieron blancos.
– Creo que ya me lo habías dicho, hijo. Y yo te he dicho que me gusta mucho.
– La tía Savvy dice que es genial.
– Y tiene toda la razón -terció Reginald, volviendo al salón. Tomando al crío en brazos, lo estrechó contra su pecho-. Lo importante es que Santa Claus sea capaz de encontrarlo.
– Santa Claus no existe -replicó Josh, muy serio.
– ¡No! -Reginald fingió una expresión horrorizada y tanto Josh como Savannah se echaron a reír-. Bueno, voy a la cocina a hacerme un bocadillo. ¿Por qué no me acompañas? -sugirió al niño.
– Primero tengo que terminar de decorar el árbol.
– Como quieras -su abuelo le sonrió antes de dirigirse hacia la cocina.
Charmaine bajó las escaleras en aquel momento y entró en el salón.
– Has hecho un trabajo fantástico -felicitó a su hijo, y al instante advirtió el gesto crispado de Wade y la mirada de desafío de Travis, anuncio de una inminente discusión-. Bueno, Josh, creo que ya es hora de que te vayas a la cama.
– Todavía no…
– Ya has oído a tu madre -intervino Wade-. Vamos, arriba de una vez.
– Pero, papá…
– ¡No discutas conmigo! -estalló por fin, rabioso.
– ¿Por qué no lo dejáis quedarse al menos esta noche? -protestó Savannah mientras se acercaba instintivamente a su sobrino, como para intentar protegerlo-. Ya casi hemos terminado del todo, ¿verdad, Josh?