Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La calle donde ella vive». Краткое содержание книги:

El mundo que tan cuidadosamente había construido se estaba derrumbando a su alrededor…
Su dulce hija de doce años se estaba convirtiendo en una adolescente huraña sin que Rachel Wellers pudiera hacer nada. Las lesiones del accidente que había sufrido estaban poniendo en peligro su carrera de dibujante. Y lo peor de todo era que Ben Asher, el hombre al que había echado de su vida hacía trece años, había regresado respondiendo a la llamada de la niña.
Cuando se enteró de que Rachel había sufrido un accidente, Ben no dudó en dejar de lado su trabajo y acudir a la ciudad que había jurado no volver a visitar. Prefería no cuestionarse los motivos por los que lo estaba haciendo… sólo sabía que tenía que ayudar a Rachel. Y no tardó en darse cuenta de que lo ocurrido no había sido un accidente y que quizá él era responsable.
Lo que no imaginaba era lo que iba a volver a surgir entre ellos, ni lo difícil que sería volver a alejarse de Rachel…
1 ... 17 18 19 20 21 22 23 24 25 ... 51
Перейти на страницу:

– ¿Y ahora me quieres?

– Por supuesto que te quiero, Em…

– ¿Lo ves? Eso significa que, si quisierais, podríais volver a quereros.

Ben se sentó al lado de su hija.

– Emily, yo sólo he venido porque…

– Porque yo te llamé. Pero viniste muy rápidamente, papá, y eso significa algo.

– Y voy a quedarme, voy a quedarme para ayudaros a las dos. Pero eso es todo.

«Mentiroso», se dijo.

Y Emily le dijo lo mismo con la mirada.

Llevando en una mano a la cachorra, una especie de revuelto de proteínas con pepino y una sopa de aspecto muy poco apetitoso que la atractiva propietaria del Café Delight le había asegurado era la favorita de Rachel en la otra, Ben caminó hacia la puerta de la casa. Había dejado a Emily en el colegio y tenía que enfrentarse a Rachel con la culpabilidad que estaba royéndole las entrañas.

Y no iba a hablarle todavía de esa maldita cachorra.

La puerta de la calle estaba abierta. Maldita fuera, tendría que pedirle que tuviera más cuidado. Dejó a la perrita en el suelo del vestíbulo y corrió hacia al murmullo de voces procedente de la cocina.

– Estaba abierta la puerta de la calle, maldita sea.

– Oh, he sido yo -le informó Adam-. ¿Quieres una galleta?

Ben se quedó mirando fijamente al contable de Rachel.

– No -contestó.

Se volvió hacia ella. Iba vestida con un vestido de verano que, imaginaba, probablemente se había puesto ella misma haciendo un gran esfuerzo, pero aun así, no pudo evitar preguntarse si aquel angelical contable la habría ayudado.

Y si así era, ¿se le habría acelerado el pulso como se le aceleraba a Ben cuando la acariciaba?

¿Y habría abierto ella los labios, invitándolo a besarla?

Maldita fuera, y a él qué le importaba. Además, tenía que resolver aquello rápidamente, antes de que la perrita hiciera alguna estupidez.

– No puedes dejar la puerta abierta.

– ¿Y eso podría tener algo que ver con la llamada de teléfono que te ha hecho irte de casa al amanecer?

Ben se quedó mirándola durante largo rato, hasta que Adam se acercó a la mesa y se sentó en frente de ella.

– En cualquier caso, no estaba sola -Adam sonrió-. Y en este barrio el índice de delitos es notablemente bajo.

– Mira, Adam, te lo agradezco, pero…

– ¿Que agradeces qué? -se maravilló Rachel, lanzando fuego por los ojos-. ¿Qué es lo que agradeces, Ben? -casi ronroneó-. No te pertenezco, ni siquiera tendrías por qué estar aquí. No tienes ninguna responsabilidad sobre mí.

Ben puso los brazos en jarras e intentó adivinar la manera de salir de aquel desastre. Pero no había ninguna.

Estúpidamente, se preguntó qué estaría haciendo la perrita y cuántos daños podría haber causado en los dos minutos que llevaba sola.

Adam abrió uno de los recipientes que llevaba Ben y le sonrió a Rachel.

– Son tus platos favoritos, Rachel. A lo mejor ahora eres capaz de comer algo -miró a Ben-, ha adelgazado mucho.

Tras haber podido posar el día anterior sus ojos y sus manos en cada centímetro de aquel cuerpo, Ben estaba dispuesto a defender ante cualquiera que Rachel estaba condenadamente bien. Pero iba a olvidarlo, iba a olvidar lo que era sentir su piel. Iba a olvidar su fragancia. Iba a olvidarlo todo.

– Adam tiene razón, deberías comer -se dirigió hacia la puerta-. Salgo de aquí.

– Sí, tú siempre tienes un pie fuera de aquí -dijo Rachel-, has tenido un pie fuera de aquí desde el día en el que apareciste.

¿Y no era cierto? Era irónico, pensó Ben, tener que utilizar a Adam como excusa para desvanecerse cuando sólo unos días atrás habría querido abofetearlo por besar a Rachel en la mejilla.

Una vez en el cuarto de estar, rescató a la perrita errante, que estaba mordisqueando alegremente una sandalia negra que, imaginaba, era de Emily. Ben llevó la sandalia y la cachorra a la habitación de Emily.

– Esta tarde se descubrirá tu secreto -le advirtió-. Hasta entonces, saldrás y dormirás cuando yo te lo diga. Y no quiero problemas, ¿me has oído…?

En respuesta, Parches se tumbó boca arriba, exponiendo alegremente su barriguita mientras le lamía a Ben la muñeca. Cuando Ben se dirigió hacia la puerta, ella lo siguió.

– Oh, no -dijo Ben entre risas-, eres la perrita de Emily, no la mía.

Parches pestañeó con tristeza.

– Eh, tienes suerte de que Rachel no esté en buenas condiciones físicas, porque, créeme, en caso contrario, estarías ya condenada.

Era cierto, cuando Rachel estaba en plenas facultades, no pasaba nada por alto. Absolutamente nada.

De pronto, Ben recordó su último día en South Village.

Le habían enviado ya el billete de avión, le habían pagado su primer salario y tenía la maleta preparada. No había nada que deseara más en el mundo que dejar para siempre South Village, pero aun así, había vacilado. No podía marcharse sin ver a Rachel una vez más.

Con todo el peso del orgullo, se había dirigido a la casa de los Wellers. Era una casa tan grande que había imaginado que podrían vivir en ella cincuenta personas sin cruzarse.

Todavía estaba a tiempo de dar media vuelta y marcharse, y nadie sabría que había ido a suplicarle a Rachel que lo quisiera como nadie lo había querido jamás.

Patético. Era patético, pero antes de que hubiera podido marcharse, le había abierto la puerta la señora Wellers con un vaso en la mano. Lo había mirarlo sin reconocerlo, aunque para entonces Ben y Rachel llevaban seis meses saliendo.

– Soy Ben, señora Wellers, necesito hablar con Rachel.

– Rachel no quiere hablar con gente como tú.

Ben no recordaba si había salido o no corriendo de allí, pero sí que el trayecto en autobús hasta el aeropuerto se le había hecho interminable. No había vuelto a respirar tranquilamente hasta que se había encontrado con sus iguales al otro lado del mundo, donde había sido tratado como uno más.

Dios, necesitaba salir a dar un paseo, pensó mientras se deshacía de aquellos recuerdos. Necesitaba aire. Miró a Parches, que se había quedado dormida, y cerró cuidadosamente la puerta del dormitorio de Emily.

Todavía podía oír a Adam en la cocina, hablándole a Rachel en aquel tono tan tranquilo y cariñoso que despertaba en Ben las ganas de darle una paliza.

¿Pero qué demonios le pasaba? Adam era un buen hombre. Debería alegrarse de que Rachel tuviera a alguien así en su vida. De esa forma le resultaría mucho más fácil marcharse.

Sí, debería alegrarse. Y también se alegraría cuando encontraran a Asada.

Salió a dar una vuelta. Le habría gustado montar en un avión, pero de momento debería conformarse con un paseo.

Pasó por delante del mercado y de una galería de arte. Cerca de casa de Rachel había un pequeño parque en el que estaba disputándose un emocionante partido de baloncesto: un equipo de dos contra uno de tres. Los hombres parecían rondar los treinta años, y, a juzgar por el sudor y las faltas, se estaban tomando el partido muy en serio.

Había algo en ellos que hizo que Ben se acercara y sacara la cámara que llevaba colgada al hombro. Y estaba a punto de disparar una fotografía cuando uno de los jugadores se le acercó.

– Nos falta uno para completar el equipo. ¿Eres bueno?

– No se me da mal.

– Entonces deja la cámara, te necesitamos.

Ben se quitó la cámara y la camisa. Y jugó el partido de baloncesto más catártico de toda su vida. Para el final del partido, su equipo había ganado por los pelos y Ben ya sabía que uno de sus compañeros se llamaba Steve y el otro Tony. Mientras se apoyaba contra la pared de ladrillo y bebía agua, descubrió también que uno de ellos era policía y el otro abogado.

– Por si te interesa, nos damos estas palizas tres días a la semana -dijo Steve, mientras se limpiaba la sangre que tenía en el labio.

Ben había liberado gran parte de su tensión durante la hora anterior. Él había odiado siempre aquella ciudad en la que nadie le hacía ningún caso. Pero aquellos tipos le estaban haciendo caso.

1 ... 17 18 19 20 21 22 23 24 25 ... 51
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)