El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
– ¿Qué?
– Bueno, desde donde estaba juraría que alguien le empujó. Estaba quieto y de repente salió disparado hacia delante… Y me pareció ver una sombra detrás. No me quedé a comprobarlo. Cogí la moto y me largué cagando leches. Luego, al día siguiente, cuando me dijiste lo que había pasado, pensé que quizá habías sido tú.
Aleix negó con la cabeza.
– Mi colega se cayó por la ventana. Y si viste algo más es porque te habías puesto hasta el culo de todo. ¿O no?
– Bueno, era la noche de la verbena…
– En cualquier caso, mejor no cuentes que estuviste por aquí.
– Tranquilo.
– Oye, ¿tienes…?
Rubén suspiró.
– Si esos pavos se enteran de que te he dado, me matan.
Rubén preparó rápidamente dos rayas en la caja de un CD vacía. Se las pasó a Aleix, quien aspiró con avidez la primera. Lo miró de reojo antes de devolverle la caja.
– Métete la otra también -le dijo Rubén, mientras encendía otro cigarrillo-. Yo tengo que conducir. Y tú hoy la necesitas.
Capítulo 11
La última visita del día, pensó Héctor cuando el coche se paró justo delante de la casa de los Castells. Una más y podría irse a casa y olvidarse de todo eso. Archivar ese absurdo favor y dedicarse a lo que de verdad le importaba. Además, por una vez Savall estaría contento: concertaría una cita con la madre del chico, le diría que todo había sido un desgraciado accidente y pasarían a otra cosa. Durante el camino, su compañera le había comentado el detalle de la camiseta y de su reiterada impresión de que Gina Martí no les estaba contando toda la verdad. El se había mostrado de acuerdo, aunque pensó, sin decirlo, que mentir no era lo mismo que empujar a un amigo de la infancia desde la ventana de una buhardilla. Una ventana que resultaba visible ahora por encima de la verja cubierta de enredaderas. Héctor dirigió la mirada hacia ella y entrecerró los ojos; desde ese punto hasta el suelo había unos buenos diez u once metros de altura. ¿A santo de qué vendría esa costumbre de los chicos de hacer estupideces peligrosas? ¿Era por aburrimiento, afán de riesgo o simple inconsciencia? Quizá las tres cosas en proporciones iguales. Meneó la cabeza al pensar en su hijo, que entraba en la adolescencia, esa edad prefabricada y plagada de tópicos, en la que uno, como padre, sólo puede armarse de paciencia y esperar que todo lo que había intentado enseñar en el pasado tuviera algún efecto que contrarrestara la ebullición hormonal y la tontería congénita de esos años. Marc Castells tenía casi veinte cuando cayó de esa ventana. Siguió con la mirada fija en ella y notó que se apoderaba de él el súbito temor que había sentido otras veces ante muertes absurdas: accidentes que podrían haberse evitado, desgracias que nunca deberían haber sucedido.
Una mujer de mediana edad y rasgos sudamericanos les acompañó hasta el salón. El contraste entre la casa que acababan de visitar y ésta era tan grande que incluso Héctor, para quien la decoración era una disciplina tan abstracta como la física cuántica, no pudo menos que notarlo. Paredes blancas y muebles bajos, algún cuadro en tonos cálidos y una suave música de Bach. Regina Ballester había dejado bien claro que la actual señora Castells le parecía más bien sosa, pero el ambiente que había creado en su casa era de armonía, de paz. La clase de hogar al que un tipo como Enric Castells desea llegar: tranquilo y hermoso, de grandes ventanales y espacios diáfanos, ni demasiado moderno ni demasiado clásico, que transpiraba dinero y buen gusto en cada detalle. Sin querer se fijó en que el camino de mesa tenía un estampado geométrico, blanco y negro, que reconoció como uno de los diseños de Ruth. Tal vez fue eso lo que le hizo sentir una punzada de tristeza, que rápidamente se mezcló con una sensación de malestar, un atisbo de rencor que reconoció como injusto. Alguien había muerto allí hacía menos de dos semanas y, sin embargo, la casa parecía haberse recuperado por completo: la tragedia estaba neutralizada, todo había vuelto a la normalidad. Bach flotaba en el ambiente.
– ¿Inspector Salgado? Mi marido me avisó de que vendrían. Debe de estar a punto de llegar. -Héctor comprendió al instante por qué Gloria Vergés y Regina Ballester no podían pasar de una amistad superficial-. Deberíamos esperarle -añadió, con un deje de inseguridad en la voz.
– ¡Mamá! ¡Mira!
Una niña de cuatro o cinco años reclamó la atención de Gloria y ésta no dudó en concedérsela al instante.
– ¡Es un castillo! -anunció la cría, levantando en el aire un dibujo.
– Vaya… ¿el castillo donde vive la princesa? -preguntó su madre.
Sentada en una mesita de color amarillo, la niña observó el dibujo y meditó la respuesta.
– ¡Sí! -exclamó por fin.
– ¿Por qué no dibujas a la princesa? Paseando por el jardín. -Gloria se había agachado a su lado, y desde allí se volvió hacia Salgado y Castro-. ¿Quieren tomar algo?
– Si no le importa, preferiríamos subir a la buhardilla-dijo Salgado.
Gloria vaciló de nuevo; era evidente que su marido le había dado instrucciones precisas y que no se sentía a gusto desobedeciéndolas. Por suerte, en ese momento alguien entró en el salón. Salgado y Castro se volvieron hacia la puerta.
– Félix -dijo Gloria, sorprendida aunque aliviada-. Les presento al hermano de mi marido, el padre Félix Castells.
– Inspector. -El hombre, muy alto y más bien grueso, tendió la mano para saludarlos-. Enric acaba de llamarme: le ha surgido un imprevisto y se retrasará un poco. Si necesitan algo mientras tanto, he venido para serles útil en la medida que pueda.
Antes de que Héctor pudiera intervenir, Gloria se acercó a ellos.
– Disculpen, ¿les importaría hablar en otro sitio? -Miró de soslayo a la niña y bajó la voz-. Natalia lo ha pasado muy mal estos días, ha tenido unas pesadillas atroces. -Suspiró-. No sé si es lo mejor, pero intento que todo vuelva a la normalidad -añadió, casi a modo de disculpa-. No quiero volver a recordárselo ahora.
– Por supuesto. -Félix la miró con cariño-. Vamos arriba, ¿les parece?
– Subo con usted -dijo Héctor-. ¿Le importa que la agente Castro eche un vistazo a la habitación de Marc? -Bajó la voz al decir el nombre del chico, pero aun así la niña se volvió hacia ellos. Saltaba a la vista que estaba pendiente de la conversación, aunque parecía absorta en su dibujo. ¿Hasta qué punto entendían los niños lo que sucedía a su alrededor? Tenía que ser muy difícil explicarle a una niña de su edad una tragedia como ésa. Quizá la opción de su madre fuera la mejor: volver a la normalidad, como si nada hubiera pasado. Si es que eso era posible.
El indeseado imprevisto de Enric Castells está en ese momento observándole desde el otro lado de la mesa con una mezcla de curiosidad y desdén. Es un bar tranquilo, sobre todo en verano, porque los mullidos sillones y las mesas de madera oscura transmiten una sensación de calor que el aire acondicionado no consigue disipar del todo. Camareros vestidos de uniforme que hacen gala de una formalidad pasada de moda y un par de ancianos sentados en la barra que deben de pasar allí todas las tardes desde que su salud era el tema de conversación. Y ellos dos, claro, sentados en la parte trasera del bar, casi agazapados, como si se escondieran de alguien que pudiera entrar por casualidad. Sobre la mesa hay dos tazas de café con sus respectivos platillos y una jarrita blanca.
Vistos desde el otro lado del cristal, sus gestos son los de una pareja en crisis enfrentada a una ruptura inminente e inevitable. Aunque no se oigan sus palabras, hay algo en la actitud de la mujer que denota crispación: abre los brazos y menea la cabeza, como si el hombre que se halla delante de ella la estuviera defraudando una vez más. El, por su parte, parece inmune a lo que la mujer pueda decirle: la mira con ironía, con un desapego mal disimulado. Su postura rígida, sin embargo, contradice esa indiferencia. La escena sigue así durante unos minutos. Ella insiste, pregunta, exige, saca del bolso una hoja de papel con algo impreso y la tira encima de la mesa; él desvía la mirada y responde con monosílabos. Hasta que de repente algo de lo que ella dice hace mella en él. Resulta obvio al instante, en su semblante ensombrecido, en el puño que se cierra antes de que ambas manos se apoyen, tensas, sobre la mesa; en su manera de levantarse, rápida, como si ya no estuviera dispuesto a soportar nada más. Ella mira por la ventana, pensativa, se vuelve para añadir algo pero él ya se ha ido. La hoja de papel sigue encima de la mesa, entre ambas tazas. Ella la coge, la relee. Luego la dobla con cuidado y vuelve a guardarla en el bolso. Reprime una sonrisa amarga. Y, como si hacerlo le costara un esfuerzo enorme, Joana Vidal se levanta del sillón y camina despacio hacia la puerta.