El verano de los juguetes muertos
- Автор: Hill Toni
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «El verano de los juguetes muertos». Краткое содержание книги:
Los sueños, el trabajo, la familia, la justicio o los ideales tienen un precio muy alto… pero siempre hay gente dispuesta a pagarlo.
La palabra «buhardilla» hace pensar en techos inclinados, vigas de madera y mecedoras viejas, en juguetes olvidados y baúles polvorientos; un espacio íntimo, un refugio. La de la casa de los Castells debía de ser la versión pasteurizada del término: impoluta, de paredes blancas, perfectamente ordenada. Héctor ignoraba el aspecto que había tenido ese cuarto cuando Marc aún vivía, pero ahora, dos semanas después de su muerte, resultaba una prolongación perfecta del ambiente armónico de la planta inferior. Nada viejo, nada fuera de lugar, nada personal. Una mesa de madera clara, vacía, dispuesta en perpendicular a la ventana para aprovechar la luz; una silla cómoda y moderna, casi de oficina; estantes llenos de libros y discos compactos, levemente iluminados por la luz de la tarde que entra por la ventana, situada a media altura. Una estancia impersonal, sin nada destacable. Lo único que evocaba a las buhardillas de verdad era una caja grande, apoyada en la pared que había frente a la mesa.
Héctor se dirigió a la única ventana, la abrió y se asomó. Cerró los ojos e intentó visualizar los movimientos de la víctima: sentado en el alféizar, con las piernas colgando y un cigarrillo en la mano. Un poco bebido, lo justo para que sus reflejos no sean los de siempre, probablemente pensando en la chica que le espera en su cuarto aunque, por lo que parece, sin demasiadas ganas de seguirla a la cama. Quizá esté haciendo acopio de valor para rechazarla, o al revés, tomando aire para darle lo que quiere. Es su momento de paz; unos minutos en los que ordena el mundo. Y, cuando termina el cigarrillo, pasa una pierna hacia el interior con la intención de dar media vuelta. Entonces el alcohol hace su efecto; es un mareo momentáneo, pero fatal. Se echa hacia atrás, sus brazos se agitan en el vacío, el pie del suelo resbala.
Félix Castells se había quedado en el umbral, observándole en silencio. Hasta que Héctor no se apartó de la ventana de nuevo, no cerró la puerta y se dirigió a él.
– Tiene que entender a Gloria, inspector. Todo esto ha sido muy duro para Enric y la niña.
Héctor asintió. ¿Qué había dicho Leire antes? «Al fin y al cabo, ella no es su madre.» Era verdad: la señora Castells podía lamentar 1a. muerte de su hijastro, y sin duda lo hacía, pero sus prioridades estaban con su hija y su marido. Nadie podía reprochárselo.
– ¿Cómo se llevaban?
– Todo lo bien que cabe desear. Marc estaba en una edad complicada y tendía a encerrarse en sí mismo. Nunca fue un chico muy hablador; pasaba horas aquí dentro, o en su cuarto, o patinando. Gloria lo entendía y, en líneas generales, dejaba que Enric se ocupara de su hijo. Eso no es difícil, mi hermano tiende a encargarse de casi todo.
– ¿Y su hermano y Marc?
– Bueno, Enric es un hombre de mucha personalidad. Algunos le describirían como anticuado. Pero quería muchísimo a su hijo, por supuesto, y se preocupaba por él. -Hizo una pausa como si tuviera que ampliar la respuesta y no supiera cómo-. La vida familiar no resulta fácil hoy en día, inspector. No voy a ser tan retrógrado como para añorar otros tiempos, pero está claro que las rupturas y las separaciones provocan… cierto desequilibrio. En todos los afectados.
Héctor no dijo nada y fue hacia la caja. Intuía su contenido, pero se sorprendió: el teléfono móvil de Marc, su ordenador portátil, varios cargadores, una cámara de fotos, cables y un osito de peluche roto, totalmente fuera de lugar entre esos objetos tecnológicos. Lo sacó y se lo mostró al padre Félix Castells.
– ¿Era de Marc?
– Sinceramente, no lo recuerdo. Supongo que sí.
Las pertenencias bien guardadas, metidas en una caja como su dueño.
– ¿Necesita algo más?
La verdad era que no, pensó Héctor. Aun así, la pregunta le salió sin pensar:
– ¿Por qué lo expulsaron del instituto?
– Hace mucho tiempo de eso. No sé de qué puede servir recordarlo ahora.
Héctor no dijo nada; como esperaba, el silencio espoleó las ganas de hablar. Incluso un hombre de la edad de Félix, experto en culpas y absoluciones, se sentía incómodo en él.
– Fue una tontería. Una broma de mal gusto. De muy mal gusto. -Se apoyó en la mesa y miró a Héctor a los ojos-. No sé cómo se le ocurrió algo así, si le soy sincero. Me pareció tan… impropio de Marc. Siempre fue un muchacho más bien sensible, en absoluto cruel.
Si el padre Castells quería intrigarlo, lo estaba consiguiendo, pensó Héctor.
– Había un compañero en la clase de Marc. Óscar Vaquero. Más grueso, poco brillante y -buscó la palabra, que obviamente le incomodaba- un poco… afeminado. -Suspiró y siguió hablando, ya sin pausas-. Al parecer, Marc le grabó desnudo en las duchas y colgó el vídeo en internet. El muchacho estaba… bueno, ya me entiende, excitado, al parecer.
– ¿Se estaba masturbando en el vestuario?
El padre Castells asintió.
– Menuda broma.
– Lo único que puede decirse en favor de mi sobrino es que confesó enseguida que él había sido el autor. Se disculpó con el otro chico y retiró el vídeo a las pocas horas de haberlo colgado. Por eso el centro decidió expulsarlo sólo temporalmente.
Héctor iba a contestar cuando la agente Castro llamó a la puerta y entró sin esperar respuesta. Llevaba una camiseta azul en la mano.
– La han lavado ya, pero es la de la foto. Seguro.
El padre Castells los observaba a ambos desconcertado. Algo cambió en su tono y se incorporó de la mesa. Era un hombre de gran tamaño, diez centímetros más alto que Héctor, que con su metro ochenta no era precisamente bajo, y sin duda treinta kilos más grueso.
– Escuche inspector, Lluís…, el comisario Savall, nos había dicho que se trataba de una visita extraoficial… para tranquilizar a Joana, sobre todo.
– Y así es -repuso Héctor, algo sorprendido al oír el nombre del comisario-. Pero queremos asegurarnos de atar todos los cabos.
– Inspector, mire aquí, en la parte superior de la camiseta, justo debajo del cuello.
Unas manchas rojizas. Podían ser muchas cosas, pero Salgado había visto demasiadas manchas de sangre para no reconocerlas. Su tono también cambió.
– Nos la llevamos. Y -señaló la caja- esto también.
– ¿Qué es lo que se llevan?
La voz procedente de la puerta los sorprendió a todos.
– Enric -dijo Félix, dirigiéndose al recién llegado-, éstos son el inspector Salgado y la agente Castro…
Enric Castells no estaba de humor para presentaciones formales.
– Creía que había dejado claro que no queríamos que nos molestaran más. Ya estuvieron aquí y revolvieron todo lo que quisieron. Ahora vuelven y pretenden llevarse las cosas de Marc. ¿Puedo simplemente preguntar por qué?
– Ésta es la camiseta que llevaba Marc la noche de San Juan -explicó Héctor-. Pero no la que tenía puesta cuando lo encontraron. Por algún motivo se cambió de ropa. Probablemente porque ésta estaba manchada. Y, si no estoy equivocado, las manchas son de sangre.
Tanto Enric como su hermano aceptaron la noticia en silencio.