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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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La señora Bernadette le lanzó una mirada de reconvención, como cuando Kahlan era pequeña. Era como si dijera: «Mira, jovencita, tienes obligaciones, y espero que las cumplas sin armar jaleo».

Aunque lo que dijo fue:

— Todo el mundo esperaba con gran inquietud vuestro regreso, Madre Confesora. Sería un alivio para todos comprobar que estáis bien y a salvo.

Kahlan lo dudaba. Lo que Bernadette quería decir era que sería bueno que Kahlan recordara a todo el mundo que la Madre Confesora seguía viva y continuaba siendo la máxima autoridad. Kahlan suspiró.

— Claro que sí, Bernadette. Gracias por recordarme que la gente temía por mí y estaba preocupada.

Bernadette sonrió al tiempo que inclinaba la cabeza.

— Así es, Madre Confesora.

Mientras el resto de sirvientes salían disparados, Kahlan se inclinó hacia Bernadette y le dijo, bajando la voz:

— Aún recuerdo la época en que me habrías dado un buen azote en el trasero por tener que recordarme tales cosas.

Bernadette sonrió de nuevo.

— Creo que ahora sois demasiado lista para ello, Madre Confesora. —Luego, frotándose el dorso de la mano para eliminar una mota inexistente, preguntó—: ¿Madre Confesora… os acompaña alguna de las otras Confesoras? ¿Regresará pronto alguna de ellas?

Kahlan puso la cara de Confesora, tal como su madre le había enseñado.

— Lo siento, Bernadette, creía que lo sabías. Están todas muertas. Yo soy la última Confesora viva.

Los ojos de Bernadette se llenaron de lágrimas y susurró una oración.

— Que los buenos espíritus estén con ellas ahora y siempre.

— ¿Por qué deberían estarlo? —replicó Kahlan lacónicamente—. No estuvieron con Dennee el día que una cuadrilla la capturó.

Como ya esperaba, en todas las chimeneas de sus aposentos ardía un fuego. Sabía que se habían seguido encendiendo mes tras mes durante su ausencia. En invierno nunca se permitía que los aposentos de la Madre Confesora se enfriaran, por si ésta regresaba sin avisar. En una mesa vio una bandeja de plata con una rebanada de pan del día, una taza de té y un cuenco con humeante sopa picante. La señora Sanderholt sabía que era su favorita.

La sopa picante le trajo el recuerdo de Richard. Recordaba las ocasiones en que ella se la preparó a él, y a la inversa.

Tras dejar en el suelo arco y mochila, Kahlan se encaminó a la otra habitación pisando mullidas alfombras. A los pies de su lecho acarició con aire ausente una de las grandes columnas de madera pulida, recordando que se suponía que debía de estar allí con Richard. El día que llegaran a Aydindril ya estarían casados. Kahlan le había prometido que compartirían su enorme lecho.

Su corazón rebosaba alegría el día en que decidieron casarse y regresar juntos a Aydindril como marido y mujer. Una lágrima se le escapó. Sentía un ardiente dolor que le abrasaba el pecho. Inspiró profundamente y se enjugó esa lágrima con los dedos.

Entonces se dirigió a las puertas de cristal del amplio balcón y las abrió. Posó una temblorosa mano sobre la ancha barandilla, que estaba helada, y contempló la ladera en la que se alzaba el Alcázar del Hechicero. Sus oscuros muros de piedra destacaban bajo los dorados rayos de sol del atardecer.

— ¿Dónde te has metido, Zedd? —susurró—. Te necesito.

El hombre se despertó sobresaltado al resbalar y golpearse la cabeza. Entonces se incorporó y parpadeó. Una anciana de pelo liso blanco y negro estaba sentada frente a él, encogida en un rincón. Ambos se hallaban en el interior de un carruaje. El vehículo hizo un movimiento brusco, lanzando al hombre al otro lado. La mujer miraba fijamente en su dirección. El hombre parpadeó, sorprendido; la mujer tenía los ojos totalmente blancos.

— ¿Tú quién eres? —preguntó él.

— ¿Quién eres tú? —repuso ella al punto.

— Yo he preguntado primero.

— Yo… —La mujer se cubrió el elegante vestido verde con una capa—. No lo sé. ¿Quién eres tú?

El interpelado alzó un dedo.

— Yo soy… soy… —Entonces lanzó un débil suspiro—. Me temo que yo tampoco sé quién soy. ¿Te parezco alguien a quien conozcas?

La mujer se abrigó mejor con la capa.

— No lo sé. Soy ciega. No veo cómo eres.

— ¿Ciega? Oh, vaya. Lo siento.

El hombre se frotó la cabeza donde se había golpeado contra un costado del carruaje. Al bajar la vista vio que iba vestido con elegancia, con una túnica granate con mangas negras y tres hileras de brocado plateado alrededor. «Bueno —se dijo—, al menos debo de ser un hombre acomodado.»

Entonces recogió del suelo un bastón negro y examinó su excelente trabajo de platería. Se volvió y golpeó con él el techo para llamar la atención del cochero sentado arriba. La anciana se asustó y dio un brinco.

— ¡Qué es ese ruido!

— Oh, lo siento. Trataba de llamar la atención del cochero.

Lo logró, pues el carruaje se detuvo y luego se balanceó como si alguien se apeara de él. Cuando la puerta se abrió y el anciano vio el tamaño del cochero, vestido con un abrigo hasta los pies, que asomaba la cara enrojecida por efecto del viento, aferró el bastón y retrocedió en el asiento.

— ¿Quién eres tú? —preguntó blandiendo el bastón.

— ¿Yo? Un idiota, ése soy yo —gruñó el hombretón. Su rostro surcado por profundas arrugas se suavizó al esbozar una ligera sonrisa—. Me llamo Ahern.

— Bueno, Ahern, ¿qué haces con nosotros? ¿Nos has secuestrado? ¿Nos tienes prisioneros hasta que te paguen un rescate?

Ahern se rió entre dientes.

— Más bien es al revés.

— ¿Qué quieres decir? ¿Cuánto tiempo hemos dormido? ¿Y quiénes somos?

Ahern alzó la mirada al cielo.

— Queridos espíritus, ¿cómo me meto en estos líos? —El cochero suspiró y explicó—: Ambos habéis dormido desde ayer por la tarde. Habéis dormido toda la noche y todo el día de hoy. Tú te llamas Ruben. Ruben Rybnik.

— ¿Ruben? —El anciano carraspeó—. Ruben. Me gusta. Es un bonito nombre.

— ¿Y yo quién soy? —inquirió la mujer.

— Tú eres Elda Rybnik.

— ¿Tú también te apellidas Rybnik? —saltó Ruben—. ¿Somos parientes?

Ahern vaciló.

— Sí y no. Vosotros dos sois marido y mujer. Bueno, más o menos.

Ruben se inclinó hacia el hombretón.

— Me parece que eso requiere una explicación.

Ahern suspiró y asintió con la cabeza.

— Tú te llamas Ruben y ella es Elda. Pero ésos no son vuestros nombres reales. Tú mismo me dijiste que, por el momento, sería mejor que no os dijera vuestros verdaderos nombres.

— ¡Nos has secuestrado! ¡Nos has dado un golpe en la cabeza y nos has hecho prisioneros!

— Cálmate y te lo explicaré.

— Hazlo antes de que te estrelle el bastón en la cabeza.

— No vale la pena —murmuró Ahern para sí—. ¿Cómo me habré metido en este lío? Oro, claro, por eso —se respondió a sí mismo.

El cochero se subió al vehículo y se sentó junto a Ruben. Entonces cerró la puerta para que no entrara la nieve que seguía cayendo.

— Por favor, entra y siéntate —dijo Ruben sarcásticamente.

Ahern se aclaró la garganta.

— Bueno, ahora escuchadme los dos. Ambos os pusisteis enfermos y me contratasteis para llevaros a ver a las tres mujeres. —El hombre se inclinó hacia Ruben y añadió en tono de desaprobación—. Eran tres brujas.

— ¡Hechiceras! —exclamó Ruben—. ¡No es de extrañar que no sepamos quiénes somos! ¡Nos entregaste a las brujas para que nos echaran un conjuro!

El cochero lo tranquilizó poniéndole una mano encima.

— Estate quieto y escucha. Tú eres un mago. —Ruben miró a Ahern boquiabierto—. Y ella es una hechicera —agregó, señalando a Elda.

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