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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Un grupo de hombres se habían reunido alrededor del sitial. Kahlan calculó que estaría presente la mitad del Consejo. Mientras caminaba atravesando las largas bandas de luz solar sobre el suelo de mármol, que formaba dibujos, las cabezas empezaron a seguir su avance.

Alguien ocupaba el sitial. Aunque en los últimos tiempos no se había aplicado, que un consejero ocupara el sitial era castigado con la pena capital. Era equivalente a una revolución. La conversación enmudeció con la llegada de Kahlan.

Quien ocupaba el sitial era el príncipe heredero de Kelton, Fyren. Tenía los pies encima del escritorio y no los apartó al verla. Tenía los ojos puestos en ella, pero escuchaba a un hombre barbudo de pelo negro liso y algunos mechones de pelo gris, que susurraba algo inclinado hacia él. Llevaba una sencilla túnica y tenía las manos metidas en las mangas. A Kahlan le extrañó que un consejero se vistiera como un mago.

El príncipe Fyren enarcó las cejas, encantado.

— ¡Madre Confesora! —Con deliberada lentitud bajó las brillantes botas de encima del escritorio y se levantó. Entonces apoyó las manos en la mesa, se inclinó hacia adelante y la miró desde arriba—. ¡Qué alegría veros de nuevo!

Antes, a Kahlan siempre la había acompañado un mago, pero ahora estaba sola, sin protección. En esas circunstancias no podía permitirse mostrarse timorata ni vulnerable.

Así pues, lanzó una iracunda mirada al príncipe y le amenazó:

— Si os vuelvo a ver sentado en el sitial de la Madre Confesora, os mataré.

El hombre se irguió. Sonreía con suficiencia.

— ¿Usaríais vuestro poder contra un consejero?

— Os rebanaría el pescuezo con mi cuchillo, en caso necesario.

El hombre ataviado con la túnica la miró con ojos oscuros indiferentes. Los demás consejeros palidecieron.

El príncipe Fyren se abrió el abrigo azul oscuro que llevaba y apoyó una mano en la cadera.

— No pretendía ofenderos, Madre Confesora. Habéis estado fuera mucho tiempo y ya os dábamos por muerta. No ha habido ninguna Confesora en palacio desde hace… ¿cuánto? —El príncipe miró a algunos de los presentes—. ¿Cuatro, cinco, seis meses? —Con la mano aún en la cadera, le dedicó un florido gesto con la otra—. No pretendía ofenderos, Madre Confesora. Os devuelvo vuestro sitial, por supuesto.

Kahlan miró a los consejeros reunidos.

— Es tarde. El Consejo se reunirá en sesión plenaria mañana a primera hora. Requiero la presencia de todos los consejeros. La Tierra Central está en guerra.

— ¿En guerra? —El príncipe Fyren levantó una ceja—. ¿Con qué autoridad? El Consejo no ha discutido un asunto de tamaña importancia.

Kahlan paseó la mirada por todos los consejeros hasta finalmente posarla en el príncipe.

— Con mi autoridad de Madre Confesora. —Los reunidos empezaron a cuchichear entre sí. Fyren no apartaba la mirada de ella. Kahlan fulminó con la mirada a quienes cuchicheaban y les ordenó—: Quiero ver a todos los consejeros aquí mañana a primera hora. Ahora podéis retiraros, caballeros.

Dicho esto, giró sobre sus talones y abandonó la sala. No reconocía a ninguno de los guardias que se iba encontrando, aunque ya se lo esperaba, pues sabía por Zedd que la mayoría de la milicia local había perecido cuando Aydindril sucumbió ante D’Hara. No obstante, echaba de menos esas caras conocidas.

El centro del Palacio de las Confesoras estaba dominado por una monumental escalinata de ocho tramos y cuatro pisos de altura, iluminada por la luz natural que entraba por el techo de cristal. La amplia estructura estaba rodeada a media altura por corredores con arcos, separados éstos por brillantes columnas de oro multicolor y mármol verde, apoyadas sobre pedestales cuadrados decorados con un medallón de uno de los pasados gobernantes de uno de los países de la Tierra Central. Los centenares y centenares de relucientes balaustres en forma de jarrón habían sido tallados a partir de piedra de un suave color amarillo que parecía poseer un fulgor propio. Las columnas de la escalera eran cuadradas, de granito color marrón oscuro, casi tan altas como Kahlan y estaban rematadas todas ellas por una lámpara de pan de oro. Intrincados paneles de molduras denticuladas rodeaban la parte superior de los capiteles, cubiertos más abajo por floridas tallas. En el descansillo central podían admirarse las estatuas de ocho Madres Confesoras. Kahlan había visto palacios modestos que cabrían en el espacio que ocupaba esa escalinata.

Se había tardado cuarenta años en construir esa monumental escalinata y la habitación que contenía. Los gastos habían sido sufragados enteramente por Kelton, a modo de indemnización por haberse opuesto a la unión de los diferentes países de la Tierra Central y la guerra que tal oposición generó. Asimismo se decretó que ningún líder de Kelton sería honrado jamás con un medallón en la base de las columnas. La escalinata estaba dedicada al pueblo de la Tierra Central, para honrar a sus habitantes y no a quienes la construyeron como castigo. Ahora Kelton era un poderoso país de la Tierra Central que gozaba de una buena posición, y a Kahlan le parecía ridículo seguir castigando a un pueblo por actos cometidos por sus antepasados siglos atrás.

Tras dejar atrás el descansillo central y empezar a subir el segundo tramo de escaleras hacia su dormitorio, vio a un grupo de sirvientes que la esperaban en lo alto de la escalera. Cuando la mirada de la Madre Confesora se posó sobre ellos, todos agacharon la cabeza. Kahlan era consciente de lo absurdo de la escena. Casi una treintena de personas pulcras, peinadas y relucientes, ataviadas con uniformes limpios y almidonados, que se inclinaban ante una mujer sucia, cubierta por pellejos de lobo, que acarreaba un arco y una pesada mochila. Bueno, eso solamente podía significar que la noticia de su llegada ya se había difundido por todo el palacio. Probablemente, incluso el jardinero del más aislado invernadero ya sabía que la Madre Confesora había regresado al hogar.

— Levantaos, hijos míos —dijo Kahlan al llegar a lo alto de la escalinata. Los sirvientes retrocedieron para dejarle paso.

Y entonces empezaron a atosigarla: ¿deseaba la Madre Confesora un baño o un masaje?, ¿querría que le lavaran el pelo y se lo peinaran?, ¿le gustaría que le hicieran la manicura?, ¿deseaba recibir peticionarios o ver a sus consejeros?, ¿deseaba escribir una carta? Kahlan fue asaltada por una lista de preguntas sobre lo que le gustaría, lo que deseaba, quería, necesitaba u ordenaba.

— Bernadette, quisiera darme un baño —dijo, dirigiéndose a la jefa del servicio—. Nada más. Sólo un baño.

Dos mujeres corrieron a prepararle el baño.

Involuntariamente, Bernadette echó un rápido vistazo al atuendo de Kahlan.

— ¿Desea la Madre Confesora que se limpie o se zurza alguna prenda? —preguntó la mujer.

Kahlan pensó en el vestido azul que llevaba en la mochila.

— Sí, alguna supongo. —Entonces recordó el resto de su ropa, toda ella empapada en sangre de las batallas en las que había participado—. Mejor dicho, tengo un montón de cosas para lavar.

— Sí, Madre Confesora. ¿Deseáis que os prepare vuestro vestido blanco para esta noche?

— ¿Para esta noche?

Bernadette se sonrojó.

— Ya se han enviado mensajeros al Bulevar de los Reyes, Madre Confesora. Todo el mundo querrá daros la bienvenida a casa.

Kahlan gruñó. Estaba muerta de cansancio y lo último que deseaba era recibir a nadie, alabar a las mujeres por su peinado o a los hombres por el corte de sus ropas, escuchar con paciencia las súplicas que invariablemente implicaban la distribución de fondos y que siempre trataban de dar la impresión de que quien las planteaba no buscaba su beneficio personal, sino únicamente justicia en una situación en la que estaba envuelto.

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