La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Richard usó la misma excusa de las flores en otras áreas restringidas, o aducía que deseaba contemplar la vista del mar desde lo alto de un muro en particular. Para tranquilizar a los guardias y calmar sus recelos, procuraba estar siempre bien a la vista.
Al poco tiempo todos los guardias estaban ya acostumbrados a sus incursiones y Richard podía ir y venir cuando se le antojara. Era su amigo; un amigo valioso en el que se podía confiar.
Puesto que disponía de tantas flores exóticas de las áreas restringidas, decidió usarlas en su favor; se las regalaba a las Hermanas que practicaban con él. Al principio el regalo las dejaba desconcertadas. Pero Richard les explicó que consideraba especiales a las Hermanas que practicaban con él y que, por tanto, no podía regalarles una flor cualquiera sino que tenían que ser también especiales y muy difíciles de conseguir. Además de ruborizarlas, tal explicación lograba desarmarlas y echar por tierra las sospechas que inevitablemente despertarían sus frecuentes visitas a las zonas restringidas.
Aunque, según sus cálculos, en palacio vivían unas doscientas Hermanas, solamente seis trabajaban con él.
Las hermanas Tovi y Cecilia eran mayores y tan amables como dos entrañables abuelas. Tovi siempre llevaba galletitas u otra cosa especial a sus sesiones, mientras que Cecilia insistía en peinarle con los dedos para dejarle la frente despejada, y antes de marcharse le daba un beso en ella. Ambas se sonrojaban hasta la raíz de los cabellos cuando Richard les regalaba flores exóticas. Al joven le costaba mucho pensar en ellas como enemigas potenciales.
La primera vez que la hermana Merissa apareció en su puerta, Richard se quedó sin habla. Su pelo oscuro y sus opulentas formas cubiertas por un vestido rojo lo hicieron tartamudear como un pobre tonto. La hermana Nicci, que siempre vestía de negro, causaba el mismo efecto en él. Cada vez que clavaba en él sus ojos azules, Richard casi se olvidaba de respirar.
Estas Hermanas eran mayores que Pasha —más o menos de la edad de Richard o un poco más— y se conducían con seguridad y pausada gracia. Aunque Merissa era morena y Nicci rubia, ambas parecían cortadas por el mismo extraordinario patrón.
Las dos parecían relucir por el poder del han que emanaba de ellas. A veces Richard tenía la impresión de que oía cómo el aire crepitaba a su alrededor. Ninguna de ellas caminaba; ambas se deslizaban como cisnes, frías y serenas. No obstante, Richard estaba seguro de que eran capaces de fundir hierro con su plácida mirada.
Nunca sonreían abiertamente, sino que solamente se dignaban esbozar leves sonrisas contenidas, y sólo cuando lo miraban a los ojos. Entonces Richard sentía que el corazón le latía más rápido.
En una ocasión ofreció a la hermana Nicci una de las exóticas flores de un área restringida. La explicación de dónde la había conseguido y del porqué se le fue de la cabeza. La Hermana tomó con cautela la rosa blanca entre el índice y el pulgar, como si temiera contaminarse, y mirándolo a los ojos le dirigió una de sus típicas sonrisas contenidas y le dio las gracias en tono indiferente. Richard recordó que Pasha le había contado que algunos chicos regalaban ranas a las Hermanas. Desde entonces nunca más volvió a regalar flores ni a la hermana Nicci ni a la hermana Merissa. Cualquier cosa que no fuese una joya de valor incalculable sería un insulto.
Ni una ni la otra daban las clases sentadas en el suelo. De hecho, la mera idea de que las hermanas Nicci o Merissa se sentaran en el suelo se le antojaba ridícula. Las hermanas de más edad, Tovi y Cecilia, sí lo hacían, al igual que Pasha, y en ellas le parecía algo perfectamente natural. Las hermanas Nicci y Merissa se sentaban en una silla y le cogían las manos sobre una mesilla. Era muy erótico, y Richard sudaba.
Ambas hablaban con una plácida economía de palabras que añadía un aire de nobleza a su comportamiento. Aunque ninguna de ellas se le insinuó directamente, de algún modo lograron transmitir a Richard la seguridad de que estaban disponibles para pasar la noche con él. Richard nunca pudo hallar nada específico en sus palabras que confirmara tal impresión, pero no tenía ninguna duda. Por el hecho de tratarse de insinuaciones veladas, Richard podía fingir no entenderlas, y ellas nunca se rebajaron al nivel de esclarecerlas.
El joven rezaba para que nunca le hicieran una oferta explícita, pues sabía que en ese caso tendría que morderse la lengua hasta partirla en dos para no decir que sí. Ambas le hacían pensar en las palabras de Pasha sobre los irrefrenables impulsos masculinos. Era la primera vez que Richard conocía a una mujer que lo hiciera tartamudear y comportarse con tal torpeza, que parecía tonto. Las hermanas Nicci y Merissa eran la encarnación de la lujuria en su estado más puro.
Cuando Pasha supo que Merissa y Nicci eran dos de sus maestras, se encogió de hombros levemente y dijo que ambas tenían mucho talento y que estaba segura de que lo ayudarían a alcanzar su han. No obstante, se ruborizó.
Y cuando Perry e Isaac supieron que Merissa y Nicci eran dos de sus maestras, estuvieron a punto de tener una apoplejía. Ambos afirmaron que renunciarían para siempre a todas las mujeres de la ciudad por pasar una sola noche con una o con otra. Añadieron que, si algún día se le ofrecía la oportunidad, no podía rechazarla y que después querrían saber todos los detalles. Richard les aseguró que unas mujeres como ésas nunca se fijarían en un guía de bosque como él.
No osó decir en voz alta que ya se le habían ofrecido.
La quinta Hermana, Armina, era una mujer mayor y madura bastante agradable, aunque iba siempre derecha al grano. En vista de que Richard no tenía más suerte con ella que con las otras en encontrar su han, la Hermana lo tranquilizó, le dijo que con el tiempo lo conseguiría y que no debía preocuparse, aunque añadió que debía intentarlo con mayor ahínco. El regalo de las flores la sorprendió y la halagó. Su propia reacción aumentó su rubor. A Richard le gustaba por tener una personalidad sin dobleces.
La última, la hermana Liliana, era su favorita. Su fácil sonrisa lo desarmaba, y aunque era poco agraciada y huesuda, Richard la encontraba muy seductora justamente por su carácter abierto y su simpatía. Trataba a Richard como a un confidente. En su compañía Richard se sentía relajado. A veces pasaba con ella más tiempo del que podía permitirse y charlaban hasta bien entrada la noche, solamente por el placer de disfrutar de su compañía. Aunque no tenía amigas entre sus carceleras, Liliana era la que más se acercaba.
Cuando Richard le regaló una de sus especiales flores, ella se apartó el pelo castaño detrás de una oreja y se inclinó hacia él. Con mirada traviesa le preguntó cómo había logrado burlar a los guardias, y se rió al oír la historia que Richard se había inventado sobre deslizarse a hurtadillas a espaldas de los soldados. Liliana, muy orgullosa, se ponía la rosa en un ojal y la llevaba hasta que se marchitaba o Richard le regalaba otra.
Cuando lo tocaba en gesto amistoso era algo natural. Richard se descubrió poniéndole una mano sobre el brazo igual que cuando le contaba alguna anécdota de sus tiempos de guía de bosque. Ambos se reían a carcajadas hasta que los ojos se les llenaban de lágrimas y tenían que sujetarse las costillas.
La hermana Liliana le contó que se había criado en una granja y que le encantaba el campo. Richard la invitó varias veces a una comida campestre en las colinas. Liliana se sentía cómoda y feliz en la naturaleza y no le importaba ensuciarse el vestido. Richard no podía imaginarse ni a la hermana Merissa ni a la hermana Nicci poniendo uno de sus pies en la tierra, pero la hermana Liliana se dejaba caer al suelo junto a él sin hacer remilgos.
Liliana nunca se le insinuó, lo cual contribuyó mucho a que Richard se sintiera cómodo con ella. La Hermana nada sabía de fingimientos; realmente parecía disfrutar del tiempo que pasaba con él. Cuando Richard abría los ojos al final de la sesión y admitía que no había sentido su han, Liliana le apretaba las manos y le decía que no pasaba nada, que la próxima vez se esforzaría más por ayudarlo.