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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Richard le contaba cosas que no decía a las demás. Cuando le confesó con qué anhelo deseaba librarse del rada’han, la Hermana le puso una mano sobre el brazo y, guiñándole un ojo, le prometió que procuraría complacerlo y que, llegado el momento, ella misma se lo quitaría. Pero añadió que antes de siquiera pensar en eso debía poner todo su empeño en aprender a controlar su han, y que ella confiaba en que lo lograría.

Luego dijo que otros muchachos trataban de olvidarse del collar acostándose con cualquier mujer disponible. La hermana Liliana comprendía que tenían necesidades, pero esperaba que si él decidía acostarse con una mujer sería porque le gustara de verdad y no para tratar de olvidar el rada’han. También le aconsejó que no tuviera tratos con prostitutas, pues eran sucias y podrían contagiarle algo.

Richard le confesó que estaba enamorado de una mujer y no quería serle infiel. La Hermana sonrió ampliamente, le dio una palmadita en la espalda y afirmó sentirse orgullosa de él. Richard no le contó que Kahlan le había enviado lejos, aunque deseaba hacerlo. Algún día, cuando no aguantara más, se lo diría a Liliana y ella lo comprendería.

Dado que se sentía tan cómodo en compañía de Liliana, tenía la impresión de que si había alguien capaz de ayudarlo a encontrar su han era ella. Deseaba que así fuera. Richard solamente había tenido un hermano y no sabía qué era tener una hermana, pero se imaginaba que de tener una sería como Liliana. Para él el título de Hermana aplicado a Liliana tenía un significado distinto del de las demás. Ella era como su alma gemela.

No obstante, algo le impedía abrirse totalmente a ella. Las Hermanas eran sus carceleras, no sus amigas. De momento, eran el enemigo, pero sabía que, cuando llegara el momento, Liliana estaría a su lado.

Las lecciones de Richard con las seis Hermanas le ocupaban como mucho dos horas al día que, en lo que a él respectaba, eran un desperdicio. No se hallaba más cerca de tocar su han que la primera vez que lo había intentado con la hermana Verna.

Cuando estaba solo aprovechaba para explorar los alrededores de palacio y descubrir hasta dónde llegaba su invisible cadena. Al llegar a la distancia límite que le permitía el rada’han sentía como si tratara de atravesar un muro de barro y piedra de tres metros de grosor. Era frustrante ver más allá, sin impedimentos, pero no poder seguir caminando.

Le sucedía a la misma distancia de palacio en cualquier dirección. Podía alejarse bastantes kilómetros, pero una vez que averiguó dónde estaba el límite, empezó a sentirse encerrado.

El día que descubrió su frontera, los límites de su prisión, fue al bosque Hagen y mató a otro mriswith.

Su único solaz de verdad era Gratch. Richard pasaba con él casi todas las noches. Luchaba con su peludo amigo, comía con él y dormía con él. Richard cazaba para Gratch, aunque el gar estaba aprendiendo a cazar por su cuenta. Fue un alivio para Richard, pues no tenía tiempo para estar con él cada noche. Hambriento o no, Gratch siempre se quedaba destrozado cuando una noche Richard no aparecía.

Al joven le preocupaba que Pasha pudiera localizarlo en todo momento gracias al rada’han, pero por casualidad descubrió una nueva capacidad de la capa del mriswith; lo ocultaba de Pasha. Cuando llevaba la capa, Pasha no podía localizarlo con su han.

Esas desapariciones la tenían perpleja, aunque se lo tomaba con filosofía; se decía que debía existir una explicación y que un día se le ocurriría. Pasha creía que se trataba de algún tipo de deficiencia por su parte y Richard nunca la sacó de su error.

Se daba cuenta de que ésa era la razón por la que nadie con el don se había apercibido nunca de la proximidad de un mriswith. Richard se preguntaba por qué él lo veía en su mente. Tal vez la hermana Verna tenía razón y estaba usando su han. Pero tanto Hermanas como magos sabían cómo usar su han y ninguno de ellos era capaz de detectar un mriswith.

Richard se sintió mucho mejor al saber que podía ir donde le apeteciera sin que Pasha supiera dónde estaba; le ahorraba tener que inventar excusas. Como le preocupaba que si Pasha descubría algún día la razón destruyera la capa, escondió otra por si acaso.

Cada vez que veía a Gratch, parecía haber crecido. Al final de su primer mes en palacio el gar ya era una cabeza más alto que él y bastante más fuerte. Cuando luchaban, Gratch tenía que ir con cuidado para no hacerle daño.

Richard también pasaba parte de su tiempo con Warren, al que ayudaba a acostumbrarse a estar en el exterior. Al principio lo llevaba a los patios de palacio de noche. Warren le había confesado que la magnitud del cielo y la extensión del paisaje lo asustaban, por lo que Richard pensó que de noche vería menos paisaje y tendría menos de lo que asustarse.

Warren le contó que las Hermanas lo habían tenido tanto tiempo bajo tierra, en las criptas, que se había acostumbrado a estar encerrado entre cuatro paredes, pero que ya se había hartado. Richard sentía lástima por él y quería ayudarlo. Sentía hacia el joven mago una genuina simpatía. Era una de las personas más inteligentes que conocía. Había pocas cosas que Warren no supiera.

Warren se ponía nervioso al alejarse de la seguridad del palacio, pero la presencia de Richard lo tranquilizaba y, además, nunca se reía de sus temores. Richard siempre se mostraba considerado y nunca lo obligaba a ir más allá si no se sentía cómodo. A decir de Richard, era como alguien que resulta herido y debe guardar cama un tiempo; luego cuesta recuperar los músculos anquilosados.

Después de unas cuentas semanas de salidas nocturnas, Richard empezó a acompañar a Warren en excursiones diurnas, primero sólo hasta las murallas para contemplar la inmensidad del cielo y el océano. Warren no se alejaba nunca de una escalera que condujera de vuelta a palacio, lo que le daba la seguridad de tener cerca una ruta de escape en caso necesario. Unas pocas veces tuvo que tomarla, y en esos casos Richard lo acompañó adentro y habló con él de otras cosas para que no pensara en la incómoda sensación que lo había asaltado. Richard le hacía llevar afuera un libro, para así distraerse leyendo y olvidarse del tamaño del cielo.

Un día muy soleado, cuando Warren ya se sentía cómodo al aire libre, Richard decidió hacer la prueba de llevarlo a las colinas. Al principio Warren se mostraba algo aturdido, pero cuando se sentaron en una roca desde la que se dominaba la campiña y la ciudad, Warren afirmó que creía que ya había dominado su miedo. Reconoció que aún se sentía nervioso, pero que tenía el miedo bajo control.

Ante el vasto paisaje que se extendía a sus pies, el joven sonrió, disfrutando de la vista que sus temores le habían impedido contemplar hasta entonces. Richard le dijo que estaba contento de haber podido ser su guía fuera de su madriguera de topo. Warren se echó a reír.

Warren declaró que necesitaba un poco de aventura en su vida y que ése sería el comienzo.

En cuanto a su investigación, apenas había podido encontrar información. Solamente había podido hallar algunas referencias en libros antiguos que hablaban del valle de los Perdidos y de los baka ban mana, pero lo poco descubierto era intrigante. A cambio de arrebatarles la tierra, los hechiceros habían otorgado a los baka ban mana el poder que en el futuro les permitiría recuperarla. Se decía que cuando el vínculo se uniera al poder de su guía espiritual, las torres caerían.

Richard recordó que Du Chaillu le había llamado Caharin, y que ahora eran marido y mujer. Eso podía entenderse como vínculo. Tal vez, con el paso del tiempo la palabra vínculo había sido entendida como matrimonio, cuando en realidad se refería a otra cosa.

Mientras contemplaban el vasto paisaje, Warren dijo:

— La Prelada ha estado leyendo profecías e historias que hablan del «guijarro en el estanque».

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