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La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)

Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:

Tras derrotar a Rahl el Oscuro, Richard se dispone a disfrutar de la máxima recompensa a la que podría aspirar, el amor de Calan. Pero, inadvertidamente, el joven rasgó el velo que separa el mundo de los vivos del de los muertos y ahora debe enfrentarse al mal supremo, al temible Custodio del inframundo, que intenta escapar.

Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
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Pues claro que Kahlan había luchado por él. Más de una vez había arriesgado su vida por él. ¿Cómo podía Pasha saber los terrores que Kahlan había afrontado valerosamente y había vencido? Pasha no le llegaba ni a la suela de los zapatos a Kahlan.

Richard se volvió a guardar el mechón en un bolsillo y desechó los pensamientos sobre Kahlan. No podía soportar esa pena. Tenía otras cosas que hacer.

Fue a la alcoba, colocó bien el espejo de cuerpo entero con marco de madera de fresno y luego fue a buscar la mochila de un rincón. De ella sacó la capa negra del mriswith y se la echó sobre los hombros. Entonces fue a mirarse al espejo.

Parecía una capa normal y corriente. Y bastante bonita, por cierto. El corte y la longitud eran las correctas; el mriswith era más o menos de su talla. El tejido era pesado y de un negro azabache, casi tanto como la piedra noche que Adie le había dado para cruzar el paso, casi tan negro como las cajas del Destino. Casi tan negra como la noche eterna.

Pero lo que lo tenía intrigado no era el buen corte de la prenda.

Richard retrocedió hacia la pared de un marrón claro. Se echó la capucha alrededor del rostro y cerró la capa. Mientras contemplaba su imagen en el espejo, se concentró en la pared de detrás.

En un abrir y cerrar de ojos su imagen desapareció.

La capa había adoptado el color de la pared del fondo, de modo que solamente podía a verse a sí mismo de pie contra ella si se fijaba mucho en los contornos de la prenda. Si se movía, resultaba un poco más sencillo distinguir su forma contra la pared. Pese a que la capa no le cubría el rostro por completo, de algún modo la magia de la prenda, o más probablemente la magia de la prenda unida a la suya propia servían para enmascararla, envolviéndola asimismo en el color que lo ocultaba.

Eso explicaba que nadie se pusiera de acuerdo sobre de qué color era un mriswith.

Richard movió objetos a su espalda para descubrir qué efecto producía. Cuando se colocó mitad contra la pared mitad contra la silla sobre la que había arrojado el manto rojo, la capa imitó de manera bastante convincente tanto el color como la forma del manto. Aunque no era tan perfecto como cuando estaba delante de la pared, si no se movía nadie podría verlo.

El movimiento distorsionaba las imágenes complicadas que creaba la capa para adaptarse al entorno, aunque incluso así engañaba a la vista. Pero si se estaba quieto se desvanecía por completo delante de cualquier cosa. A veces el efecto que causaba mareaba. Cuando dejaba de concentrarse, la capa se tornaba negra.

Mientras se miraba en el espejo, ataviado con una sencilla capa negra, Richard se dijo que le iba a ser muy útil.

56

Las semanas fueron pasando, y Richard no tenía ni un momento de descanso.

Recordaba que Kahlan y Zedd le habían dicho que apenas quedaban magos con el don en la Tierra Central. No era de extrañar, pues al parecer todos ellos estaban en el Palacio de los Profetas. Allí vivían más de un centenar de adolescentes y muchachos. Por lo que Richard pudo descubrir, un buen número de los más mayores procedían de la Tierra Central y otros incluso de D’Hara.

El hecho de haber matado a un mriswith había hecho a Richard célebre entre los más jóvenes. Los más persistentes eran Kipp y Hersh, que lo seguían adondequiera que fuese, rogándole oír el relato de sus aventuras. Mientras que a veces hacían gala de una madurez rayana en sabiduría más propia de ancianos, otras veces no parecían interesados en otra cosa que en hacer diabluras, como todos los muchachos.

Por lo general las víctimas de sus travesuras eran las Hermanas. Nunca se cansaban de inventar nuevas bromas contra ellas, que normalmente tenían algo que ver con agua, barro o reptiles. Cuando los pillaban con las manos en la masa, a veces alguna Hermana explotaba, pero pronto los perdonaba. Por lo que Richard sabía, raramente el castigo iba más allá de un severo sermón.

Al principio los muchachos trataron de incluir a Richard entre sus víctimas. Pero Richard estaba muy ocupado y no tenía ni el tiempo ni la paciencia para aguantar bromas. Los chicos aprendieron pronto que Richard no se mostraba remiso ni lento a la hora de aplicar correctivos, por lo que éste se libró de sus cubos de agua.

El hecho de marcar límites le ganó la admiración de Kipp y Hersh. Los chicos parecían ansiosos de disfrutar de compañía masculina de más edad. Richard los recompensaba contándoles aventuras o, a veces, cuando iba de un lugar a otro y su presencia no le entorpecía, les enseñaba cosas sobre el bosque, sobre rastros y animales.

Kipp y Hersh deseaban estar a buenas con Richard, por lo que cuando éste quería o necesitaba estar solo, bastaba un gesto con el dedo o la cabeza para que los muchachos desaparecieran. Cuando estaba con Pasha, lo que implicaba que no podía hacer tareas más importantes, solía permitirles que revolotearan alrededor. Pese a sentirse frustrada por no poder estar nunca a solas con Richard, Pasha se alegraba de que gracias a él, Kipp y Hersh la hubieran borrado de su lista de objetivos. Era un alivio no encontrarse sus mejores vestidos empapados ni descubrir una serpiente en un chal.

De vez en cuando Richard les pedía que le hicieran recados sin importancia, sólo para ponerlos a prueba. Tenía planes para sus talentos.

Los otros jóvenes aprendices de mago deseaban enseñar a Richard la ciudad. Dos, Perry e Isaac, quienes vivían también en la Residencia Guillaume, lo llevaron hasta la taberna de la ciudad que frecuentaban la mayoría de los guardias, por lo que poco después pudo invitar a Kevin Andellmere a la cerveza que le prometiera.

Richard descubrió que muchos de los jóvenes no dormían en el palacio, sino en algunas de las lujosas posadas alrededor de la ciudad. No tardó mucho en saber por qué. Al igual que a él las Hermanas les proporcionaban dinero, y ellos no dudaban en gastárselo a manos llenas. Iban vestidos como príncipes y se alojaban en las mejores habitaciones.

No faltaban mujeres dispuestas a compartir con ellos tanto lujo. Mujeres asombrosamente hermosas.

Cuando iba a la ciudad con Perry e Isaac no tardaban en estar rodeados de mujeres atractivas. Richard jamás había conocido a mujeres tan descaradas. Cada noche los jóvenes seleccionaban a una de ellas, a veces a varias, les compraban un regalo —un vestido o una chuchería—, y luego desaparecían con ellas en sus aposentos.

Los dos le dijeron que si no quería molestarse en comprar regalos simplemente podía acudir a un burdel, pero le aseguraron que las prostitutas no eran ni mucho menos tan jóvenes ni atractivas como las mujeres que los abordaban en la calle. No obstante, tuvieron que admitir que a veces, cuando no estaban de humor de ser amables para lograr favores sexuales, iban a los burdeles.

El rada’han atraía a las mujeres como la miel a las abejas. Richard empezaba a ver bajo una nueva luz el comentario de la hermana Verna en el sentido de que pronto encontraría otro par de bonitas piernas. Perry e Isaac creían que estaba loco por rechazar todas las ofertas, y en ocasiones Richard se preguntaba si acaso no tendrían razón.

Cuando les preguntó si no temían que los padres de esas muchachas les rompieran el cráneo, ellos dos rieron y le contestaron que a veces eran los propios padres quienes les ofrecían a sus hijas. Richard, escandalizado, les preguntó entonces si no les preocupaba dejar embarazada a una mujer a la que ni siquiera conocían. Pero Perry e Isaac le explicaron que, en caso de «accidente», el palacio se hacía cargo de la mujer, del niño e incluso de toda la familia.

Al ser preguntada por la razón de tan extraña convención, Pasha cruzó los brazos sobre los senos y le dio la espalda para explicarle que los hombres tenían impulsos incontrolables que podían ser un estorbo en sus estudios, por lo que las Hermanas los animaban a que satisficieran sus necesidades. Era por eso por lo que ella no lo acompañaba cuando iba a la ciudad por la noche; porque tenía prohibido interferir con sus… necesidades.

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