La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #2
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Piedra de las Lágrimas (A Espada da Verdade #3)». Краткое содержание книги:
Para vencerlo, Richard debe aprender a dominar sus incipientes talentos arcanos, pues de otro modo morirá. A no ser que Richard aprenda a controlar sus poderes, nadie, ni siquiera su amada Calan, la poderosa pero benevolente Madre Confesora, podrá salvar al mundo. El único modo de lograrlo es ponerse en manos de las misteriosas Hermanas de la Verdad, que afirman ser su única esperanza.
Entonces se volvió de nuevo hacia él y le suplicó que, de tenerlas, acudiera a ella, que si lo hacía ya no querría estar con otras mujeres. O que, si también iba a la ciudad, ella fuera una de las mujeres con las que se acostara. Pasha le prometió que era muy capaz de satisfacerlo mejor que cualquier otra y se ofreció a demostrarlo.
Tales palabras dejaron estupefacto a Richard, por no hablar del descaro que reflejaban. Aseguró a Pasha que solamente iba a la ciudad para ver los lugares de interés. Él nunca había tenido oportunidad de dar vueltas por una ciudad, pues había crecido en el bosque. Richard le explicó que allí de donde venía no era correcto tratar a las mujeres de ese modo.
También le prometió que si alguna vez la necesidad lo abrumaba acudiría a ella. Pasha se alegró tanto al oírlo que no le importó que le recordara que aún no estaba preparado. Poco sospechaba ella que había días en los que Richard se sentía tan solo, que apenas podía resistir la tentación de entregarse a ella. Pasha era muy seductora y a veces a Richard le costaba un gran esfuerzo mantener las distancias.
A instancias de Richard, Pasha le mostró todas las áreas de palacio de acceso permitido, así como parte de la ciudad, y también lo llevó a los muelles para ver los barcos. Le explicó que se denominaban naves, porque navegaban por el mar. Richard jamás había visto algo tan grande mantenerse a flote. Pasha le explicó que esas naves comerciaban transportaban mercancías entre diferentes ciudades del Viejo Mundo situadas en la costa.
Pasha lo acompañaba a ver el mar y ambos se quedaban sentados durante horas, contemplando las olas o explorando las charcas dejadas por la marea. Richard descubrió con perplejidad que el mar subía y bajaba con las mareas, él solito. Pasha le aseguró que no tenía nada que ver con la magia de palacio, sino que era así en todas partes. El océano tenía a Richard embelesado. Pasha se contentaba con poder estar sentada a su lado. Pero Richard no podía permitirse el lujo de contemplar el océano a menudo, pues tenía cosas que hacer.
A Pasha no se le permitía acompañarlo a la ciudad por la noche para que tuviera libertad de ir con mujeres. Richard tenía que asegurarle constantemente que no era por eso por lo que iba a la ciudad de noche. Puesto que era cierto que no se acostaba con ninguna mujer, resultaba muy convincente. No obstante, no le decía lo que de verdad estaba haciendo.
Richard decidió que mientras el palacio quisiera proporcionarle dinero, él iba a gastárselo en financiar su caída. Se gastaba el dinero de palacio en todo lo que pudiera ayudarlo. Se convirtió en un asiduo de las tabernas y posadas que frecuentaban los guardias de palacio. Siempre que él estaba presente, los invitaba a rondas.
Procuraba asimismo aprenderse sus nombres y, por la noche, escribía en una libreta el nombre de cualquier guardia que hubiera conocido, así como cualquier cosa que pudiera averiguar sobre él o alguno de sus compañeros. Le interesaban muy especialmente los guardias apostados en el complejo que alojaba a la Prelada y en cualquier otro lugar de acceso prohibido para él. Cuando estaba en palacio solía detenerse junto a los guardias y charlar con ellos sobre su vida, su novia, su esposa, sus padres, sus hijos, sus platos favoritos y sus problemas.
A Kevin le compraba unos bombones muy caros que eran los preferidos de su novia, y que él no se podía permitir con su paga. Desde que le regalaba esos bombones a su novia, ésta estaba mucho más cariñosa con Kevin, por lo que el guardia siempre se alegraba de ver a Richard, aunque a veces tenía ojeras.
Richard prestaba dinero a cualquier guardia que se lo pidiera, sabiendo que jamás lo recuperaría. Si alguno se excusaba de no devolvérselo, Richard lo tranquilizaba y le decía que no se preocupara por eso.
Dos de los guardias más rudos, que protegían un área reservada en el ala oeste, se dejaban invitar a cerveza, pero no había modo de ganarse su simpatía. Richard se lo tomó como un reto. Al final tuvo la idea de contratar los servicios de cuatro prostitutas, dos para cada uno, para llamarles la atención. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, Richard les respondió que el palacio le proporcionaba dinero y que no veía por qué sólo él debía disfrutarlo. Puesto que tenían que pasarse todo el día de pie protegiendo el palacio, era de justicia que el palacio corriera con los gastos de procurarles una mujer con la que yacer.
No pudieron resistirse. Al poco tiempo ya le guiñaban el ojo a hurtadillas cada vez que lo veían. Una vez dispuestos a aceptar sus regalos, Richard se encargó de darles motivos para que le guiñaran a menudo un ojo.
Como era de esperar, los dos guardias empezaron a jactarse de sus revolcones. Cuando los demás descubrieron que Richard les proporcionaba los servicios de prostitutas, le hicieron notar que no era justo beneficiar solamente a esos dos guardias. Richard admitió que el argumento tenía lógica. Muy pronto se dio cuenta de que no tenía tiempo para ocuparse de las peticiones de todos, y entonces se le ocurrió una idea.
Contactó con la madama de una casa de lenocinio dispuesta a emprender un novedoso negocio. A cambio de una cantidad fija, el establecimiento atendía solamente a los «amigos» de Richard. De hecho, según sus cálculos, de ese modo ahorraba a palacio una bonita cantidad de dinero.
Para que los guardias recordaran a quien deber gratitud, debían pronunciar el santo y seña «soy amigo de Richard Cypher» para poder entrar. Ésa era la única condición. Cuando la madama se quejó a Richard de que tenía más negocio del que había previsto, Richard le aumentó sin regatear el tanto fijo.
Cuando lo asaltaban los escrúpulos sobre la moralidad de su proceder, Richard se recordaba que él no podía cambiar lo que los demás eligieran hacer y que de ese modo no sería necesario que los matara cuando llegara el momento. Tenía sentido.
Un día estaba con Pasha y uno de los hombres le guiñó un ojo. La novicia le preguntó por qué, y él contestó que porque lo acompañaba la mujer más atractiva de palacio. Pasha sonrió durante una hora.
Richard acostumbró a los guardias a verlo con la capa negra del mriswith. Para tener a Pasha contenta, solía ponerse el manto rojo que tanto le gustaba a la joven cuando iba con ella, aunque también se ponía los otros: el negro, el azul oscuro, el marrón o el verde. Lo que más gustaba a Pasha era llevarlo a la ciudad, pero también lo acompañaba en sus excursiones por el campo para tratar de compartir sus intereses.
Los guardias eran soldados de la Orden Imperial destacados en palacio. La Orden Imperial gobernaba todo el Viejo Mundo, aunque seguía una política de no intervención respecto al Palacio de los Profetas. Los soldados nunca interferían con ninguna Hermana ni ningún hombre que llevara un rada’han.
La misión de los guardias era encauzar a toda la gente que acudía a la isla Pihuela. Cada día la gente se agolpaba en los puentes que conducían al palacio. Las Hermanas recibían peticiones de todo tipo; algunos pedían caridad, otros que mediaran en conflictos y otros más deseaban ser guiados en la sabiduría del Creador. Y por fin estaban los que consideraban sagrada la morada de las Hermanas de la Luz e iban a rezar a los patios distribuidos por toda la isla.
Richard se enteró de que, por grande que fuese Tanimura, no era más que una de las muchas ciudades del Viejo Mundo, situada en el límite del imperio. Al parecer, el emperador de la Orden Imperial tenía un acuerdo con el palacio para proporcionar guardias, pero él no dictaba la ley. Richard sospechaba que los guardias eran los espías del emperador en una zona del imperio que se escapaba de su dominio. El joven se preguntaba qué recibiría el emperador a cambio.
También averiguó que al menos en una de las áreas restringidas vivía un «invitado especial» de las Hermanas que nunca salía, aunque no pudo descubrir nada más.
Richard empezó a poner a prueba la lealtad de los guardias pidiéndoles favores sencillos e inofensivos. Por ejemplo, dijo a Kevin que le gustaría regalar a Pasha una de las rosas especiales que solamente crecían en el jardín de la Prelada. Luego exhibió a la novicia con la rosa amarilla frente a Kevin. El guardia sonrió orgulloso.