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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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Nunca volvería a verla arder con ese brillo. Era enceguecedor, y al llevarla en alto por el largo túnel de la Víncula, no pude sino maravillarme de que no me redujera la mano a cenizas. No hubo, creo, un solo prisionero que me viera a mí. La Garra los fascinaba como una linterna nocturna al ciervo del bosque; permanecieron inmóviles, las bocas abiertas, alzadas las caras barbudas y macilentas, las sombras detrás de ellos afiladas como siluetas cortadas en metal y oscuras como el fulígeno.

Al final del túnel, donde el agua se volcaba en la larga, inclinada cloaca que la llevaba por debajo del Capulus, estaban los prisioneros más débiles y enfermos; y fue allí donde vi con más claridad la fuerza que les comunicaba la Garra. Hombres y mujeres que nunca en el recuerdo del más viejo de los clavijeros se habían mantenido en pie, parecían ahora altos y fuertes. Los saludé agitando la mano, aunque estoy seguro de que ninguno de ellos lo advirtió. Luego puse la Garra del Conciliador en su pequeña bolsa, y nos hundimos en una noche al lado de la cual la noche de la superficie de Urth sería clara como el día.

El aluvión había limpiado la cloaca, y me fue más fácil descender por ella que por el tubo del depósito, pues, aunque más estrecha, era menos empinada, y pude arrastrarme rápidamente adelantando la cabeza. Al final había una rejilla; pero, como había notado en uno de mis paseos de inspección, estaba comida por la herrumbre.

XIII — En las montañas

La primavera había acabado y empezaba el verano cuando en la luz gris me arrastré fuera del Capulus, pero aun así el tiempo nunca era cálido en las tierras altas salvo cuando el sol se acercaba al cenit. A pesar de eso no me atrevía a entrar en los valles donde se apretaban las aldeas, y me pasaba el día subiendo hacia las montañas, con la capa recogida sobre un hombro para que se pareciera todo lo posible a la indumentaria de un ecléctico. También desmonté la hoja de TerminusEst y volví a ensamblarla sin la guarda, de modo que vista desde lejos la hoja envainada tuviera el aspecto de un palo.

Hacia el mediodía el suelo era todo de piedra, y tan desparejo que tanto tenía que caminar como trepar. Muy a lo lejos vi dos veces destellos de armaduras, y mirando hacia abajo divisé unas pequeñas partidas de dimarchi siguiendo senderos que poquísimos hombres se habrían atrevido a tomar, con las rojas capas militares flameando a sus espaldas. No encontré plantas comestibles ni avisté más animales que unas altas aves de presa. De haber visto alguno, no habría tenido posibilidades de cazarlo con la espada, y no disponía de otra arma.

Todo esto parece harto desesperante, pero lo cierto es que yo estaba conmovido por las vistas de la montaña, por el vasto panorama del imperio del aire. De niños no sabemos apreciar los paisajes, pues no habiendo acumulado aún escenarios similares en la imaginación, con sus emociones y circunstancias concomitantes, los percibíamos sin profundidad psíquica. Ahora yo miraba las cimas coronadas de nubes teniendo también ante los ojos mis visiones de Nessus desde el morro de la Torre Matachina y de Thrax desde las almenas del castillo de Acies, y aunque, me sentía muy desdichado, por poco no me desmayaba de placer.

Pasé esa noche encogido al abrigo de una roca desnuda. No había comido nada desde que me había cambiado de ropa en la Víncula, lo que parecía haber sido semanas antes, si no meses. En realidad, sólo habían pasado meses desde que le había deslizado a la pobre Thecla un cuchillo de cocina, y había visto que la sangre se le escurría, vacilante gusano carmesí, por debajo de la puerta de la celda.

Al menos había elegido bien la roca. Detenía el viento, así que mientras me mantuviera detrás sería casi como si descansara en el aire calmo y frígido de alguna cueva de hielo. Uno o dos pasos a cualquiera de los lados me exponían a la plenitud de las ráfagas, tanto que en un solo momento glacial quedaba helado hasta los huesos.

Dormí alrededor de una guardia, creo, sin sueños que sobrevivieran al descanso, y luego me desperté con la impresión —que no era un sueño, sino la suerte de conocimiento o seudoconocimiento infundado que a veces nos sobreviene a fuerza de cansancio y de miedo— de que tenía a Hethor inclinado sobre mí. Me pareció sentir su aliento en la cara, hediondo y gélido; sus ojos, que ya no eran opacos, ardían en los míos. Cuando me despabilé, comprendí que los puntos luminosos que había confundido con sus pupilas eran en verdad dos estrellas, grandes y muy brillantes en el aire ligero y transparente.

Intenté dormirme de nuevo, cerrando los ojos y obligándome a rememorar los lugares más cálidos y cómodos que había conocido: las habitaciones de oficial que me habían dado en nuestra torre, que tan palaciegas me habían parecido entonces (recintos privados con mantas abrigadas), y el dormitorio de los aprendices; la cama que una vez había compartido con Calveros, calentada por su amplia espalda como por una estufa; los apartamentos de Thecla en la Casa Absoluta; la abrigada habitación de Saltus donde me había alojado con Jonas.

Nada servía. No pude volver a dormirme, aunque tampoco me atrevía a seguir caminando a oscuras por miedo a caerme en un precipicio. Pasé el resto de la noche contemplando las estrellas; era la primera vez que experimentaba realmente la majestuosidad de las constelaciones, sobre las cuales el maestro Malrubius nos había dado clases cuando yo era el menor de los aprendices. Qué extraño es que el cielo, de día terreno estacionario en donde parecen moverse las nubes, se transforme de noche en telón de fondo del movimiento mismo de Urth, tanto que lo sentimos rodar bajo nosotros como un marinero siente el correr de la marea. Aquella noche la conciencia de esta lenta rotación era tan fuerte, tan inequívoca, que su largo, continuo barrido estuvo a punto de marearme.

Fuerte era también la sensación de que el cielo es un pozo sin fondo en donde el universo podría precipitarse eternamente. Había oído a algunos decir que, cuando miraban demasiado las estrellas, los aterrorizaba la impresión de ser absorbidos. Antes que en los soles remotos, mi miedo —pues tenía miedo— se centraba en la desmesura del vacío; y por momentos llegué a asustarme tanto que me aferré a la roca con dedos ateridos, pues me parecía que iba a caerme de Urth. Es claro que todo el mundo siente un atisbo de esto; por algo se dice que no hay clima tan benigno como para que la gente acepte vivir en casas sin techo.

Ya he descrito cómo, aunque me desperté pensando que el rostro de Hethor me miraba (supongo que porque había tenido a Hethor tan presente, desde que había hablado con Dorcas), al abrir los ojos descubrí que no quedaba de él más detalle que dos brillantes estrellas que le habían pertenecido. Lo mismo me ocurrió al principio cuando intenté reconocer las constelaciones, cuyos nombres había leído a menudo, pero de cuya posición en el cielo tenía apenas una idea muy imprecisa. Primero todas las estrellas me parecieron un enjambre de luces, aunque hermosas, como las chispas que despide una fogata. Pronto, por supuesto, empecé a advertir que unas brillaban más que otras, y que los colores no eran en modo alguno uniformes. Luego, de improviso, cuando ya hacía rato que las estaba observando, la forma de un peritón pareció destacarse tan claramente como si hubieran entalcado el cuerpo del pájaro con polvo de diamante. En un momento desapareció de nuevo, pero al punto regresó, y con ella otras formas, algunas correspondientes a constelaciones de las que yo tenía noticia, otras que eran, me temo, pura imaginación mía. Particularmente clara era una anfisbena, o serpiente con una cabeza en cada extremo.

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