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La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]

Электронная книга - «La espada del Lictor [The Sword of the Lictor - es]». Краткое содержание книги:

Severian, desterrado por el “pecado” de misericordia, ha llegado a Thrax, la Ciudad de los Cuartos sin Ventanas, y se prepara para desempeñar el papel, a menudo desagradable, de funcionario del gobierno. Los acontecimientos perturbadores se precipitan. Dorcas deja a Severian y vuelve al Lago de los Pájaros. Severian es perseguido por una bestia mortífera. Ha empezado a cuestionarse su oficio de torturador y al fin deja libre a una mujer y escapa de la ciudad. Ya en las montañas sobrevive a otro encuentro con Agia, que pretende vengar la muerte de su hermano, y sigue huyendo en compañía de un niño, huérfano a causa de un alzabo. Más tarde, en una ciudad desierta, la Garra revive a un hombre que había sido enemigo del Conciliador. El niño muere, pero Severian mata al hombre, reparando de este modo una antigua deuda de venganza. Severian se une entonces a las gentes de las islas flotantes, y los ayuda a atacar el castillo donde volverá a encontrarse con Calveros y el doctor Talos.
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—Nadie mata a una mujer porque sea infiel, salvo el marido —dije yo.

Cyriaca dejó escapar un suspiro, y su sueño se desprendió de ella.

—Entre los armígeros establecidos por aquí, él es uno de los pocos que apoyan al arconte. Los otros esperan que desobedeciéndolo todo lo que se atrevan, y creando agitación entre los eclécticos, pueden persuadir al Autarca de que lo reemplace. Yo he convertido a mi marido en hazmerreír… Y por extensión a sus amigos y al arconte.

Porque dentro de mí estaba Thecla, vi la mansión de verano, medio finca, medio fuerte, llena de habitaciones que apenas habían cambiado en doscientos años. Oí las risitas de las damas y las pisadas de los cazadores, y más allá de las ventanas el sonido del cuerno, y los ladridos profundos de la jauría. Era el mundo al cual Thecla había esperado retirarse; y sentí piedad por esta mujer, forzada a recluirse allí cuando no había conocido ninguna esfera mayor.

Así como en la obra del doctor Talos la sala del Inquisidor, con su alto banco judicial, se esconde en el nivel más bajo de la Casa Absoluta, así en el sótano más polvoriento de la mente todos tenemos un mostrador en el que nos afanamos por pagar las deudas pretéritas con el devaluado dinero del presente. En ese mostrador ofrecí la vida de Cyriaca en pago por la de Thecla.

Cuando la hice salir de la glorieta supuso, lo sé, que me proponía matarla al borde del agua. En cambio, señalé el río.

—Esto fluye velozmente hacia el sur hasta que encuentra las aguas del Gyoll, que luego corren más lentamente hacia Nessus, y al cabo hacia el mar del sur. Ningún fugitivo que no lo desee puede ser encontrado en el laberinto de Nessus, porque en él hay incontables calles, patios y casas, y se ven cien veces todas las caras de todas las tierras. Si pudieras ir allí vestida como estás ahora, sin amigos ni dinero, ¿lo harías?

Ella asintió, con una mano pálida en la garganta. —En el Capulus todavía no han cerrado el paso a los barcos; Abdiesus sabe que hasta mediados del verano no tiene por qué temer ningún ataque librado contracorriente. Pero tendrás que pasar por debajo de las arcadas, y puedes ahogarte. Incluso si llegas a Nessus, tendrás que ganarte el pan… Lavar para otros, quizás, o cocinar.

—Sé arreglar el pelo y coser. Severian, he oído que a veces, como última y más terrible tortura, le dices a la prisionera que la liberarás. Si lo que me estás haciendo es eso, te suplico que pares. Ya has llegado bastante lejos.

—Eso lo hacen los calogueros y otros funcionarios religiosos. A nosotros no habría cliente que nos creyera. Pero quiero estar seguro de que no cometerás la tontería de volver a tu casa o buscar el perdón del arconte.

—Soy una tonta —dijo Cyriaca—. Pero no. Ni siquiera una tonta como yo haría algo así, lo juro. Bordeamos el agua hasta la escalinata donde los centinelas recibían a los huéspedes del arconte y se amarraban las pequeñas barcas de paseo brillantemente pintadas. Le dije a uno de los soldados que íbamos a probar el río, y le pregunté si nos sería difícil alquilar remeros que nos devolvieran corriente arriba. Dijo que si queríamos podíamos dejar la barca en el Capulus y volver en un futre. Cuando se volvió a reanudar la conversación con un camarada, fingí inspeccionar las barcas y aflojé la amarra de una de las más distantes del puesto de guardia. Dorcas dijo: —Y ahora te marchas al norte como un fugitivo, y yo te he quitado el dinero.

—No necesito mucho, y conseguiré más. —Me levanté.

—Llévate la mitad, al menos. —Meneé la cabeza y ella dijo: Entonces llévate dos chrisos. Yo puedo prostituirme, si las cosas empeoran mucho, o robar.

—Si robas te cortarán la mano. Yantes de que des las manos por tu cena, es mejor que yo corte otras para pagarme la mía.

Iba a marcharme, pero ella saltó de la cama y me aferró la capa.

—Ten cuidado, Severian. En la ciudad anda algo suelto… Salamandra, lo llamó Hethor. Sea lo que sea, quema a sus víctimas.

Le dije que tenía mucho más que temer de los soldados del arconte que de la salamandra, y salí sin darle tiempo a que me replicase. Pero mientras me fatigaba subiendo por una callejuela de la ribera oeste que según habían asegurado mis barqueros me llevaría a la cima del acantilado, me pregunté si no tendría que temer más el frío de las montañas y las bestias salvajes que cualquiera de los otros dos peligros. También me pregunté por Hethor, y por cómo me habría seguido hasta tan al norte, y por qué. Pero más que en ninguna de esas cosas pensé en Dorcas, y en lo que había sido para mí, y yo para ella. Iba a pasar mucho tiempo antes de que volviese siquiera a verla un momento, y creo que en cierto modo lo presentí. Así como al dejar por primera vez la Ciudadela me había subido la capucha para ocultar mis sonrisas a los transeúntes, ahora me cubrí la cara para ocultar las lágrimas que me mojaban las mejillas.

Dos veces había visto aquel día el depósito que alimentaba la Vincula, pero ninguna de noche. Antes me había parecido pequeño, un estanque rectangular no mayor que los cimientos de una casa y no más hondo que una tumba. Parecía casi un lago bajo la luna menguante, y podría haber sido tan hondo como la cisterna que había bajo el Campanario.

Estaba a no más de cien pasos de la muralla que defendía el margen occidental de Thrax. En la muralla había torres —una muy cerca del depósito— y a esas alturas, sin duda, las guarniciones habrían recibido la orden de prenderme si intentaba escapar de la ciudad. A intervalos, mientras avanzaba por el acantilado, había divisado a los centinelas que patrullaban el muro; llevaban las lanzas apagadas, pero las estrellas les alumbraban las crestas de los yelmos, que a veces reflejaban tenuemente la luz.

Me agazapé, mirando la ciudad y confiando en que la capa y la capucha fulígenas los engañaran. Habían bajado los barrados portículos de hierro de las arcadas del Capulus; podía detectar las turbulencias del Acis donde el agua los golpeaba. Eso me despejó cualquier duda: habían detenido a Cyriaca; o más probablemente la habían visto, nada más, y la habían denunciado. Abdiesus podría o no hacer ingentes esfuerzos para capturarla; me parecía muy probable que le permitiera desaparecer, evitando así que llamara la atención. Pero no cabía duda de que a mí me iba a apresar, si podía, y a ejecutarme como el traidor a su autoridad que yo era.

Desde el agua volví la mirada hacia el agua, desde el presuroso Acis al depósito en calma. Conocía la palabra para abrir la compuerta, y la usé. El antiguo mecanismo rechinó, como puesto en marcha por esclavos fantasmas, y entonces las aguas quietas también corrieron, corrieron más rápido que el furioso Acis en el Capulus. Muy abajo, los prisioneros oirían el bramido, y los más cercanos a la entrada verían la espuma blanca del torrente. En un momento los que estaban de pie tendrían el agua hasta los tobillos, y los que habían estado durmiendo se esforzarían por incorporarse. Un momento más y todos tendrían el agua a la cintura; pero estaban encadenados a sus sitios, y los más débiles serían sostenidos por los más fuertes: ninguno, esperaba yo, se ahogaría. Dejando sus puestos, los clavígeros de la entrada se apresurarían a subir el empinado sendero que llevaba a la cumbre para ver quién había tocado el depósito.

Mientras se escurría lo que quedaba de agua, oí rodar por la pendiente las piedras que desplazaban con los pies. Volví a cerrar la compuerta y me metí en el viscoso y casi vertical pasaje que el agua acababa de atravesar. Habría avanzado con más facilidad de no haber sido por Terminus Est. Para apretar la espalda contra un lado de ese tubo retorcido, como de chimenea, tuve que descolgármela del hombro, pero no tenía ninguna mano libre para sostenerla. Me puse el tahalí alrededor del cuello, dejé que hoja y vaina colgaran y traté de que el peso no me molestara demasiado. Dos veces resbalé, pero cada vez me salvó una curva del menguante pasaje; y al fin, cuando habiendo pasado un cierto tiempo me convencí de que los clavígeros se habían ido, vi el resplandor rojo de una antorcha y saqué la Garra.

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