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Mujeres peligrosas

Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:

Las mujeres más peligrosas son aquellas que resultan irresistibles. ¿Qué hace peligrosa a una mujer? Su gran belleza, su encanto, su inteligencia, la manera en que se aparta el cabello de los ojos, o el modo de reírse. Puede tener conciencia absoluta de su poder, o desconocerlo por completo. Utilizarlo comoa rma o protegerse detrás de él. La intención y el propósito no aumentan ni disminuyen el poder, y ése es mayor peligro de todos los que son seducidos y sometidos por él.
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– ¿Acaso soy tu criada? -le preguntó ella.

– Tengo el alquiler y los gastos en el bolsillo -rezongó Leonid-. Todo lo que te estoy pidiendo es un poco de cooperación.

El detective llamó luego al servicio de respuestas de su teléfono celular. Cuando la voz le dijo que grabara un nuevo mensaje, Leonid dijo:

– Hola. Soy Arnold DuBois, agente de Empresas Van Der Zee. Después del tono dígame qué consiguió.

Cuando llegó a su casa encontró el traje extendido sobre la cama y Katrina había desaparecido. Solo en la casa, se preparó un baño y se sirvió un vaso de agua helada. Ansiaba fumar un cigarrillo pero el médico le había dicho que sus pulmones apenas podían soportar el aire de Nueva York.

Se sentó en la anticuada tina de baño y abrió y cerró el agua caliente con los dedos de los pies. Le dolía la mandíbula y otra vez estaba casi en la ruina. Pero todavía le quedaba lo de Richard Mallory, y eso lo ponía contento.

– Por lo menos soy bueno en lo que hago -le dijo a nadie-. Por lo menos eso.

Después del baño, Leonid volvió a llamar a Gert. Esta vez el teléfono sonó y sonó. Era muy raro. Gert había programado que su servicio de contestador atendiera cuando ella estaba ocupando la línea.

A veces no hablaba con Gert durante meses. Ella había dicho muy claramente que nunca volverían a tener una relación íntima. Pero él todavía sentía algo por ella. Y quería asegurarse de que estuviera bien.

Cuando Leonid llegó al departamento de Gert encontró que la puerta del edificio estaba abierta y sostenida por una cuña.

La puerta del departamento de Gert estaba obstruida por la cinta policial amarilla.

– ¿La conoce? -le preguntó una voz.

Había una mujer pequeña de pie en una puerta del corredor. Era vieja y gris y llevaba ropas grises. Tenía ojos llorosos y pantuflas de dos pares diferentes. En el dedo índice de la mano derecha llevaba una esmeralda de baja calidad y el lado izquierdo de su boca se movía con un poco de dificultad.

Leonid se fijó en todos esos detalles en un vano intento de evadirse del miedo que le atenazaba el estómago.

– ¿Qué ocurrió?

– Dicen que debe haber entrado anoche -dijo la mujer-. El encargado dice que debe haber sido después de medianoche. Sólo la mató. No robó nada. Simplemente le disparó con un arma que no hizo más ruido que una pistola de juguete, eso dijeron. Ya se sabe que una ya no está segura ni en su propia cama. Allá afuera, a la gente se le mete alguna loca idea en la cabeza y una termina muerta sin ton ni son.

A Leonid se le secó la lengua. Miró a la mujer con tanta intensidad que ella interrumpió sus divagaciones, retrocedió hasta el interior de su departamento y cerró la puerta. El se apoyó contra el marco de la puerta, con los ojos secos, pero aturdido.

Leonid nunca había llorado. Ni cuando su padre se fue de casa a la revolución. Ni cuando su madre se fue a la cama y nunca más se levantó. Nunca.

Esa tarde había otro barman que servía los tragos en Barney's Clover. Una mujer con desteñidos tatuajes de un azul verdoso en las muñecas. Era delgada y de ojos pardos, blanca y de más de cuarenta años.

– ¿Qué va a tomar, señor?

– Whisky. Uno tras otro.

Estaba en la sexta copa cuando sonó su teléfono celular. Su hijo Twill había programado el sonido. Empezaba con el rugido de un león.

– ¿Hola?

– ¿Señor DuBois? ¿Es usted?

– ¿Quién habla?

– Richard Mallory ¿Está enfermo, señor DuBois?

– Ah, Dick. Lamento no haberlo reconocido. Tuve malas noticias hoy. Murió una vieja amiga mía.

– Lo siento. ¿Cómo fue?

– Fue una larga enfermedad -dijo Leonid, terminando su copa y pidiendo otra con un gesto.

– ¿Quiere que lo llame más tarde?

– ¿Me consiguió un edificio, Dick?

– Eh… bueno, sí. Un edificio grande en Sutton Place. El administrador es amigo mío y le prometí quinientos dólares.

– Así es cómo se hacen los negocios, Dick. Compartiendo la ganancia. Es lo que he hecho siempre. ¿Dónde está usted?

– En un lugar brasileño de la Veintiséis Oeste. Umberto's. En la planta alta, entre la Sexta y Broadway. No sé la dirección exacta.

– No hay problemas. La conseguiré en información. Lo veo a las nueve. Parece que haremos un buen negocio, usted y yo.

– Okey, mmm, está bien. Lamento lo de su amiga, señor DuBois. Pero, por favor, no me llame Dick. Odio ese apodo.

Umberto's era un restaurante de nivel, situado en una calle llena de mayoristas de baratijas de la India, ropa y alimentos. Leonid se quedó sentado enfrente dentro de su Peugeot modelo 63.

Ya eran las diez pasadas y el rechoncho detective estaba bebiendo de una petaca de bourbon en el asiento delantero. Pensaba en la primera vez que había visto a Gert, en cómo ella había sabido exactamente qué decirle.

– No eres tan mal tipo -había dicho la seductora neoyorquina-. Es tan sólo que has estado viviendo con tus propias reglas durante tanto tiempo que estás un poco confundido.

Habían pasado esa noche juntos. En realidad, él no había supuesto que el asunto de Katrina le molestaría tanto. Katrina era su esposa pero eso ya no significaba nada para él. Recordó la expresión dolorida de Gert cuando finalmente se enteró. A partir de ese momento, empezó a tratarlo con una fría cólera.

Siguieron siendo amigos y ella nunca más le permitió que la besara. Nunca más le dio acceso a su corazón.

Sin embargo, trabajaban bien juntos. Gert había estado en servicios de seguridad privada durante doce años antes de que él la conociera. Le gustaban lo que llamaba sus turbios casos. Gert no creía que la ley fuera justa y no le molestaba transgredir e infringir el sistema si eso era lo que había que hacer.

Tal vez Joe Haller no había robado en Amberson, pero había golpeado y humillado a hombres y mujeres para satisfacer su perverso apetito sexual.

Leonid se preguntó si Néstor Bendix podría tener algo que ver con el asesinato de Gert. Sin embargo, él nunca le había dicho su nombre a nadie. Tal vez Haller había salido de la cárcel y de alguna manera había rastreado el origen de sus desgracias hasta llegar a Gert. Tal vez.

Un león rugió dentro de su bolsillo.

– ¿Sí?

– ¿Señor McGill? Soy Karma.

– Hola. Estoy ocupado con el caso. Él está con alguien, pero todavía no la he visto. Tendré las fotos para usted mañana a la tarde. A propósito, tuve que gastar trescientos dólares para conseguir esta dirección.

– Está bien, supongo -dijo ella-. Se los pagaré si usted me trae pruebas de su novia.

– Muy bien. Cortemos ahora. La llamaré cuando tenga algo definitivo.

Cuando Leonid guardó el teléfono, una colonia de monos empezó a parlotear.

– ¿Sí? -respondió.

– Usted conocía a Gert Longman, ¿no es cierto? -le preguntó Carson Kitteridge.

Una garra de hielo atenaceó el intestino de Leonid. El recto se le cerró como una tenaza.

– Sí.

– ¿Qué se supone que significa eso?

– Usted me preguntó si conocía a cierta persona y le contesté. Sí. Fuimos íntimos durante un tiempo.

– Está muerta.

Leonid permaneció en silencio mientras la segunda aguja de su Timex recorría una cuarta parte de la esfera. Era un lapso suficiente para hacer ver que estaba conmocionado por la noticia.

– ¿Cómo ocurrió?

– La balearon.

– ¿Quién?

– Un tipo que tenía una pistola 22 de caño largo.

– ¿Tiene algún sospechoso?

– Esa es la clase de pistola que a usted le gusta usar, ¿no es cierto, León?

Por un momento Leonid pensó que el teniente sólo estaba haciendo una escena, tratando de alarmarlo para que hablara. Pero entonces recordó que había perdido un arma. Había ocurrido diecisiete años atrás. Nora Parsons había recurrido a él muy asustada de que su marido, que estaba libre bajo fianza antes de la sentencia de su juicio por malversación y desfalco, fuera a matarla. Leonid le había dado su pistola, y después de que su marido, Antón, fue sentenciado, ella le había dicho que le había dado miedo tener la pistola en su casa, así que la había arrojado a un lago.

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