Mujeres peligrosas
- Автор: Демилль Нельсон
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Mujeres peligrosas». Краткое содержание книги:
– Richard Mallory -le dijo Leonid a la morena.
– ¿Y usted es…?
– Alguien que busca a Richard Mallory -declaró Leonid.
– ¿Por qué asunto quiere ver al señor Mallory?
– Por ninguno que a usted le interese, cariño. Son cosas de hombres.
La mandíbula de doscientos gramos de la joven se endureció mientras miraba fijamente a Leonid. A él no le afectó. La muchacha no le gustaba; estaba vestida de manera tan provocativa y le hablaba como si los dos fueran de la misma edad.
Ella levantó el teléfono y susurró unas pocas palabras con furia, después se alejó de su escritorio trasponiendo una puerta que estaba a sus espaldas, dejando a Leonid plantado ante el escritorio que le llegaba a la altura de la cintura. En el espejo que había en la pared Leonid podía ver la avenida Madison a través de la ventana que tenía tras de sí. También podía ver el chichón en el lado derecho de su cabeza, donde Norman lo había golpeado.
Unos momentos más tarde apareció un hombre alto con un bigote ralo, que entró en el vestíbulo a toda velocidad. Lucía pantalones negros y una chaqueta de lino pardo y la misma expresión de incomodidad que tenía en la fotografía que Leonid llevaba en su bolsillo.
Leonid lo aborreció también a él.
– ¿Sí? -le dijo Richard Mallory.
– Busco a Richard Mallory -dijo Leonid.
– Soy yo.
El detective privado respiró profundamente. Sabía que tenía que calmarse si quería hacer bien su trabajo. Volvió a respirar hondo.
– ¿Qué le ocurrió a su mandíbula? -le preguntó el apuesto hombre joven al boxeador amateur.
– Edema -dijo Leonid rápidamente-. Viene de la rama paterna de mi familia.
Ante eso, Richard Mallory no supo qué decir. Leonid pensó que probablemente no conocía el significado de la palabra.
– Quiero hablar de negocios con usted, señor Mallory. Es algo que puede darnos buen dinero a ambos.
– No entiendo lo que dice -dijo Mallory, con la más desabrida de las expresiones posibles.
Leonid extrajo una tarjeta del bolsillo superior de su chaqueta.
Asistencia en Servicios Domésticos Van Der Zee
Arnold DuBois. Representante
– No entiendo, señor DuBois -dijo Mallory, usando la pronunciación francesa del alias de McGill.
– Du boys -dijo Leonid-. Represento a la empresa Van Der Zee. Nos estamos estableciendo aquí en Nueva York. Somos originalmente de Cleveland. Lo que necesitamos es insertar a nuestra gente como asistentes domésticos, cuidadores de ancianos, paseadores de perros y niñeras en los edificios de más alto nivel. Todo nuestro personal es de muy buena presencia y excelente nivel profesional. Además, son personas de extrema confianza.
– ¿Y quiere que yo lo ayude a insertarse? -preguntó Mallory, todavía un poco receloso.
– Pagamos mil quinientos dólares por cada presentación exclusiva que nos consiga -dijo Leonid. Para entonces ya se había olvidado de su disgusto por la recepcionista y por Mallory. Ni siquiera seguía furioso con Norman.
La mención de los mil quinientos por presentación (sea lo que fuere que significara eso) indujo a Mallory a la acción.
– Acompáñeme, señor DuBois -dijo, pronunciando el apellido tal como lo prefería Leonid.
El agente inmobiliario condujo al falso representante por un corredor lleno de cubículos habitados por otros agentes de la empresa de bienes raíces.
Mallory llevó a Leonid a una pequeña sala de conferencias y cerró la puerta tras ellos. Había una mesa redonda de pino con tres sillas haciendo juego. Mallory hizo un gesto y los dos se sentaron.
– ¿Cómo es exactamente lo que me estaba diciendo, señor DuBois?
– Tenemos una muchacha joven -dijo Leonid-. Bonita. Instala su mesita en el vestíbulo de cualquier edificio que usted consiga. Les habla a los residentes de los diversos tipos de asistentes domésticos que podrían necesitar. Algunos podrían necesitar una asistente dos veces por semana para ordenar la finanzas y hacer las compras. Tal vez ya tengan ayuda doméstica, pero necesitan a alguien que se ocupe de sus mascotas cuando se van de viaje. Una vez que alguien contrata a un miembro de nuestro equipo, sabemos que contratará a otros cuando tenga necesidad. Todo lo que necesitamos es que usted nos confirme que podemos instalar a nuestra joven y le pagaremos mil quinientos dólares.
– ¿Por cada edificio que les consiga?
– Al contado.
– ¿Al contado?
Leonid asintió.
El hombre literalmente se relamió.
– Si usted puede garantizarnos el vestíbulo de un edificio de alto nivel, puedo pagarle esta noche misma -dijo Leonid.
– ¿Tiene que ser tan rápido?
– Soy representante de las Empresas Van Der Zee, y estoy a comisión, señor Mallory. Para obtener ganancias tengo que producir. No soy el único que está tratando de establecer contactos. Quiero decir, usted puede llamarme cuando quiera, pero si no puede prometerme un sitio en algún edificio para hoy a la noche tendré que seguir adelante con mi lista de contactos.
– Pero…
– Escuche -dijo Leonid, interrumpiendo cualquier objeción lógica que Mallory hubiera podido pergeñar. Metió una mano en el bolsillo y extrajo tres billetes de cien dólares. Los puso sobre la mesa-. Esto es una quinta parte por adelantado. Trescientos dólares para que me consiga un vestíbulo al que yo pueda enviar a Arlene mañana a la mañana.
– Mañana…
– Así es, Richard. Empresas Van Der Zee me dará el control de toda la operación en Manhattan si soy el primero que les lleva un edificio.
– ¿Y yo me guardo el dinero?
– Con otros mil doscientos que embolsará a las ocho de esta noche si ya me consiguió el vestíbulo del edificio.
– ¿A las ocho? ¿Por qué a las ocho?
– ¿Usted cree que es el único tipo con el que estoy hablando, Richard? Tengo otras cuatro entrevistas programadas para esta tarde. Quien me avise que está todo listo, a las ocho, consigue al menos parte de la remuneración. Y tal vez todo.
– Pero tengo una cita esta noche…
– Simplemente avíseme por teléfono. Dígame dónde está y yo le llevaré el dinero y la carta confirmándole al supervisor que Arlene puede instalar su mesa.
– ¿Qué carta?
– Espero que no crea que voy a darle mil quinientos dólares por semana en efectivo sin una carta de confirmación para que el supervisor se la muestre a mi jefe -dijo Leonid inexpresivamente-. No se preocupe, no mencionaremos el dinero, sólo que Empresas Van Der Zee puede instalarse en el edificio para ofrecer sus servicios.
– ¿Y qué pasa si alguien se queja?
– Siempre puede decirle a sus jefes que usted estaba pensando independientemente, tratando de ofrecer un servicio adicional. No sabrán que hubo dinero en el medio. Lo peor que puede pasar es que nos expulsen, pero eso llevará un par de días, y Arlene es muy buena promocionando nuestra empresa.
– ¿Y son mil quinientos en efectivo, por semana?
– El doble si podemos encontrar otra Arlene y usted nos engancha tal como le dije.
– Pero tenía planeado salir esta noche -se quejó Mallory.
– ¿Y qué? Simplemente llámeme. Deme la dirección. Y yo voy para allá con el formulario. Estamos hablando de diez minutos a cambio de mil doscientos dólares.
Richard tocó el dinero. Luego lo levantó tentativamente.
– ¿Puedo quedarme con esto?
– Quédeselo. Y tendrá el resto esta noche y la misma suma una vez por semana durante los próximos cuatro o cinco meses -dijo Leonid con un esbozo de sonrisa.
Richard dobló los billetes y se los guardó en el bolsillo.
– ¿Cuál es su número de teléfono, señor DuBois?
Leonid llamó a su esposa y le dijo que le tuviera preparado y bien planchado el traje marrón para cuando llegara a su casa.