Entre limones. Historia de un optimista
- Автор: Stewart Chris
- Год: 2000
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
Hace cien años las paredes de piedra se dejaban al desnudo, pero en nuestros días la mayoría de las casas están blanqueadas por dentro y por fuera debido a dos razones: por un lado, el calor del interior disminuye varios grados los días calurosos del verano y, por otro, la cal, especialmente la cal viva -que viene en forma de unas rocas blancas que hay que poner a remojo en un barril de agua en donde burbujean con un ruido como de máquina de vapor-, tiene un fuerte efecto desinfectante.
El día que nos fuimos a buscar vigas hacía un frío glacial. Partimos rumbo al oeste en dirección a Lanjarón, y empezamos a subir por una empinada pista que serpenteaba junto al río. Con el viejo Land Rover, fui tomando lentamente curva tras curva, subiendo cada vez más alto, hasta que la carretera acabó por desaparecer totalmente. Domingo, con una liviana chaqueta encima de su camisa como única concesión al frío, saltó del Land Rover para ir a saludar a un pastor de cierta edad que había salido de debajo de los árboles para vernos pasar. Parecía que estábamos de suerte: justo en ese momento el anciano había estado pensando en vender un cargamento de madera de castaño para vigas. Con un nudoso dedo índice señaló una zona de bosque que había en una cresta cerca de la línea del horizonte.
Seguimos trepando más y más a la sombra veteada de unos árboles enormes. Había manchas de nieve entre las hojas caídas, y hielo a orillas del río. El bosque de castaños de nuestro amigo se encontraba en un lugar magnífico, no muy por debajo de los altos picos nevados y con vistas del mar allá lejos, hacia el sur, pero la madera no servía. Un incendio había arrasado recientemente esa parte de la montaña, dejando los árboles ennegrecidos y medio muertos, y la mayoría de ellos eran de un grosor enorme. Necesitábamos cien vigas, pero Domingo calculaba que no habría ni siquiera una docena en toda esa extensión de bosque. Los castaños necesitan ser talados y cuidados para constituir un buen material de construcción, pero este bosque se encontraba totalmente descuidado. Y aparte de eso, era necesario cortarlos y acarrearlos. Era un recorrido largo y difícil, y había que bajar cada viga a lomos de mula hasta el punto más cercano a donde pudiera llegar un camión. Dimos las gracias al dueño y regresamos al valle.
– Si queréis vigas -dijo un hombre en un bar-, Martín de Trevélez es el hombre que buscáis. Tiene muchísimas.
Así pues, nos encaminamos a Trevélez para buscar a Martín, cuyas vigas resultaron estar ya cortadas y apiladas junto al río. El precio que pedía parecía bastante razonable y nos dejó allí para que las inspeccionáramos mientras nos decía que, si queríamos discutir las condiciones, él estaría en el bar de la plaza a las dos. Pero no fuimos a verle, ya que todas y cada una de las vigas eran malísimas: o estaban carcomidas por los gusanos, o consumidas por hongos mefíticos, o bien estaban torcidas y llenas de nudos, o eran demasiado gruesas.
– Le costará trabajo vender toda esa madera para leña -comentó Domingo.
Pero a pesar de todo había sido una excursión agradable y, antes de regresar a casa por la alta carretera de montaña, paramos en Trevélez para tomar un poco de jamón acompañado de un vino. Fue entonces cuando Domingo me sorprendió, como solía hacer siempre.
– Mi tío Eduardo tiene unos castaños por encima de Capileira -dijo-. Seguro que le interesaría venderte unas vigas.
– ¿Por qué no me habías dicho nada de él antes? -le pregunté.
– Ah, porque es interesante ver qué otras vigas hay por ahí, y a mí siempre me gusta ir a Trevélez. Además, Eduardo no habría estado en su casa hasta esta hora. Podemos ir a visitarle ahora, de camino de vuelta a casa.
Así lo hicimos, cogiendo la carretera que sube hasta Capileira, el pueblo más alto de los tres que hay en el barranco del Poqueira. Es un sitio muy bonito, con unas casitas blancas en forma de caja apiñadas alrededor de una iglesia como si se tratase de pollitos bajo el ala de una gallina. Pero lo que de verdad te deja sin habla es su situación. Desde lo alto de las laderas aterrazadas del desfiladero, el horizonte se extiende hacia el norte hasta el gran circo blanco del Veleta, bajo cuyo pico hay siempre posada una suave estola de nubes. Hacia el sur, un ancho puerto de montaña se abre al Mediterráneo, y los días claros de invierno se pueden distinguir los picos de las montañas del Rif en Marruecos, al otro lado del estrecho.
Desde hace algunos años el pueblo tiene mucho éxito como lugar de retiro para pintores y gente bohemia procedente de países tan lejanos como Japón o México, aunque aún sigue estando habitado principalmente por agricultores indígenas. Esto hace que los callejones se mantengan salpicados de una fragante capa de cagadas de mulo y de oveja y que, metidas entre las magníficas viviendas renovadas, todavía se encuentren las construcciones de carácter más tosco que los habitantes autóctonos utilizan para guardar gallinas y cerdos.
Mientras atravesábamos la plaza principal y avanzábamos por una estrecha callejuela adoquinada, oímos los acordes de Debussy saliendo de una ventana cuya carpintería había sido renovada recientemente. Domingo llamó a la pesada puerta de madera tachonada de una casa de pueblo humilde aunque bonita. Salió a abrir una mujer muy morena que prorrumpió en exclamaciones de deleite al ver a su inesperado visitante.
– Pasa, sobrino, pasa -gritó, agarrando por los hombros a Domingo y tirando de él hacia dentro-. No te vemos por aquí muchas veces. Deja que te mire. Ay, qué guapo, pero ¿de qué te sirve una cara así si te empeñas en no casarte? -Y subrayaba este punto apretándole fuertemente la mejilla.
Domingo sonrió y se inclinó para darle un beso, aparentemente acostumbrado a este tipo de bienvenida. Detrás de ella, en una habitación débilmente iluminada, tres o cuatro hombres se inclinaban sobre una olla humeante pinchando con sus navajas trozos de carne de cabra.
– Os he traído a este extranjero, mi nuevo vecino Cristóbal -anunció Domingo.
Las navajas se quedaron momentáneamente suspendidas en el aire mientras el grupo de hombres se volvía para mirarme.
– Es un honor, mucho gusto, encantado -masculló el de más edad, quien me imaginé que sería Eduardo.
Por lo que podía adivinar entre la penumbra, había un parecido familiar muy fuerte entre éste y al menos dos de los otros hombres agrupados alrededor de la mesa. Eran delgados como palos, bajos, nervudos y sin duda estaban acostumbrados al trabajo duro y a los rigores del clima. Todos tenían una nariz tan prominente que sus demás rasgos faciales parecían ocultarse bajo su sombra.
– Venid a comer choto -ordenó Eduardo, echando ruidosamente hacia atrás su silla para hacernos sitio en la mesa.
Domingo sacó su navaja de bolsillo, una larga hoja de borde afilado como una cuchilla de afeitar, y comenzó a cortar y a pinchar la carne al igual que hacían los otros. Con aire vacilante, me saqué mi propia navaja del bolsillo -un cuchillo de podar de punta redondeada y sin afilar- e intenté en vano ensartar algunos pedazos llenos de huesos. No les dije que desde mi más tierna infancia mi madre me había prohibido terminantemente comer con el cuchillo, y que por lo tanto no había adquirido esa técnica.