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Entre limones. Historia de un optimista

Электронная книга - «Entre limones. Historia de un optimista». Краткое содержание книги:

El cortijo de El Valero está enclavado en un punto especialmente bello y privilegiado de Las Alpujarras, en las estribaciones de Sierra Nevada, entre ríos y bancales, y suficientemente alejado de la carretera como para que se parezca bastante al lugar soñado por Chris para retirarse de la vida que hasta ahora había llevado. A primera vista todo le parece demasiado bonito, suposición que le lleva a pensar en un precio prohibitivo, excesivo como para plantearse siquiera la posibilidad de comprarlo. Por eso no acaba de creerse que, después de comer algo de jamón regado con abundante vino y compartido con la agente inmobiliaria y el inefable Pedro Romero, actual propietario de la finca, acabe convirtiéndose, entre brumas etílicas y casi sin proponérselo, en el flamante dueño de la misma por un precio casi irrisorio, según sus británicos cálculos.
A partir de entonces, y una vez su mujer Ana se traslada con él a sus recién estrenadas posesiones andaluzas, empieza para ellos dos una nueva etapa, en la que poco de lo que hasta ahora daban por supuesto les sirve para algo: urge aprender a desenvolverse en un entorno donde necesitarán construir casas y puentes, conocer las plantas, lidiar con todo tipo de animales, tratar con sus vecinos alpujarreños, y asumir, mal que les pese, que el Chris que conocían de toda la vida ha dejado paso, de una vez por todas, a Cristóbal.
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– Mira -me dijo-. Conozco a Romero mucho mejor que tú, y te digo que has perdido más que suficiente tiempo con ese hombre. Ha estado aprovechándose de ti, lo sé porque ha estado jactándose de ello en el pueblo.

No podía dejar las cosas así, tenía que insistir para que me diera más detalles.

– Pues ha estado diciendo que ha tenido a ese extranjero idiota comiendo en su mano, y que durante meses ha estado llevándose del cortijo todo lo que quería porque tú eras demasiado tonto para impedírselo. -Me quedé mirando a Pepe lleno de asombro. Siguió hablando, pero sus palabras siguientes iban dirigidas principalmente al resto de cerveza que quedaba en su vaso-. Y también ha estado diciendo cosas de Ana, unas cosas absurdas. Se le ha metido en la cabeza que él le gusta a ella y que tú estás celoso… No, no, de verdad -añadió con seriedad cuando vio que me atragantaba con la cerveza-. Por supuesto nadie cree una palabra, pero yo que tú no le dejaría que volviera por aquí. No es justo para Ana. Deberías decirle que no venga nunca más por el cortijo.

Con esa horrorosa claridad que sobreviene cuando se derrumban tus ilusiones, supe que Pepe tenía razón. Ahora que Pedro había renunciado al cortijo, era absolutamente capaz de descartarnos con el mayor desprecio. Lo sabía porque le había oído hablar así de muchas otras personas. Resultaba extraño que ello no me hubiera parecido cruel antes.

Pepe me observaba con preocupación.

– Pregúntale a Domingo -me insistió-. Te dará el mismo consejo.

Pero no necesitaba hacerlo. Por primera vez estaba considerando a Pedro desde el punto de vista de Ana, y veía corroboradas todas las dudas que ella albergaba sobre él.

– No te preocupes, Pepe -murmuré-. Ya he oído todo eso antes. No eres el primero que ha intentado advertirme sobre Pedro.

En efecto. Además de Ana, casi todas las personas que conocía -Marijke, Domingo, Expira, Georgina- me habían dado a entender que me estaba fiando más de la cuenta o siendo demasiado indulgente con Romero, aunque ninguno de ellos había apoyado nunca esta acusación con muchos detalles. No es fácil que la gente haga correr malos rumores sobre un vecino, no importa lo poco que éste les guste. Pero una vez que Pedro se marchó del cortijo, nuestros vecinos perdieron su reticencia y se pusieron a contarnos sin reservas lo que sabían de él. Tras escuchar una lamentable historia tras otra, empecé a darme cuenta de hasta qué punto había sido yo el único en juzgarle de aquella manera.

Ana fue la única en mostrarme algo de compasión.

– Creo que pusiste de manifiesto sus mejores cualidades, Chris -dijo-. Parecía disfrutar de verdad deslumbrándote, y lo hacía realmente bien. No me extraña que te engañara.

– Pero ¿cómo he podido ser tan mal psicólogo, Ana? -gemí.

– Porque no te interesa mucho ser uno bueno -contestó, tras pensarlo unos momentos-. Es una virtud, ¿sabes?, además de un defecto.

Pero eso no suponía ningún consuelo.

Domingo y la búsqueda de las vigas

No mucho después de que los cerdos siguieran el mismo camino que Pedro hasta el pueblo, Domingo nos hizo su primera visita. Siempre habíamos supuesto que había evitado cruzar nuestro umbral por timidez o debido a algún extraño precepto de etiqueta. No se nos había ocurrido pensar que la familia Melero se oponía a visitar a Pedro, y que habían esperado a que se marchara para satisfacer su curiosidad y venir a ver lo que hacíamos.

Mostré orgullosamente a Domingo nuestras innovaciones del agua corriente y del calentador en el cuarto de baño, ante las cuales asintió con la cabeza para demostrar que no estaba totalmente en contra de los aparatos. Pero la cama de madera… eso sí que era una equivocación. Las chinches nos comerían vivos por la noche en una cama así.

Tras decir esto, Domingo sacó su navaja y la clavó en una de las vigas del techo.

– Está podrida -declaró, ilustrando esta observación dejando caer una lluvia de polvo y astillas mohosas-. La launa no está rastrillada y ha calado el agua. Podría caérseos encima en cualquier momento.

– Dios mío, ¿crees que estarán así todas? -le pregunté, mientras pensaba qué había sido de la costumbre de charlar sobre temas triviales con los vecinos.

– No, sólo están totalmente podridas unas cuantas, pero más te valdría cambiarlas todas. La madera de castaño es la mejor para las vigas del techo, y sé donde podemos encontrar una buena cantidad.

Y así se fraguó la tarea. Cuando pienso ahora en nuestro primer invierno, lo recuerdo como una prolongada búsqueda de vigas para el tejado. Naturalmente, el papel de guía le correspondió a Domingo, y fue él quien me inició en ese mundo, nuevo para mí, de pueblos y montañas mientras deambulábamos de un lado para otro en busca de ese material de construcción tan apetecible pero al mismo tiempo tan difícil de encontrar.

La arquitectura alpujarreña es muy sencilla, y consiste en volver a colocar de manera más o menos ordenada los materiales que, o bien crecen a mano, o se encuentran dispersos al azar por los alrededores. Las proporciones vienen dictadas por una sencilla ecuación: la anchura equivale a la capacidad máxima de soporte de una viga de castaño, de chopo o de eucalipto, cubierta con una espesa capa mojada de launa (la arcilla aceitosa gris y casi impermeable que se presenta en vetas por toda la zona de Las Alpujarras), y normalmente equivale a unos tres metros y medio. La altura depende del nivel hasta el cual puede levantar piedras un alpujarreño y, como la mayoría de ellos son de estatura baja, raramente sobrepasa el metro ochenta desde el suelo hasta el asiento de las vigas. La longitud viene limitada por la superficie de suelo disponible, y las ventanas se calculan de manera que dejen pasar la cantidad de luz justa para poder andar a tientas a mediodía, pero de modo que al mismo tiempo no dejen entrar los rayos del sol que de otra forma podrían comerse vivos a los habitantes de la casa. El conjunto, en un pueblo, tiene que engranar con una masa de viviendas similares, apiñadas como los hexágonos de una colmena. El producto resultante final es algo que está a medio camino entre una caja cuadrada y un vagón de ferrocarril de piedra.

Cuando mi madre vio por primera vez la fotografía de la nueva casa que había comprado se quedó horrorizada.

– Esperaba que tal vez acabarías viviendo en una casa de estilo reina Ana -se lamentó-. Siempre me ha gustado ese estilo. Pero ahí estás, viviendo en… viviendo en lo que sólo puedo describir como un establo.

Para ser sinceros, elegancia y sofisticación no son las palabras que primero vienen a la cabeza cuando se intenta describir la arquitectura alpujarreña. El encanto del estilo radica en su simplicidad. Las variaciones del diseño básico y los sencillos adornos que los habitantes añaden a sus moradas, a menudo se traducen en unas creaciones de gran belleza. La primera vez que vi la arquitectura alpujarreña no me convenció mucho, pero poco a poco fue conquistándome y ahora… bien, pues me sentiría de lo más incómodo si viviera tras unas ventanas de cristal emplomado bajo un tejado a dos aguas.

La sencilla estructura tipo caja es idéntica a la que se encuentra en los poblados bereberes de Marruecos -fueron los bereberes quienes trajeron a la región este tipo de construcciones- y se parece a toda la arquitectura típica de Oriente Próximo. Su gran ventaja es su bajo precio: las puertas y ventanas son las únicas partes de la casa que hay que adquirir con dinero, ya que el resto sólo tiene que ser extraído o derribado a hachazos, o recogido y acarreado desde el río.

Las paredes son de piedras trabadas con barro, y deben tener un espesor mínimo de sesenta centímetros, aunque lo preferible es que sean de un metro. Esto aísla del calor en verano y del frío en invierno. Los dinteles y las vigas son de madera, de eucalipto o chopo si vives en el interior de los valles, o de castaño, la mejor madera de todas, si vives por encima de los mil metros, allí donde los bosques de castaños rodean los pueblos altos. En La Alpujarra Baja, por encima de las vigas se fija un entramado de cañas atadas con cuerdas de esparto, hierba que crece en estado silvestre por todas partes. También las cañas crecen en abundancia a orillas de los ríos, al igual que los árboles para las vigas. Sobre el entramado de cañas se extiende una espesa capa de broza -adelfa, genista, retama, tomillo- y por último la capa de launa, la cual se debe extender siempre durante la luna menguante, para que se asiente de manera adecuada y haga que el tejado sea lo más impermeable posible (pero, por supuesto, siempre que no sea viernes).

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