La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– ¡Padre Paulo, por favor! ¡Como si no lo supiera! Probablemente sepa ya todo el valle que he sido castigada a este humillante encierro porque iba a encontrarme con un hombre en Río. Me había invitado a un estreno teatral.
– ¿Sabía el senhor Eduardo por qué querías ir a Río?
– No, yo… le he mentido. Mis padres no debían saber nada de ese admirador. Es, bueno, para ellos no es un pretendiente apropiado.
– ¿Entonces no ha pedido tu mano?
– Claro que no. Nos acabamos de conocer.
– A pesar de eso querías verle en secreto.
– Sí.
– ¿Entonces no os habéis… acercado?
– No. Por desgracia. Pero sueño con ello.
Vitória oyó cómo el Padre tomaba aire.
– Tener pensamientos impuros es tan grave como llevarlos a la práctica.
– Bien, Padre, si hubiera ido a Río probablemente no hubiera ocurrido nada que usted considere grave. Pero precisamente porque me prohibieron hacer ese viaje mis pensamientos “impuros” giran ahora en torno a ese hombre.
– Vita, tienes que quitártelo de la cabeza. Es León Castro, ¿no? Le conozco. En una conferencia que dio hace un par de semanas en Conservatoria pude ver su verdadero rostro. Defiende ideas que tú no puedes compartir, va con malas mujeres, trata con los negros. Tus padres sólo quieren lo mejor para ti.
– No creo que mis padres o usted sepan lo que es mejor para mí. Además, pienso que a mi padre León Castro le resulta muy simpático. Su castigo se debe únicamente a las mentiras que le conté, de lo que se enteró un día después de esa conferencia en Conservatoria. Yo también estuve allí. Y por si le tranquiliza: León quería presentarme sus respetos a continuación, pero yo no acepté.
– Eso estuvo bien por tu parte, mi niña.
– No, fue la mayor estupidez de mi vida. Tenía tantas ganas de verle. Y cuando por fin aparece me dejo llevar por los celos y le rechazo.
Vitória recordaba vivamente aquel día. Sólo una semana antes del encuentro planeado en Río, León Castro fue a dar una conferencia a Conservatoria, una pequeña ciudad al noroeste de Vassouras. En la plaza principal se había instalado una tribuna en la que los diferentes políticos exponían sus ideas sobre la abolición de la esclavitud. Cuando León subió a la tribuna se formó un pequeño tumulto entre el público: sus seguidores le vitorearon y aplaudieron, sus detractores le abuchearon. Se produjo una pelea en la que -Vitória lo vio claramente- el siempre correcto senhor Leite agarró del cuello y gritó con furia a todo el que tenía a su alrededor. La policía tuvo que poner orden para que León, que desde la publicación de su artículo en el Jornal do Commércio se había convertido en el más famoso abolicionista del país, pudiera tener asegurada la atención del público. Vitória tuvo la sensación de que León miraba continuamente hacia donde ella estaba, aunque no podía reconocerla. Estaba a la sombra, en un extremo de la plaza y llevaba un sombrero con velo y, excepcionalmente, sus gafas. Eufrasia había ido con ella; no quería dejar escapar la oportunidad de conocer al hombre soñado de su amiga. Cuando León terminó su conferencia, Eufrasia le tiró a Vitória de la manga de su chaqueta de terciopelo:
– Vamos, Vita, vamos a acercarnos. Tienes que presentármelo. ¡Dios mío, es increíble que alguien con tan buen aspecto pueda defender esas horribles ideas!
Pero Vitória se quedó donde estaba. Una bellísima mulata, apenas algo mayor que ella, se había acercado corriendo a León para darle un vaso de agua. Iba bien vestida y llevaba zapatos. Él tomó el vaso, agarró la mano de la joven y le levantó el brazo en señal de triunfo. De nuevo estallaron los aplausos, sólo se oyó algún silbido aislado. León y la mulata estuvieron un rato en la misma pose antes de abandonar la tribuna. León cedió el paso a la joven poniéndole una mano en la espalda y empujándola suavemente hacia delante, como haría un caballero con una dama. Al verlo, Vitória sintió que se le revolvía el estómago. Mucho más tarde comprendería que se trataba sólo de un gesto político para demostrar su reconocimiento de los derechos de los negros. Pero en la plaza de Conservatoria sólo pensó una cosa: él prefería a esa mulata… y tenía la desvergüenza de presentar a su querida en público.
Cuando por la tarde León llegó a Boavista, como había anunciado por carta, se encontró solo. Vitória le observaba desde la ventana de su dormitorio. Había encargado a Miranda que le dijera que la sinhazinha no estaba en casa debido a un trágico incidente ocurrido en la vecindad. Cuando León le preguntó que dónde se había producido el accidente, la joven se enredó en sus explicaciones. León dejó una nota, montó a caballo y a modo de saludo se tocó el sombrero sin siquiera volverse. Sabía que le estaban observando.
Vitória bajó lo más deprisa que pudo y leyó la nota:
Vita, ¿no me va a liberar ya de la esclavitud? León.
Rompió el papel y tiró los trozos con furia al suelo del vestíbulo. ¡Qué juego tan estúpido! ¡Se acabó de una vez por todas! Vitória no tenía ganas de que León siguiera irritándola con su humor especial.
Al día siguiente se arrepintió profundamente de su reacción. Su padre había oído en las diezmadas tierras de los Soares a una res que bramaba al borde de la muerte y se acercó a caballo a la fazenda Florença, lo que en otras circunstancias no habría hecho jamás. Conversando con dona Isabel se enteró de que el viaje a Río planeado por las jóvenes tenía un objetivo muy distinto al que habían expuesto a sus padres. De vuelta en Boavista descargó toda su furia y castigó a Vitória como nunca antes lo había hecho.
El Padre Paulo hizo volver a Vitória a la realidad.
– Tengo la impresión de que ves tú más en ese hombre que él en ti. Sólo es un sueño de juventud, le olvidarás enseguida. Me preocupan más tu orgullo, tu vanidad y tu escaso respeto a tus padres. Tampoco se te da muy bien decir la verdad.
Vitória le interrumpió.
– Padre Paulo, nunca he sido tan franca con usted como hoy. Doy por supuesto que puedo confiar en su discreción.
– ¡Vita! ¡Qué horribles palabras! Sabes que el secreto de confesión es sagrado.
– Naturalmente, Padre, naturalmente. Discúlpeme.
– En penitencia por tus pecados acudirás todos los días que te quedan de castigo a la capilla a rezar a Nuestro Señor. Dos docenas de Padrenuestros y dos docenas de Avemarías. Y concéntrate en lo que rezas, no te pierdas en pequeñas ensoñaciones. El próximo domingo me cuentas qué nuevos esfuerzos has hecho para olvidar a ese hombre.
El Padre dijo la bendición final y despidió a Vitória. Ésta apartó la pesada cortina de terciopelo del confesionario. La luz del sol que entraba por las ventanas superiores de la capilla la cegó. Cuando sus ojos se acostumbraron a la claridad vio a dona Alma sentada en un banco muy cerca del confesionario. Vitória supuso que en la última media hora su madre sólo habría oído susurros entre el Padre y ella, pero no podía asegurarlo. ¿Lo habría oído todo? Pues que lo oyera. Lanzó a su madre una enojada mirada y murmuró:
– El que busca, encuentra.
Dona Alma la miró sin comprender. Por tanto, Vitória tradujo su sentencia mientras se marchaba:
– El que escucha, oye.
Se recogió la falda y salió corriendo.
Se detuvo ante la tumba de su antigua ama. El cementerio estaba junto a la capilla. Sólo se enterraba allí a los miembros de la familia y a los esclavos que casi formaban parte de ella. No había muchas tumbas. Los antepasados de Vitória habían muerto en Portugal y estaban enterrados allá. En la tumba familiar, un mausoleo de mármol, se leían los nombres de sus cinco hermanos muertos. Un poco más apartadas estaban las sepulturas de unos diez esclavos. Vitória sólo había conocido a dos de ellos lo suficiente para lamentar su pérdida: el vaquero Joao, que había salvado a su padre de la muerte muchos años antes, y su ama Alzira, que había sido su nodriza, su niñera y su compañera de juegos… y más madre de lo que dona Alma lo había sido nunca. Alzira había muerto un año antes, y Vitória dudaba que alguna vez pudiera tener una esclava tan lista, tan cariñosa y a la vez tan estricta como ella. A Alzira la respetaban todos en Boavista, incluidos sus padres. Ningún secreto escapaba a su aguda mirada, pero ninguno estaba tan bien guardado como con ella. Alzira la habría comprendido, le habría dado consuelo y consejos. Sin su conciliador temperamento, sin sus sabias decisiones, el pequeño mundo de Boavista estaba algo revuelto.