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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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– ¿Me habríais preguntado de dónde lo había sacado? ¿Me habríais preguntado por qué había despertado mi interés? ¿Os habríais tomado el tiempo necesario para que despertara el vuestro? ¿Eh? He visto las pilas de expedientes que tienes sobre la mesa, Carl.

– Y entonces decidiste dejar un sucedáneo de Trivial en la cabaña a modo de pista. No puede hacer mucho tiempo de eso, la cerradura de la cocina se abrió como si tal cosa, ¿me equivoco?

Johan le dio la razón.

De manera que las cosas habían ocurrido tal como Carl Mørck había imaginado.

– De acuerdo, querías asegurarte de que nos ocupábamos del caso como es debido, lo entiendo, pero era algo arriesgado hacerlo de esa manera, ¿no, Johan? ¿Y si no nos hubiésemos fijado en el Trivial? ¿Y si no hubiéramos descubierto los nombres de las tarjetas?

– Estáis aquí -contestó encogiéndose de hombros.

– No lo entiendo hasta el final -declaró Assad desde delante de una de las ventanas que daban a Vesterbrogade con el rostro oculto entre las sombras de un fuerte contraluz-. ¿No estás satisfecho de que Bjarne Thøgersen confesó?

– Si hubierais estado presentes el día que dictaron sentencia, vosotros tampoco estaríais satisfechos. Estaba todo pactado de antemano.

– Sí, claro -replicó Assad-. Es raro cuando te entregas, entonces, ¿no?

– ¿Qué es lo que te parece tan extraño del caso, Johan? -intervino Carl.

El joven evitó los ojos del subcomisario y miró por la ventana como si aquel cielo gris pudiera apaciguar la tormenta que bullía en su interior.

– Lo sonrientes que estaban todos continuamente -contestó-. Bjarne Thøgersen, su abogado y esos tres tipejos arrogantes que estaban sentados entre el público.

– ¿Te refieres a Torsten Florin, Ditlev Pram y Ulrik Dybbøl Jensen?

Johan asintió, tratando de detener con la mano el temblor que agitaba sus labios.

– Dices que sonreían. No es una base muy sólida para seguir adelante, Johan.

– Sí, pero ahora sé más cosas que entonces.

– Tu padre, Arne Jacobsen, llevaba el caso -dijo Carl.

– Sí.

– ¿Y tú dónde estabas mientras tanto?

– Iba al Politécnico de Holbæk.

– ¿Holbæk? ¿Conocías a las dos víctimas?

– Sí.

Su respuesta fue casi inaudible.

– ¿También a Søren?

Asintió.

– Sí, un poco, pero no tan bien como a Lisbet.

– Escúchame muy bien -lo interrumpió Assad de pronto-. Te veo en toda la cara que Lisbet te había dicho que no estaba enamorada de ti ya. ¿No es verdad, Johan? No quería estar contigo.

El ayudante frunció el ceño.

– Y como no podía ser tuya, la asesinaste, y ahora quieres que nosotros descubramos todo y te detengamos para que no tengas que suicidarte, ¿no es verdad?

Johan pestañeó un par de veces y después endureció la mirada.

– Carl, ¿es necesario que esté aquí? -preguntó haciendo un esfuerzo por dominarse.

El subcomisario hizo un gesto de desesperación. Las salidas de tono de Assad estaban empezando a convertirse en una costumbre.

– ¿Puedes salir un momento, Assad? Solo cinco minutos.

Señaló hacia una puerta que había detrás de su anfitrión.

Al oírlo, Johan saltó como un resorte. Las señales del miedo eran muchas y Carl las conocía casi todas.

Por eso observó la puerta cerrada.

– No, esa habitación está muy desordenada -objetó Johan, que se había colocado delante y le cortaba el paso-. Pasa al comedor, Assad. O ve a tomarte un café a la cocina, acabo de prepararlo.

Pero Assad también había captado la señal.

– No, gracias; prefiero el té -dijo. Y a continuación lo empujó y abrió la puerta de par en par.

La habitación contigua también tenía el techo alto. Había mesas a lo largo de toda la pared cubiertas de carpetas y papeles amontonados. Sin embargo, lo más interesante era el rostro que los observaba desde la pared con ojos melancólicos. Se trataba de una imagen de un metro de altura que mostraba a una joven. La que había muerto en Rørvig, Lisbet Jørgensen. Los cabellos indómitos contra un fondo sin nubes. Una instantánea de verano de un rostro cuajado de sombras. De no haber sido por los ojos, por el tamaño y por el lugar tan destacado que ocupaba, apenas habrían reparado en ese rostro. Pero lo hicieron.

Al entrar en la habitación pudieron comprobar que se trataba de un templo. Todo hacía referencia a Lisbet. Flores frescas debajo de una pared llena de recortes sobre el asesinato, otra pared decorada con las características fotos Instamatic cuadradas de la chica en tonos descoloridos, una blusa, algunas cartas y postales. Los buenos y los malos tiempos amontonados unos encima de otros.

Johan no dijo ni una palabra, se limitó a colocarse frente a la foto y perderse en su mirada.

– ¿Por qué no podíamos ver este cuarto, Johan? -preguntó el subcomisario.

Él se encogió de hombros y Carl comprendió. Era demasiado íntimo. Lo que aquellas paredes dejaban al descubierto era su alma, su vida y sus sueños rotos.

– Te dejó aquella noche, cuéntanos las cosas entonces como son, Johan, será mejor para ti, o sea -volvieron a resonar las acusaciones de Assad.

El joven se volvió y lo miró con dureza.

– Yo lo único que tengo que decir es que lo que más amaba en el mundo fue masacrado por los mismos que hoy se ríen de nosotros desde lo más alto del pastel. Que si un mierda retrasado como Bjarne Thøgersen acabó pagando el pato fue solo por una cosa:dinero. Dinero de Judas, pasta, vil metal, joder. Por eso fue.

– Y tú quieres ponerle fin a todo esto -aventuró Carl-. Pero ¿por qué precisamente ahora?

– Porque vuelvo a estar solo y no puedo pensar en nada más. ¿Es que no lo entendéis?

Johan Jacobsen no tenía más que veinte años cuando Lisbet aceptó su propuesta de matrimonio. Sus padres eran amigos, sus familias se veían con frecuencia y él había estado enamorado de ella desde que tenía uso de razón.

Aquella noche la pasó con ella mientras su hermano hacía el amor con su novia en la habitación de al lado.

Mantuvieron una conversación seria y después hicieron el amor, por lo que a ella respecta a modo de despedida. Con las primeras luces del alba, Johan salió de allí con lágrimas en los ojos. Ese mismo día la encontraron muerta. En apenas diez horas, el muchacho había pasado de la mayor de las dichas al mal de amores para luego acabar en el peor de los infiernos. Jamás levantó cabeza después de aquella noche y la mañana que siguió. Tuvo otra novia con la que se casó y fue padre de dos hijos, pero su mundo siempre siguió girando alrededor de Lisbet.

Cuando su padre le confesó en su lecho de muerte que había robado el expediente del caso para entregárselo a la madre de la joven, Johan aguardó tan solo un día y se presentó en casa de Martha a recoger la carpeta.

Aquellos papeles se convirtieron en su más preciada posesión y a partir de aquel momento Lisbet pasó a ocupar un espacio cada vez mayor en su vida.

Al final demasiado, tanto que su mujer terminó por dejarlo.

– ¿Qué quieres decir con que «ocupaba espacio», entonces? -preguntó Assad.

– Hablaba de ella constantemente. Pensaba en ella día y noche. Todos los recortes sobre el caso, todos los informes. No podía dejar de leerlos y releerlos.

– ¿Y ahora? ¿Quieres acabar con todo eso de una vez? ¿Por eso nos has metido a nosotros en el caso?

– Sí.

– ¿Y qué tienes? ¿Esto?

Carl señaló todos los montones de recortes de prensa.

Él asintió.

– Si lo revisas todo, sabrás que lo hizo la banda del internado.

– Nos has mandado una lista con otras agresiones, ya lo hemos visto. ¿Es eso lo que tienes en mente?

– Esa lista no es más que una parte, aquí tengo la lista completa.

Se inclinó sobre la mesa, levantó una pila de recortes y sacó un folio que había debajo.

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