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Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
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Después de entregarle el arma le dijo que la usara como considerase oportuno. La mujer la estudió un instante, la sopesó y sonrió. Sí, se le ocurría algún que otro uso que darle. Tal como habían predicho las voces.

Kimmie regresó a la ciudad a buen paso, consciente de que el mensaje ya debía de haber quedado bien claro para todos. Iba a por ellos. No podían sentirse seguros en ningún sitio. Estaba vigilándolos.

Si los conocía tan bien como ella creía, pronto habría más gente siguiéndole la pista por las calles, y eso la divertía. Cuantos más enviaran, más claro tendría ella que estaban alarmados.

Sí, los alarmaría tanto que no podrían pensar en nada más.

Lo peor para Kimmie cuando se duchaba al lado de otras mujeres no era ver cómo se ponían alerta. Tampoco los ojos curiosos con que las niñas observaban las largas cicatrices que le cubrían la espalda y el vientre, ni la ostensible alegría de madres e hijas al hacer algo juntas. Ni siquiera el bullicio y las risas despreocupadas que llegaban de la piscina.

Lo peor eran aquellos cuerpos femeninos rebosantes de vida. Alianzas en dedos que tenían a quién acariciar. Pechos que alimentaban. Vientres y regazos que esperaban dar fruto. Ese era el tipo de visiones del que se nutrían las voces.

Por eso se quitó la ropa a toda velocidad, la lanzó encima de las taquillas sin mirar a las demás y dejó en el suelo las bolsas de plástico con la ropa nueva. Tenía que salir de allí tan pronto como fuera posible, antes de que su mirada empezara a vagar por su cuenta y riesgo.

Mientras aún tenía el control.

Por eso tardó menos de veinte minutos en aparecer en el puente de Tietgen con un abrigo entallado, el pelo recogido y una insólita capa de perfume de clase alta sobre la piel. Desde allí contempló las vías que se deslizaban por debajo de la estación. Hacía ya mucho tiempo que no se vestía así y no se encontraba a gusto. En ese preciso instante era un reflejo de todo lo que combatía, pero había que hacerlo. Caminaría despacio por el andén, subiría por las escaleras mecánicas y recorrería el vestíbulo como cualquier otra mujer. Si no advertía nada de particular, se sentaría en la esquina del Train Fast Food a tomar un café y levantar la mirada hacia el reloj de cuando en cuando. Parecería una más esperando antes de ir a cualquier sitio. Aerodinámica, con las cejas bien perfiladas por encima de las gafas de cristales ahumados.

Una más de esas mujeres que sabían lo que querían en la vida.

Llevaba allí sentada una hora cuando vio a Tine la Rata avanzar bamboleante, con la cabeza caída y los ojos clavados en el espacio vacío que se abría medio metro por delante de sus pies. La enclenque mujer lanzaba sonrisas desangeladas a diestro y siniestro, era evidente que acababa de pincharse una dosis de heroína. Tina jamás había ofrecido un aspecto tan vulnerable y transparente, pero Kimmie no se movió. Se limitó a seguirla con la mirada hasta que desapareció por detrás del McDonald’s.

Esa larga panorámica le permitió descubrir al tipo flaco que había junto a la pared hablando con dos hombres vestidos con abrigos claros. Lo que le llamó la atención no fue el hecho de que tres hombres adultos estuviesen tan juntos, sino que se hablaran sin mirarse a los ojos y no perdieran de vista el vestíbulo de la estación. Eso y el hecho de que los tres llevasen prácticamente la misma indumentaria hizo que se le encendiese la luz de alarma.

Se levantó lentamente. Se colocó bien las gafas en el caballete de la nariz y echó a andar directamente hacia ellos con los pasos largos y briosos de sus zapatos de tacón de aguja. Al aproximarse, observó que rondaban los cuarenta. Las profundas arrugas que surcaban la comisura de sus labios hablaban de una vida dura. No eran como las que adquirían los hombres de negocios después de pasar hasta altas horas de la noche bajo sus lámparas enfermizas ante mesas inundadas de papeles; no, eran arrugas cinceladas por el viento, el frío y una eternidad de momentos aburridos. Eran hombres contratados para esperar y observar.

Cuando estaba a un par de metros de distancia, los tres la miraron al mismo tiempo y ella les sonrió evitando descubrir la dentadura. Después pasó a apenas unos centímetros de distancia y sintió que el silencio los unía. Aún no se había alejado ni dos pasos cuando retomaron la conversación. Se detuvo a revolver en su bolso. Oyó que uno de ellos se llamaba Kim. Por supuesto, un nombre con K.

Hablaban de horas y lugares sin preocuparse por ella. Eso quería decir que podía moverse con libertad, la descripción que les habían dado no encajaba en absoluto con lo que aparentaba ahora. Claro que no.

Dio una vuelta por el vestíbulo acompañada por voces susurrantes, compró el último número del Femina en el quiosco de enfrente y regresó a su punto de partida. Ya solo quedaba uno de los tres, apoyado en la pared de ladrillos y seguramente preparado para una larga espera. Todos sus movimientos eran lentos, los ojos eran la única parte de su cuerpo que parecía afanosa. Encajaba a la perfección con el tipo de hombres que solían rodear a Torsten, Ulrik y Ditlev. Mercenarios. Hijos de puta sin sentimientos. Hombres dispuestos a hacer prácticamente cualquier cosa por dinero.

Trabajos que no figuraban entre las ofertas de empleo.

Cuanto más lo miraba, más cerca le parecía estar de los cabrones con los que quería acabar y su excitación iba en aumento mientras las voces de su cabeza empezaban a contradecirse unas a otras.

– Basta ya -susurró bajando la mirada.

Tenía la sensación de que el hombre de la mesa de al lado había levantado la mirada del plato en un intento de localizar el blanco de sus iras.

No era asunto suyo.

Basta, pensó. Después se quedó mirando fijamente el titular de una de las páginas de la revista. «KARINA LUCHA POR SU MATRIMONIO», decía en grandes letras. Pero ella solo reparó en la K.

Una K mayúscula de trazo sinuoso. Otra vez esa K.

Los alumnos de tercero lo llamaban solo K, pero su nombre era Kåre, el chico que había conseguido casi todos los votos de segundo cuando eligieron delegado entre los estudiantes del último curso; el chico que parecía un dios; el chico que protagonizaba los cuchicheos de todas las chicas por los rincones del dormitorio, pero al que solo Kimmie conquistó. Después de tres canciones en el baile le llegó el turno a ella, y Kåre sintió sus dedos en lugares que nadie había tocado. Porque Kimmie conocía su cuerpo y también el de los chicos. De eso se había encargado Kristian.

Quedó prendado.

La gente murmuraba que las notas del simpático delegado habían empezado a bajar desde aquel día, que era extraño que un alumno tan estudioso y aplicado perdiese pie de repente. Y Kimmie disfrutaba. Era obra suya, era su cuerpo el que sacudía los cimientos de aquel monstruo de virtud. Solo su cuerpo.

Toda la vida de Kåre estaba planeada de antemano. Hacía ya mucho que su futuro había quedado decidido por unos padres que jamás habían sabido ver quién era su hijo en realidad. Lo único que importaba era mantenerlo en el buen camino, que hiciera honor a su casta de zampasolomillos.

Contentar a la familia y cosechar el éxito equivalía a encontrar el sentido de la vida. ¿Qué más daba lo que costara?

Eso creían ellos.

Por esa razón Kåre se convirtió en el principal objetivo de Kimmie. Le asqueaba todo lo que él representaba. Premio al alumno más aplicado. El mejor en tiro. El más rápido en la pista. Un extraordinario orador en cualquier celebración. El pelo mejor cortado, los pantalones mejor planchados. Kimmie quería acabar con todo aquello, despojarlo de la capa exterior y ver qué escondía debajo.

Cuando terminó con él fue en busca de presas más complicadas. Había donde escoger y no le temía a nada ni a nadie.

Kimmie solo despegaba los ojos de la revista de tarde en tarde. Si el tipo de la pared se marchaba, se daría cuenta. Sus más de diez años en la calle aguzaban los instintos.

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