Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Другие детективы » Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
Los Chicos Que Cayeron En La Trampa - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Los Chicos Que Cayeron En La Trampa

Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:

A finales de los años noventa, la policía encuentra, en una casa de veraneo en el norte de Dinamarca, a dos hermanos adolescentes brutalmente asesinados. Han sido golpeados, torturados y violados sin compasión. La investigación policial apunta a que los culpables pueden hallarse entre un grupo de jóvenes de buena familia, hijos de padres exitosos, ricos, cultos. Sin embargo, el caso se cierra muy pronto por falta de pruebas concluyentes hasta que, pocos años más tarde, uno de los sospechosos se entrega sin razón aparente y confiesa el crimen. Supuestamente, el misterio se ha resuelto. Pero entonces ¿por qué los archivos del caso aparecen veinte años después en el despacho del inspector Carl Mørck, jefe del Departamento Q? Al principio Mørck piensa que el caso está ahí por error, pero pronto se da cuenta de que en la investigación original se cometieron muchas irregularidades…
1 ... 19 20 21 22 23 24 25 26 27 ... 96
Перейти на страницу:

Todo eran presiones y más presiones y ahora encima llegaba Bak pidiendo un puto permiso. Precisamente Bak, joder.

En los viejos tiempos habrían encendido un cigarrito los dos, para bajar después a dar una vuelta por el patio y solucionar los problemas en el acto, estaba convencido, pero los viejos tiempos habían quedado atrás y ahora se veía impotente. No tenía nada que ofrecerle a su gente, así de sencillo. El sueldo era una miseria y no digamos ya el horario. Cada vez contaban con menos hombres y el trabajo se volvía más difícil de llevar a cabo de modo satisfactorio. Y ni siquiera podían mitigar la frustración con un cigarrillo. Menuda mierda de situación.

– Tienes que darles un empujoncito a los políticos, Marcus -lo animó Lars Bjørn, su subjefe, mientras los de las mudanzas atronaban por los pasillos para que todo tuviese un aspecto estupendo y transmitiera eficiencia como prescribía la reforma. Camuflaje, maquillaje.

Marcus enarcó las cejas y observó a su lugarteniente con la misma sonrisa resignada que llevaba varios meses petrificada en los labios de Lars Bjørn.

– ¿Y tú cuándo vas a pedirme una excedencia, Lars? Aún eres relativamente joven. No me digas que no sueñas con otro trabajo. ¿Es que tu mujercita no quiere verte más por casa entre los pucheros?

– Joder, Marcus, el único trabajo que me gusta más que el mío es el tuyo.

Lo dijo en un tono tan seco y tan prosaico que casi daba miedo.

Jacobsen asintió.

– Vale, pues espero que estés dispuesto a esperar con calma, porque no tengo intención de marcharme antes de tiempo. Eso no va conmigo.

– ¿Por qué no hablas con la directora de la policía y le pides que presione a los políticos para que podamos trabajar en unas condiciones más llevaderas?

Llamaron a la puerta y antes de que Jacobsen tuviera tiempo de reaccionar se encontró con Carl Mørck dentro de su despacho. ¿Pero es que ese hombre no podía hacer las cosas como Dios manda por una vez en su vida?

– Ahora no, Carl -intentó, aun a sabiendas de que el subcomisario tenía un oído asombrosamente selectivo.

– Solo será un momento -dijo Carl con una imperceptible inclinación de cabeza hacia Lars Bjørn-. Se trata del caso en el que estoy trabajando.

– ¿El crimen de Rørvig? Si tienes alguna idea de quién pudo agredir anoche a una mujer en plena Store Kannikestræde, te escucho; si no, apáñatelas solo. Ya sabes lo que pienso de ese caso. Se cerró con una condena. Búscate otro con unos culpables que anden por ahí sueltos.

– Hay alguien de la casa involucrado.

Marcus dejó caer la cabeza con aire resignado.

– Vaya por Dios. ¿Y quién es?

– Un agente de la Brigada Criminal llamado Arne Jacobsen se llevó el expediente de la comisaría de Holbæk hará diez o quince años. ¿Eso no te dice nada?

– Un apellido precioso, pero te aseguro que yo no tengo nada que ver.

– Pues te diré que estaba involucrado personalmente en el caso. Su hijo salía con la chica que asesinaron.

– ¿Y?

– Que ahora mismo ese hijo trabaja en Jefatura y, para tu información, voy a interrogarlo.

– ¿Quién es?

– Johan.

– ¿Johan? ¿Johan Jacobsen, nuestro factótum? Vamos, hombre, no me jodas.

– Mira, Carl, si pretendes someter a un interrogatorio a alguien del personal civil, va a ser mejor que le busques otro nombre -intervino Lars Bjørn-, que luego soy yo el que tiene que hablar con los sindicatos si algo se tuerce.

Se veía venir la bronca.

– Quietos ahí los dos -los interrumpió Marcus.

Después se volvió hacia Carl.

– ¿De qué va todo esto?

– ¿Aparte de que un expolicía se ha llevado material de la comisaría de Holbæk, quieres decir?

Mørck sacó pecho hasta ocupar un cuarto de pared más.

– Pues va de que su hijo ha dejado el caso en manos de mi departamento. De que Johan Jacobsen, además, ha irrumpido en el lugar de los hechos y se ha esforzado por dejar pistas que conducen hasta él, y de que creo que tiene más material guardado en la manga. Marcus, ese tío sabe de este asunto lo que no está escrito, si se puede decir así.

– ¡Cielo santo, Carl, es un caso de hace más de veinte años! ¿No podrías seguir adelante con ese numerito tuyo del sótano sin montar tanto escándalo? Estoy seguro de que hay muchos otros casos mucho más adecuados.

– Tienes razón, es un caso antiguo. Justamente el que voy a usar el viernes, a petición tuya, para amenizarle el día a un hatajo de desaboridos del país de los fiordos. Remember? Así que hazme el favor de ocuparte de que Johan baje a verme en un plazo máximo de diez minutos.

– No puedo.

– ¿Qué quieres decir con eso?

– Hasta donde yo sé, Johan está de baja por enfermedad.

Estudió al subcomisario por encima de las gafas. Era importante que captara el mensaje.

– Y no lo llames a casa, ¿entendido? Ayer tuvo un colapso nervioso. No queremos jaleos.

– ¿Cómo sabes que ha sido él quien os ha pasado el caso? -se interesó Bjørn-. ¿Es que habéis encontrado sus huellas en los informes?

– Pues no. Hoy he recibido los resultados de los análisis y no había ninguna huella, pero lo sé, ¿vale? Ha sido Johan, y si no está de vuelta para el lunes pienso presentarme en su casa os pongáis como os pongáis.

14

Johan Jacobsen vivía en un apartamento de una cooperativa situado en el barrio de Vesterbro, frente al teatro Sorte Hest y el desaparecido Museo de Música Mecánica. Sí, en el punto exacto donde en 1990 tuvo lugar la batalla decisiva entre okupas y policías. Carl recordaba perfectamente aquella época. La de veces que habría ido por allí con el uniforme de antidisturbios a zurrar a un montón de chavales casi de su misma edad.

No eran precisamente sus mejores recuerdos de los viejos tiempos.

Tuvo que llamar varias veces al flamante portero automático nuevo, pero finalmente Johan Jacobsen le abrió la puerta.

– No os esperaba tan pronto -dijo con calma. Después los invitó a pasar a la sala de estar.

Efectivamente, tal como había imaginado, se veían las antiguas tejas del teatro y del local de Gjæstgiveriet.

El salón era amplio, pero no resultaba un escenario muy agradable. Era evidente que llevaba ya tiempo lejos de la mirada crítica y del contacto de las sabias manos de una mujer. Platos con salsa reseca apilados en el aparador, botellas de refrescos tiradas por el suelo. Polvo, grasa, desorden.

– Vaya, perdonad -se disculpó su anfitrión mientras apartaba la ropa sucia del sofá y de la mesita-. Mi mujer me dejó hace un mes.

De pronto lo asaltó el tic nervioso que tantas veces habían visto todos en Jefatura, como si le estuvieran echando arena por la cabeza y tratara de evitar que le entrase en los ojos.

Carl asintió. Sentía lo de la mujer. Él sabía lo que era.

– ¿Sabes por qué hemos venido?

Johan hizo un gesto afirmativo.

– ¿Entonces admites haber dejado el expediente de Rørvig en mi mesa, Johan?

Otro gesto.

– ¿Pero por qué no nos lo diste y ya está, entonces? -intervino Assad sacando el labio inferior. Solo le faltaba el pañuelo para parecer un clon de Yasser Arafat.

– ¿Lo habríais aceptado?

Carl sacudió la cabeza. Difícilmente. Un caso de hacía veinte años cerrado con una condena. No, tenía razón.

1 ... 19 20 21 22 23 24 25 26 27 ... 96
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)