Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
Ditlev entró en el vestíbulo y comprobó con satisfacción que toda la casa estaba a oscuras y que Thelma se había retirado a su guarida. Después se tomó tres copas de brandy chipriota, una detrás de otra, junto a la chimenea para serenarse un poco y para que la alegría que lo embriagaba después del éxito de su venganza siguiera un curso más natural.
Fue a la cocina con la intención de abrir una lata de caviar que pensaba disfrutar tumbado cuan largo era con la imagen del rostro aterrorizado de Frank Helmond en la retina. El suelo de esa cocina era precisamente el talón de Aquiles de su empleada del hogar. Cada vez que Thelma lo inspeccionaba, la escena acababa en regañina; por más que se esforzara la mujer, nunca lograba dejar a Thelma satisfecha. ¿Y quién sí?
Por eso estaba tan claro como el sol de la mañana que ocurría algo raro. Al bajar la vista para observar el ajedrezado, descubrió huellas de pisadas. No muy grandes, pero tampoco como las de un niño. Pisadas sucias.
Frunció los labios y permaneció inmóvil un instante con todos los sentidos en máxima alerta, pero no percibió nada. Ni olores ni sonidos. Después se deslizó de costado hasta la tabla de los cuchillos y escogió el más grande, un Misono. Fileteaba el sushi como ninguno, de modo que si alguien se cruzaba en su camino, peor para él.
Al abrir con cautela la puerta de doble hoja para ir al invernadero, advirtió de inmediato que había corriente a pesar de que todas las ventanas estaban cerradas. Entonces descubrió el agujero en uno de los cristales. Un orificio pequeño, pero ahí estaba.
Paseó la mirada por las baldosas del jardín. Más pisadas y más daños. Los cristales caóticamente desperdigados indicaban que se trataba de un simple robo, y si la alarma no había sonado debía de haberse producido antes de que Thelma se acostara.
De pronto lo invadió el pánico.
De regreso hacia el vestíbulo cogió otro cuchillo de la tabla. Sentir los mangos en ambas manos le daba una sensación de seguridad. No temía tanto la fuerza del ataque como el factor sorpresa, de modo que empuñó los dos cuchillos con la punta hacia los lados y empezó a avanzar sin dejar de lanzar miradas por encima del hombro a cada paso.
Luego subió las escaleras y llegó hasta la puerta del dormitorio de su mujer.
Por debajo de la puerta se filtraba un fino haz de luz.
¿Habría alguien esperándolo?
Asió con fuerza los cuchillos y empujó con sigilo la puerta que daba a aquel océano de luz. Allí estaba Thelma, en la cama. Vivita y coleando, en negligé y con unos enormes ojos furiosos.
– ¿Vienes a matarme a mí también? -le soltó con una abrumadora repugnancia en la mirada-. ¿Es eso?
Sacó una pistola de debajo del edredón y le apuntó.
Lo que le detuvo y le hizo soltar los cuchillos no fue la pistola, sino el frío de su voz.
La conocía. De haber sido cualquier otra persona podría haberse tratado de una broma, pero ella no bromeaba. No tenía sentido del humor. Por eso se quedó petrificado.
– ¿Qué ocurre? -le preguntó mientras examinaba el arma.
Parecía auténtica y era tan grande que bastaría para cerrarle la boca a cualquiera.
– He visto que ha entrado alguien, pero ya se han ido, así que puedes dejar eso -añadió. Sentía los efectos de la cocaína corriéndole por las venas. La mezcla de adrenalina y droga podía ser algo incomparable, pero no en ese momento.
– ¿De dónde coño has sacado esa pistola? Vamos, sé buena chica y déjala, Thelma. Cuéntame qué ha pasado.
Pero ella no se movió ni un milímetro.
Era toda una tentación, allí tumbada. Una tentación como no había visto en muchos años.
Quiso acercarse, pero ella lo evitó empuñando la pistola con más fuerza.
– Has atacado a Frank, Ditlev -afirmó-. No podías dejarlo en paz, ¿no, monstruo?
¿Cómo demonios lo sabía? Y tan pronto.
– ¿Qué quieres decir? -contestó tratando de sostenerle la mirada.
– Vivirá, para que lo sepas. Y eso a ti no te conviene, Ditlev, lo entiendes, ¿verdad?
Ditlev apartó la mirada y buscó los cuchillos por el suelo. No debería haberlos soltado.
– No sé de qué me estás hablando -dijo-. Me he pasado la noche en casa de Torsten. Llama y pregúntaselo.
– Te han visto con Ulrik en el JFK de Hillerød; estarás de acuerdo conmigo en que no necesito saber más.
En otro momento habría sentido que sus mecanismos de autodefensa lo prevenían contra la posibilidad de decir una mentira, pero ahora no sentía nada. Thelma ya lo tenía donde ella quería.
– Correcto -corroboró sin pestañear-. Pasamos por allí antes de ir a casa de Torsten. ¿Y?
– No me apetece escucharte, Ditlev. Ven, firma. O te mato.
Señaló hacia unos documentos que había a los pies de la cama y disparó una bala que se incrustó con un chasquido en la pared que había detrás de su marido. Él se volvió a valorar el alcance de los daños. El agujero tenía el tamaño de la palma de la mano de un hombre.
Echó un rápido vistazo al papel que había en lo alto del montón. Era duro de tragar. Si firmaba, le estaba regalando treinta y cinco millones por cada uno de los doce años que habían pasado acechándose como fieras.
– No vamos a denunciarte, Ditlev. Si firmas, así que venga.
– Si me denunciais, te quedas sin nada. ¿Lo has pensado? Si me encierran, dejo que se vaya todo a la quiebra.
– Vas a firmar, ¿crees que no lo sé? -El desprecio resonaba en su risa-. Sabes tan bien como yo que las cosas no van a llegar tan lejos. Antes de que te desplumaran conseguiría llevarme mi tajada. Puede que no fuera tanto, pero lo suficiente. Pero te conozco, Ditlev. Eres un tipo práctico. ¿Por qué tirar tu empresa por la ventana y acabar en el trullo pudiendo permitirte deshacerte de tu mujer por el método tradicional? Por eso vas a firmar. Y mañana ingresarás a Frank en la clínica, ¿me oyes? Lo quiero como nuevo dentro de un mes. No, mejor que nuevo.
Ditlev sacudió la cabeza de un lado a otro. Esa mujer siempre había sido un demonio. Pero ya lo decía su madre: Dios los cría y ellos se juntan.
– ¿De dónde has sacado la pistola, Thelma? -repitió con calma mientras cogía los papeles y garabateaba su firma en los dos primeros-. ¿Qué ha pasado?
Ella observó las hojas y no contestó hasta tenerlas en su poder.
– Sí, es una lástima que no estuvieras en casa esta noche, Ditlev; creo que si te hubieras quedado no habría necesitado tu firma.
– Vaya, ¿y eso por qué?
– Una mendiga ha roto una ventana y me ha amenazado con esto -le explicó agitando la pistola-. Preguntaba por ti.
Se echó a reír y la negligé le dejó al descubierto uno de los hombros.
– Le he dicho que la próxima vez que venga no tendré inconveniente en abrirle la puerta principal, así podrá arreglar lo que tenga que hacer sin tomarse la molestia de andar rompiendo cristales.
Ditlev sintió que se le helaba la piel.
¡Kimmie! Después de tantos años.
– Me ha dado la pistola y unas palmaditas en la cara, como si fuese una niña. Ha murmurado algo y luego se ha marchado por la puerta.
Volvió a echarse a reír.
– Pero no desesperes, Ditlev. ¡Tu amiguita me ha pedido que te diga que ya vendrá a verte otro día!
13
Marcus Jacobsen, el jefe de Homicidios, se rascó la frente. Menuda manera de comenzar la semanita. Acababan de presentarle la cuarta solicitud de permiso en pocos días, dos hombres del mejor equipo de investigación estaban de baja por enfermedad y ahora una brutal agresión en mitad de la calle en pleno centro. Habían golpeado a una mujer hasta desfigurarla y la habían arrojado a un contenedor de basura. Se encontraban en medio de una escalada de violencia y era comprensible que todo el mundo -los periódicos, la opinión pública, la directora de la policía- exigiera un esclarecimiento inmediato del caso. Si esa mujer moría, se iba a armar una buena. Ese año estaban batiendo récords de asesinatos. Había que remontarse al menos una década atrás para ver algo semejante, lo que, unido al nutrido número de efectivos que presentaban su renuncia, hacía que las altas esferas convocaran una reunión tras otra.