Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
De pronto se oyó un pitido en el interfono que había detrás de él. Se estiró un poco y pulsó el botón.
– ¿Sí, Birgitte? -contestó.
– Tu mujer viene hacia aquí.
Ditlev observó a los demás. Habría que dejar el rapapolvo para otro momento y la secretaria tendría que ocuparse de retener esos artículos.
– Dile a Thelma que se quede donde está -ordenó-. Voy a la zona privada, aquí ya hemos terminado.
Un pasadizo de cristal de cien metros de longitud unía la clínica con su casa a través del jardín, de modo que era posible cruzar el jardín sin mojarse los zapatos y al mismo tiempo disfrutar de las vistas del césped y del hayedo. La idea se la había inspirado el Museo de Luisiana;la única diferencia era que en su casa no había obras de arte en las paredes.
Thelma había preparado bien la escena y él no quería que nadie del despacho fuera testigo. Los ojos de su mujer estaban inyectados de odio.
– He hablado con Lissan Hjorth -dijo con acritud.
– Pues sí que ha tardado. ¿Tú ahora mismo no deberías estar en Aalborg con tu hermana?
– No he ido a Aalborg, sino a Gotemburgo, y no con mi hermana. Lissan dice que habéis matado a su perro.
– ¿Qué quieres decir con ese «habéis»? Para que lo sepas, fue un accidente. El perro no obedecía y echó a correr detrás de la caza. Se lo había advertido a Hjorth. Por cierto, ¿a qué has dicho que has ido a Gotemburgo?
– Fue Torsten, él mató al perro.
– Sí, y lo siente muchísimo. ¿Quieres que le compremos un chucho nuevo a Lissan? ¿Es eso? Dime a qué has ido a Gotemburgo.
La frente de Thelma Pram se llenó de sombras. Había que ser una persona realmente irascible para lograr arrugar la piel de un rostro terso hasta lo enfermizo después de cinco liftings, pero ella era capaz.
– Le has regalado mi piso de Berlín a ese retrasado de Saxenholdt. Mi piso, Ditlev -dijo señalándolo con un dedo acusador-. Ha sido vuestra última cacería, ¿entendido?
Se acercó a ella. Era el único modo de hacerla retroceder.
– Vamos, si nunca lo usabas. No conseguías llevar a tu amante hasta allí, ¿eh? -sonrió-. ¿Te estás haciendo vieja para él, Thelma?
Ella levantó la cabeza tras encajar sus vilezas con un aplomo asombroso.
– No tienes ni idea de lo que dices, ¿me oyes? ¿Qué pasa? ¿Se te ha olvidado decirle a Aalbæk que me siguiera esta vez y no sabes quién es? ¿Eh, Ditlev? ¿No sabes con quién he ido a Gotemburgo?
Luego se echó a reír.
Él se detuvo. Era una pregunta sorprendente.
– Va a ser un divorcio carísimo, Ditlev. Haces cosas raras, y eso se paga cuando entran en escena los abogados. Tus jueguecitos perversos con Ulrik y los demás. ¿Cuánto tiempo crees que te voy a guardar el secreto a cambio de nada?
Pram sonrió. No era más que un farol.
– ¿Crees que no sé lo que estás pensando? No se atreverá, te dices a ti mismo. Está demasiado bien conmigo. Pero no, Ditlev, me he liberado de ti. Me eres indiferente. Por mí puedes pudrirte en la cárcel, y allí tendrás que prescindir de tus pequeñas esclavas de la lavandería. ¿Crees que podrás?
Observó el cuello de su mujer. Sabía toda la fuerza con que era capaz de golpearla y sabía dónde hacerlo.
Ella husmeó como una gata y se retiró.
Si quería hacerlo, tendría que ser por la espalda. Nadie era invulnerable.
– Eres un enfermo, Ditlev -continuó-, siempre lo he sabido. Pero antes eras un enfermo divertido y ya no lo eres.
– En ese caso, es mejor que te busques un abogado, Thelma.
Ella sonrió como Salomé al pedirle a Herodes la cabeza de san Juan Bautista en una bandeja.
– ¿Y enfrentarme a Bent Krum? No, gracias. Tengo otros planes. Solo tengo que esperar el momento oportuno.
– ¿Me estás amenazando?
La cinta que sujetaba sus cabellos se soltó. Al echar la cabeza hacia atrás dejó al descubierto su cuello desnudo, demostrándole que no le tenía miedo. Se burló de él.
– ¿Crees que eso es una amenaza? -Tenía fuego en la mirada-. Pues te equivocas. Me iré cuando me convenga. El hombre que he encontrado me esperará. Es un hombre maduro, sí, no lo sabías, ¿verdad, Ditlev? Mayor que tú. Conozco mis ritmos y un mocoso como tú no puede satisfacerlos.
– Claro, claro. ¿Y es?
Thelma sonrió.
– Frank Helmond. Qué sorpresa, ¿eh?
Ditlev tenía varias cosas en la cabeza.
Kimmie, la policía, Thelma y ahora Frank Helmond.
Ten cuidado con dónde te metes, se dijo a sí mismo. Por un instante contempló la posibilidad de bajar a ver cuál de las filipinas hacía el turno de tarde.
De pronto lo invadió una sensación de asco. Frank Helmond. ¡Qué humillante! Un político local gordinflón. Un gusano. Un ser totalmente inferior.
Lo buscó en la guía y localizó la dirección, aunque ya la conocía. La modestia no era la principal virtud de Helmond, con semejante dirección, pero así era él, ya lo sabía todo el mundo. Vivía en un chalé que no podía permitirse, en un barrio cuyos vecinos no rellenarían la papeleta de su ridículo partido de siervos ni en sueños.
Ditlev se acercó a la estantería, sacó un libro grueso y lo abrió. Estaba hueco. El espacio suficiente para unas bolsitas de cocaína.
La primera raya borró la imagen de los ojos entornados de Thelma. La siguiente le hizo encogerse de hombros, mirar hacia el teléfono y olvidar que la palabra «riesgo» no formaba parte de su vocabulario. Lo único que quería era acabar con todo aquello, de modo que ¿por qué no hacerlo bien? Con Ulrik. En la oscuridad.
– ¿Vemos una película en tu casa? -preguntó en cuanto su amigo descolgó el teléfono. Al otro lado de la línea se oyó un suspiro de satisfacción.
– ¿Lo dices en serio? -se sorprendió Ulrik.
– ¿Estás solo?
– Sí. Joder, Ditlev, ¿lo dices en serio?
Ya estaba excitado.
Iba a ser una noche excelente.
Habían visto aquella película un sinfín de veces; sin ella no habría sido lo mismo.
La primera vez que vieron La naranja mecánica estaban en el internado, empezando el segundo año de instituto. La proyectó un profesor nuevo que había malinterpretado el código de diversidad cultural del centro y que también hizo ver a la clase otra película llamada If, acerca de la rebeldía en un internado inglés. El tema que se iba a tratar era el cine inglés de los años sesenta, muy apropiado para un colegio de tradición inglesa, se pensó entonces. Sin embargo, por muy interesante que fuera la selección cinematográfica del profesor, tras un examen más minucioso, la dirección determinó que también resultaba extraordinariamente inadecuada. Sus días en el internado estaban contados.
Pero el daño ya estaba hecho, porque Kimmie y el nuevo alumno de la clase, Kristian Wolf, se embebieron del mensaje de ambas películas sin el menor asomo de crítica y encontraron en él nuevas posibilidades de liberación y venganza.
Fue Kristian quien tomó la iniciativa. Tenía casi dos años más que el resto, no mostraba respeto por nada y toda la clase lo admiraba. Siempre llevaba mucho dinero en el bolsillo a pesar de que iba contra las reglas del centro. Un tipo de ojos despiertos que escogió con gran esmero para el grupo a Ditlev, Bjarne y Ulrik. Eran muy parecidos en muchos aspectos, inadaptados, llenos de odio hacia el colegio y hacia cualquier otro tipo de autoridad. Sí, eso y La naranja mecánica constituían un buen aglutinante.
Localizaron la película en vídeo y la vieron varias veces a escondidas en el cuchitril de Kristian y Ulrik, y, bajo los efectos de su fascinación, hicieron un pacto. Serían como la banda de La naranja mecánica: indiferentes a cuanto los rodeaba; siempre a la caza de emociones, de transgresiones; desenfrenados y despiadados.