Los Chicos Que Cayeron En La Trampa
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Los Chicos Que Cayeron En La Trampa». Краткое содержание книги:
– Todo empieza aquí, antes del crimen de Rørvig. Este chico estudiaba en el internado, lo dice ahí.
Señaló hacia una página del diario Politiken del 15 de junio de 1987 cuyo titular rezaba: «Trágico accidente en Bellahøj. Un joven de 19 años fallece al caer de un trampolín».
Hizo un recorrido por los casos. Carl conocía muchos de ellos por la lista que habían dejado en el Departamento Q. Había un intervalo de entre tres y cuatro meses entre cada uno y varios habían tenido un desenlace fatal.
– Pero podrían ser todos accidentes, entonces -observó Assad-. ¿Qué tienen que ver con los críos del internado? Esos accidentes no tienen por qué tener relación unos con otros. ¿Tienes alguna prueba?
– No; ese es vuestro trabajo.
Assad volvió la cabeza hacia otro lado.
– Sinceramente, aquí no hay nada, lo que pasa es que este caso te ha dejado mal de la cabeza y lo siento por ti. Deberías buscar ayuda psicológica. ¿Por qué no vas a que te vea Mona Ibsen en Jefatura, en vez de jugar al gato y el ratón?
Carl y Assad regresaron a Jefatura en silencio, tenían muchas cosas en que pensar. El caso se cocía a toda presión en sus cerebros.
– Prepara un té, Assad -dijo Carl de vuelta en el sótano mientras empujaba hacia un rincón las bolsas del Føtex que contenían el material de Johan Jacobsen-. Y que no esté muy dulzón, ¿entendido?
Subió los pies a la mesa, puso las noticias de la segunda cadena y desconectó la mente con la esperanza de que aquella jornada ya no pudiera aportar nada nuevo.
Los siguientes cinco minutos alteraron la situación.
Contestó al teléfono al primer tono y levantó los ojos hacia el techo cuando oyó la sombría voz del jefe de Homicidios.
– Acabo de hablar con la directora de la policía, Carl. No ve motivo alguno para que continúes hurgando en ese caso.
El subcomisario protestó, al principio fingiendo, pero al ver que Marcus no tenía intención de darle mayores explicaciones sintió que la temperatura de la región occipital de su cabeza iba en aumento.
– ¿Y eso por qué? Vuelvo a preguntarte.
– Porque sí. Tu mayor prioridad han de ser única y exclusivamente aquellos casos que no se hayan cerrado con una condena; los demás, déjalos en las estanterías del archivo.
– ¿Y no lo decido yo?
– No, si la directora dispone lo contrario.
Y con eso concluyó la conversación.
– Delicioso té con menta con un poquito de azúcar -anunció Assad. Después le tendió la taza, donde la cucharilla se mantenía casi en vertical en medio de un mar de almíbar.
Carl la asió, hirviente y nauseabunda, y se la echó entre pecho y espalda de un trago. Empezaba a acostumbrarse a aquel brebaje.
– No te enfades, Carl. Podemos dejar el caso unas semanas hasta que Johan vuelva al trabajo y luego, en cuanto vuelva, presionarlo sin que se note. Ya verás como al final termina confesando.
El subcomisario escrutó su expresión alegre. Si no lo conociera, habría pensado que llevaba pintada la sonrisa. No hacía ni media hora el caso lo había convertido en un tipo agresivo, impertinente y sombrío.
– ¿Confesando qué, Assad? ¿De qué coño estás hablando?
– Aquella noche Lisbet Jørgensen le dijo que ya no lo quería para nada, entonces. Seguro que le contó que había conocido a otro, así que él volvió por la mañana y los mató a los dos. Si hurgamos un poco en la cosa, seguro que descubrimos que también había alguna porquería entre el hermano de Lisbet y Johan. A lo mejor se volvió loco.
– Olvídalo, Assad, nos han apartado del caso. Además, no me trago tu teoría. Demasiado intrincada.
– ¿Trincada?
– No, joder; intrincada. Si hubiera sido Johan, se habría venido abajo hace siglos.
– No si está mal de la azotea.
Se dio unos golpecitos con el dedo en la calva de la coronilla.
– Alguien que está mal de la azotea no va dejando pistas como ese Trivial, te tira el arma homicida en plena jeta y mira para otro lado. Además, ¿no has oído lo que te he dicho? Nos han apartado del caso.
Assad observaba con indiferencia la pantalla plana de la pared, donde se veía un reportaje sobre la agresión de Store Kannikestræde.
– No, no lo he oído. No quiero oírlo. ¿Y quién dices que nos ha apartado?
Olieron a Rose antes de verla. Apareció de repente, cargada de artículos de oficina y bolsas de la panadería con motivos navideños. Algo pronto, se mirase como se mirase.
– ¡Toc, toc! -dijo al tiempo que golpeaba dos veces el marco de la puerta con la frente-. ¡Ya está aquí la caballería, tatáááá! Deliciosos bollitos para todos.
Assad y Carl intercambiaron una mirada, el uno con expresión atormentada y el otro echando chispitas por los ojos.
– Hola, Rose, y bienvenida al Departamento Q. Te lo tengo todo preparado, puedes estar segura, entonces -la acogió el pequeño desertor.
Mientras Assad la arrastraba hacia el cuartito de al lado, ella le lanzó una elocuente mirada a Carl. No te vas a librar de mí, decía. Como si él no tuviera ni voz ni voto en todo aquello, joder. Como si fuera a venderse por un trozo de pastel y una pastita.
Observó por un instante las bolsas del Føtex del rincón y sacó una hoja de la cajonera.
Luego anotó:
Sospechosos:
– ¿Bjarne Thøgersen?
– ¿Uno o varios de los demás miembros de la banda del internado?
– ¿Johan Jacobsen?
– ¿Un desconocido?
– ¿Alguien relacionado con la banda del internado?
La frustración ante tan pobres resultados le hizo fruncir el ceño. Si Marcus lo hubiera dejado en paz, él mismo habría roto ese papel en pedacitos, pero no, le habían dado instrucciones de abandonar el caso y eso le impedía hacerlo.
De niño su padre le tenía calado. Le prohibía expresamente que arase el prado y por eso Carl lo hacía. Le advirtió que se apartara del ejército y por eso su hijo solicitó alistarse. Su astuto padre le elegía hasta las chicas. Decía que las hijas de tal y tal granjero no servían y allá que iba él lanzado. Así era Carl y así había sido siempre. Nadie podía decidir por él, por eso era tan manipulable. Él lo sabía. La cuestión era si la directora de la policía también lo sabía. No parecía muy probable.
Pero ¿de qué demonios iba todo aquello? ¿Cómo sabía la directora que estaba investigando aquel caso? Había muy poca gente enterada.
Repasó mentalmente: Marcus Jacobsen, Lars Bjørn, Assad, la gente de Holbæk, Valdemar Florin, el viejo del pueblo, la madre de las víctimas…
Permaneció unos momentos con la mirada perdida. Sí, pensándolo bien, lo sabían todos ellos y un montón de gente más.
En esos momentos podía ser cualquiera o cualquier cosa lo que había echado el freno al caso. Cuando se mencionaban nombres como los de Florin, Dybbøl Jensen y Pram en relación con un asesinato, no se tardaba mucho en perder pie.
Pero no. A él le traía sin cuidado quién se llamaba cómo y qué se le había perdido por allí a la directora. Ahora que estaban en marcha, no iba a detenerlos nadie.
Levantó la mirada. Del despacho de Rose salían nuevos sonidos que invadían el pasillo. Su extraña risa gruñona. Vehementes exclamaciones y la voz de Assad a plena potencia. De seguir así, la gente creería que estaban en una rave-party.
Sacó un cigarrillo del paquete con unos golpecitos, lo encendió y observó por un instante la neblina que recubría el papel. Luego escribió:
Tareas pendientes:
– ¿Otros crímenes similares en el extranjero por esa época? ¿Suecia? ¿Alemania?
– ¿Queda en servicio algún miembro del equipo que llevó la investigación?
– Bjarne Thøgersen/Vridsløselille.
– Accidente del alumno del internado en la piscina de Bellahøj. ¿Casualidad?
– ¿Con quién podemos hablar que estuviera en el internado por aquel entonces?